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Portada de la novela Me Robaron el Corazón y la Vida

Me Robaron el Corazón y la Vida

Tras enterarse de que su esposo Alejandro entregó el corazón que ella necesitaba a Alicia García, la protagonista recibe un diagnóstico devastador: solo le queda una semana de vida. Ante esto, decide someterse a la criopreservación y donar su cuerpo al proyecto científico de Alicia. Mientras su hijo Enrique, sus padres y Alejandro celebran erróneamente este acto como una reconciliación familiar y el fin de su rencor, ella acepta en silencio devolverle su lugar a Alicia, dándoles a todos lo que tanto desean.
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Capítulo 4

A Alejandro se le cortó la voz de golpe. Se quedó mirándome, aturdido, con un pánico indefinible que parecía crecerle por dentro.

Tenía la sensación de que yo, en ese momento, era como una hoja de papel tan liviana que el viento podía llevársela en cualquier instante, arrastrándola hasta un lugar donde él ya no pudiera encontrarme.

Me incorporé despacio, apoyándome en la pared. Me limpié la sangre del rostro con la mano y miré a mi madre.

—Alejandro y yo no estamos casados por lo civil. Así que él puede casarse con Alicia sin problema.

Mi madre me preguntó, sorprendida:

—¿Entonces no se habían casado por lo civil?

A Alejandro se le ensombreció el rostro. Frunció el ceño y explicó:

—Antes siempre estábamos ocupados… y luego se nos fue olvidando.

Mi madre, en cambio, dio unas palmadas y dijo:

—Mejor así.

Enrique me miró con timidez y preguntó:

—Entonces… ¿Alicia va a ser mi mamá desde ahora?

Le asentí con una sonrisa.

—¿Estás feliz?

Enrique dio un salto de alegría.

—¡Qué bueno! ¡Entonces Alicia va a ser mi mamá!

Luego, como si temiera que yo me molestara, añadió enseguida:

—Mamá… no, digo, si prometes que ya no te vas a meter con Alicia, yo igual te voy a querer.

Bajé la mirada.

—Ya lo entendí.

Alicia lloró de felicidad y preguntó:

—¿De verdad estás dispuesta a dejar que Alejandro se case conmigo?

La miré con calma.

—Sí.

Alicia le dirigió a Alejandro una mirada tímida. Seguramente creyó que él se pondría feliz, pero descubrió que seguía mirándome a mí. De inmediato apretó con fuerza la manga de Alejandro y bajó la vista, ocultando el destello de celos que le cruzó la mirada..

Cuando volvió a alzar la mirada, ya solo quedaba en ella una apariencia de inocencia impecable.

—Gracias.

Negué suavemente con la cabeza.

—Somos familia. No hace falta que me des las gracias. Además, de ahora en adelante voy a tener que contar mucho contigo.

Alicia no sabía que yo ya había firmado los papeles para donar mi cuerpo al laboratorio donde trabajaba. Creyó que solo lo decía por compromiso y enseguida sonrió.

—Somos familia. Claro que voy a cuidar de ti.

Al vernos "reconciliadas", mi madre por fin asintió, satisfecha.

—Así está mejor. Si hubieras sido así de sensata desde el principio, tu padre y yo no habríamos seguido enojados contigo.

La miré y sentí el impulso de preguntarle si de verdad yo había sido siempre la que estaba mal.

Yo era la verdadera hija de esta familia, y aun así todo el mundo creía que la adoptada era yo.

Fue Alejandro quien insistió en casarse conmigo, y aun así todos pensaban que la intrusa insoportable era yo.

Fui yo quien, sin tener siquiera un lugar reconocido a su lado, cuidó de él y de su hijo sin una sola queja, y aun así para todos seguía siendo una mujer caprichosa, cruel y despiadada…

Cerré los ojos despacio y obligué a las lágrimas que me subían a volver hacia adentro.

Ya no quería llorar delante de ellos. Porque yo sabía que, si lloraba, Alicia lloraría más fuerte. Y entonces hasta mis lágrimas se convertirían en un pecado.

Cuando volví a abrir los ojos, sentí que ese corazón que me dolía desde hacía tanto por fin se me había quedado dormido del todo.

