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Portada de la novela Me Robaron el Corazón y la Vida

Me Robaron el Corazón y la Vida

Tras enterarse de que su esposo Alejandro entregó el corazón que ella necesitaba a Alicia García, la protagonista recibe un diagnóstico devastador: solo le queda una semana de vida. Ante esto, decide someterse a la criopreservación y donar su cuerpo al proyecto científico de Alicia. Mientras su hijo Enrique, sus padres y Alejandro celebran erróneamente este acto como una reconciliación familiar y el fin de su rencor, ella acepta en silencio devolverle su lugar a Alicia, dándoles a todos lo que tanto desean.
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Capítulo 3

Alejandro me arrancó de la cama con brusquedad y me arrastró hacia afuera.

Iba tan deprisa que me golpeé la pierna contra el marco de la puerta. El impacto fue seco y brutal. El dolor me hizo estremecer al instante.

Pero él apenas giró la cabeza para echarme una mirada antes de seguir tirando de mí.

Cuando llegamos a la sala, me lanzó con fuerza al suelo. Sentí que se me desarmaban todos los huesos. Apenas intenté incorporarme, mi madre se abalanzó sobre mí y me dio varias bofetadas, una tras otra.

La sangre me subió por la garganta, espesa, rancia y nauseabunda, como si llevara dentro algo podrido que ya no pudiera contener.

Levanté la cabeza y vi a Alicia, acurrucada junto a mi padre, llorando como si fuera la más desgraciada del mundo, mientras mi madre me miraba con una expresión feroz.

En sus ojos oscuros solo había rechazo y odio hacia mí, como si ni despedazarme en mil pedazos le bastara para desahogarse.

Tal vez mi mirada era demasiado fría, porque mi madre levantó otra vez la mano para golpearme.

Y esta vez ya no pude contenerme: escupí una bocanada de sangre. La sangre le salpicó las manos y la cara, y ella se quedó paralizada por un instante.

Su mano se detuvo sobre mi rostro, como si por un segundo fuera a acariciarme con suavidad.

No pude evitarlo; con las lágrimas corriéndome por la cara, apoyé la mejilla contra su palma y la rocé apenas.

Yo también había deseado tantas veces que mi madre me tocara con la misma ternura con la que tocaba a Alicia. No con esas bofetadas heladas con las que siempre descargaba sobre mí todo su desprecio.

Mi madre retiró la mano como si le hubiera dado una descarga.

Yo me desplomé, agotada, y enseguida empecé a sangrar también por la nariz.

Alejandro corrió hacia mí, espantado.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué estás sangrando tanto?

Lo miré.

Le temblaban las manos. Casi parecía que de verdad estuviera preocupado por mí.

Le aparté la mano de un manotazo, justo cuando intentaba sostenerme. Quise ponerme de pie, pero en cuanto lo intenté volví a escupir sangre, una bocanada tras otra, hecha un desastre.

Por fin, en los ojos de mi madre apareció algo de miedo. Negó con la cabeza, nerviosa.

—Yo… yo solo le di unas bofetadas. ¡No le hice nada más!

Después, tan alterada como pocas veces la había visto, me preguntó:

—¿Qué te pasa? Te llevo al hospital ahora mismo…

Mi padre también se acercó.

—¿Qué pasó? Rápido, ayuden a levantar a Isabel.

Enrique se lanzó hacia mí, gritando entre lágrimas.

—¡Mamá, estás sangrando muchísimo! ¿Te vas a morir?

Mi madre lo reprendió al instante:

—¡No digas tonterías!

En ese momento, Norma salió de pronto. Llevaba una bolsa en la mano y dijo, indignada:

—Señorita, ¿cómo pudo usar una bolsa con sangre falsa para asustar a la familia?

¿Una bolsa de sangre falsa? No entendía nada.

Pero antes de que pudiera pensarlo, mi madre ya había corrido hasta Norma. Miró lo que llevaba en la mano y, presa de una furia incontenible, la estrelló contra el suelo.

—¡Tal como pensaba, eres una mujer llena de artimañas! ¡De verdad intentaste usar una bolsa de sangre falsa para engañarnos y dar pena!

Solté una sonrisa amarga y negué con la cabeza. Yo ya había aprendido a obedecer. Entonces, ¿por qué seguían sin dejarme en paz?

Alejandro se puso en cuclillas frente a mí y me miró con decepción.

—¿En qué te has convertido?

Mi padre regresó al lado de Alicia y dijo con asco:

—Al final no eres más que una salvaje criada en el campo, capaz de cualquier cosa, fría y despiadada. No vales ni la mitad de Alicia. No… ni siquiera le llegas a los talones.

No dije nada, solo me obligué a tragarme la sangre que estaba a punto de volver a brotar.

Enrique, que antes estaba arrodillado junto a mí, ahora me empujó con desagrado y me tiró otra vez al suelo. Frunció el ceño y dijo:

—Mamá, yo de verdad creí que habías cambiado. Eres tan mala que ya no te quiero.

Luego corrió hasta Alicia, se abrazó a sus piernas y dijo:

—¡Quiero que seas mi mamá!

Sentí el corazón reducido a cenizas. Apreté las manos con todas mis fuerzas. Las uñas se me clavaron en la palma hasta romperme la piel, pero ni así pude detener las lágrimas.

Alejandro soltó un suspiro, levantó la mano y me secó las lágrimas.

—Ya ves que no se siente nada bien ser traicionada por la gente más cercana. Entonces, ¿por qué tuviste que hacer algo así? Ahora la reputación de Alicia está destrozada y hasta las acciones de la empresa se están desplomando. Todo esto pasó por tu culpa. Así que no solo tienes que disculparte, también tienes que compensar el daño.

Quise decir que yo no sabía nada. Pero Alicia rompió a llorar en ese momento.

—Déjalo, Alejandro… Isabel me ha hecho daño una y otra vez. Me da miedo que, si la obligan a disculparse, me termine odiando todavía más. Aunque no entiendo por qué me detesta tanto… estoy dispuesta a dejarlo así, por mis papás… y por ti.

Mi madre, destrozada por verla así, dijo enseguida:

—Alicia, eres demasiado buena. Por eso ella siempre termina aprovechándose de ti. Pero no te preocupes. Siempre vamos a estar de tu lado. Mientras te protejamos, ella no volverá a tener la oportunidad de hacerte daño.

Después me miró con el rostro helado.

—Escúchame bien. Por la reputación de los García y de los Guerra, ya acordamos una solución entre ambas familias. Mañana mismo tú y Alejandro van a divorciarse. Después él se casará con Alicia. De cara al público diremos que Alejandro y Alicia en realidad ya estaban casados desde hace tiempo, pero que, como tú estabas enferma y además llevabas años enamorada de él, decidimos ocultártelo.

Miré a Alejandro.

—¿Tú también estás de acuerdo?

Él evitó mis ojos y frunció el ceño con impaciencia.

—No queda de otra. Todo esto lo provocaste tú.

Hizo una pausa y luego añadió:

—Pero tranquila. Esto solo es una medida temporal. Cuando pase la tormenta, me divorciaré de Alicia.

Lo miré en silencio, sin saber qué decir. Tal vez por culpa, o tal vez porque mi silencio le pareció una forma de resistencia.

Fuera lo que fuera, eso lo irritó. Con el rostro endurecido, dijo:

—Estés de acuerdo o no, yo…

Abrí la boca despacio y lo interrumpí:

—Felicidades. Les deseo que sean muy felices.

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