Como un reloj viejo que, de pronto, dejaba de funcionar para siempre.

Miré a Alejandro y descubrí que seguía observándome. Incluso parecía haber un poco de dolor en su mirada al verme así.

La sensación me resultó absurda. Así que pregunté en voz baja:

—¿Ya puedo volver a descansar?

Alejandro asintió.

—Sí. Ve a descansar.

Solté el aire y empecé a avanzar despacio hacia el cuarto de almacenamiento.

Pero mi madre dijo de pronto:

—Recoge tus cosas. Vuelve a casa. Afuera hay reporteros por todas partes. Si descubren que sigues viviendo en casa de Alejandro, quién sabe qué otras cosas se van a inventar.

Asentí obediente.

—Está bien.

Mi madre le pidió a Alejandro que me llevara de regreso. Ya afuera, él me tomó de pronto de la mano y dijo:

—Dentro de una semana, te voy a acompañar hasta el quirófano. Cuando termine tu operación, hablaremos con calma. Lo de Alicia y yo… no es como tú piensas.

Vi cómo el rostro de Alicia cambiaba de inmediato. Entonces le sonreí a Alejandro:

—Está bien.

Él me miró con extrañeza, como si sintiera que la mujer que tenía delante ya no fuera una persona, sino un trozo de madera sin emociones. Con cierta irritación, dijo:

—Vamos.

Después de subir al auto, todo el trayecto transcurrió en silencio.

Varias veces pareció querer decir algo, pero cada vez que miraba mi rostro pálido, manchado de sangre, se le desvanecían las ganas de hablar.

Cuando íbamos a mitad de camino, recibió una llamada de mi madre. Al segundo siguiente, detuvo el auto a un lado del camino y dijo con angustia:

—Alicia acaba de desmayarse. Puede que el rechazo al trasplante se haya agravado. Tengo que volver. Toma un taxi.

Miré el tablero. Eran las tres de la madrugada.

Además, estábamos en pleno paso elevado, en un tramo completamente desierto.

"¿Tomar un taxi? ¿Dónde se suponía que iba a conseguir uno ahí?"

Pero no dije nada, solo me bajé obedientemente del auto.

Ni siquiera esperó a que me apartara bien del auto. Apenas puse los pies en el suelo, Alejandro aceleró y se fue.

El rugido del auto deportivo me atravesó el pecho como una cuchillada.

Me llevé una mano al pecho y tardé muchísimo en recuperar el aliento, como si aquella sensación de desgarro no quisiera soltarme.

Pero apenas me había calmado un poco cuando un trueno sordo retumbó en el cielo, como si hasta el cielo despreciara mi cobardía y rugiera de rabia contra mí.

Poco después empezaron a caer unas gotas gruesas. Un instante más tarde, bolitas de hielo empezaron a golpearme la cabeza y los hombros con una fuerza brutal.

Escuché los golpes secos, uno tras otro, y entonces me di cuenta.

Estaba granizando.

Me cubrí la cabeza con las manos y eché a andar a toda prisa. El granizo me golpeaba sin piedad las manos y el rostro.

Dolía muchísimo, y ya no pude contenerme.

Rompí a llorar. Yo no quería llorar, pero de verdad me dolía demasiado.

Seguí caminando, hasta que de pronto todo se me oscureció frente a los ojos y caí de bruces al suelo.

Quién sabe cuánto tiempo después, me pareció oír la sirena de una ambulancia. Luego escuché la voz familiar de mi médico de cabecera. Parecía estar llorando. No dejaba de repetir:

—¿Qué pasó exactamente? Se suponía que todavía podía aguantar una semana más… ¿cómo es que de repente… de repente ya no…?

Me dolían mucho las costillas. Sentía que el médico me presionaba el pecho con demasiada fuerza.

"¿Me está reanimando? Pero de verdad me duele mucho. Vivir duele demasiado… Déjeme ir…"

Piiii…

A las cinco de la mañana del 1 de junio, mi corazón dejó de latir sin que los intentos de reanimación lograran traerme de vuelta.

Ese mismo día, mi cuerpo fue trasladado a un prestigioso laboratorio médico, donde fue sometido a un procedimiento de criopreservación.

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