
Me Metí en La Novela y Él Me Eligió
Capítulo 2
Estuvimos sentados un rato, saludando y siguiendo la conversación, hasta que Carmina por fin apareció, tambaleándose, con las mejillas encendidas y la mirada húmeda. Detrás venían tres hombres: uno era Martín Chávez, el más guapo de la universidad; otro, el joven profesor de finanzas Miguel Vázquez; y el tercero era Rafael.
Martín y Miguel se sentaron a cada lado de Carmina, como dos guardaespaldas perfectos. Rafael, en cambio, no se acomodó junto a ella: se instaló con toda calma frente a Carmina, mirando a los tres tan pegados entre sí.
Yo todavía estaba pensando: “¿y este no se pone celoso?” cuando lo noté: él le estaba coqueteando por el chat.
De pronto Carmina se sonrojó más, y eso bastó para que los dos hombres se le acercaran de inmediato, pendientes.
Martín preguntó con cuidado:
—¿Te sientes mal?
Carmina bajó la cabeza, con una vocecita suave:
—Un poco… me siento rara.
Rafael curvó los labios en una sonrisa, y habló justo a tiempo:
—Te llevo arriba a descansar.
Y sin más, la sostuvo por la cintura y la ayudó a levantarse, guiándola hacia las escaleras. Martín y Miguel se miraron un segundo y los siguieron.
¡Maldita sea, cómo quería subir a pegar la oreja a la puerta!
A mi lado, Gabriela soltó un insulto entre dientes:
—Zorra.
Y ahí se me encendió una idea. En la novela original había una escena de drogas y ahora mismo me daba la impresión de que era obra de Gabriela, porque llevaba años enamorada de Miguel, pero él tenía los ojos clavados solo en Carmina.
Además, en esa trama, a Gabriela le salía “bien” la jugada y luego Miguel le devolvía diez veces lo mismo, dejándola tirada, sin nadie, con un final horrible.
Pero apenas recordé que, cuando había algo rico, siempre era la primera en dármelo, y que cualquier chisme también me lo contaba primero, no podía dejar que terminara como en la novela original.
Me acerqué a su oído y le susurré, suave, como quien da un consejo sin intención:
—Creo que Miguel ya está grandecito; si vas a elegir, mejor uno más joven.
Ella frunció el ceño, confundida, y repitió:
—¿Más joven?
Yo barrí el lugar con la mirada y, sin pensarlo demasiado, señalé a un chico en la esquina: carita linda, aire obediente, de esos que parecen “buenos” de fábrica.
—Mira, ese está bien. ¿Para qué enamorarte de alguien que no te ama?
Gabriela miró hacia donde yo apuntaba y, para mi sorpresa, lo tomó en serio; asintió con decisión:
—¡Hecho!
Y así, sin darle más vueltas, me agarró del brazo y nos llevó a sentarnos al lado del guapo.
Apenas nos acomodamos, él se puso rojo y se presentó con la voz bajita:
—Hola, chicas, yo soy Jorge Castillo.
Nosotras sonreímos y le estrechamos la mano. Era tan puro que con solo eso se le pusieron rojas hasta las orejas. Gabriela me guiñó un ojo, toda emocionada, y me susurró para que solo yo la oyera:
—Ahora sí, ¿qué importa Miguel? Este chico está mejor.
Yo asentí, igual de convencida. Al menos no estaba tan clavada con Miguel; ya estaba cambiando el objetivo.
Y lo mejor: ese nombre, Jorge, no me sonaba de la novela original. Así que no debía estar en la órbita de Carmina y por primera vez en la noche, me relajé.
Cuando ya casi todos habían llegado, alguien propuso jugar al juego del Rey.
Una chica agitó la carta con una sonrisa traviesa y anunció:
—La que tenga el Rey ordena. El número 2 y el número 6 se dan un beso con lengua.
Yo había pensado aguantar un par de rondas y luego escabullirme para subir a escuchar “la acción” arriba.
Pero volteé mi carta y sentí que se me fue la sangre a los pies: era el 6.
A mi lado, Jorge tartamudeó, pálido:
—Y-yo… yo soy el 2.
No podía ser, ese era el chico que Gabriela acababa de escoger.
Así que levanté mi vaso con una risa falsa, rápida, y dije:
—Mejor nos tomamos el castigo, ¿no? Jajajaja.
Jorge asintió de inmediato, aliviado:
—¡Sí, sí!
Los demás chiflaron y se quejaron de que éramos aburridos, pero Gabriela parecía encantada; incluso nos llenó el vaso hasta el borde.
Yo le guiñé un ojo, ni loca le iba a robar a mi amiga el hombre que acababa de apartar.
No esperaba, eso sí, que este cuerpo tuviera tan mala tolerancia al alcohol. Apenas tres tragos y ya tenía la cabeza flotando, como si el suelo se moviera bajo mis pies.
Jorge estaba peor: tenía la cara roja, roja, como si se hubiera quemado. Me dio risa, y sin pensar, como impulsada por el alcohol, le pellizqué la mejilla.
Sus ojos se humedecieron, la comisura tembló… y soltó un gemido que sonó a súplica:
—Laura…
En ese instante me subió un calor raro por todo el cuerpo, como una descarga, y sin querer empecé a apoyarme en él. Me sentía incómoda, sofocada, y traté de controlarme como pude; giré y agarré el brazo de Gabriela, desesperada:
—Gabi, creo que ya me subió el alcohol, creo que estoy borracha…
Gabriela no respondió. Pero Jorge sí, rápido, con una preocupación torpe:
—Te llevo arriba para que descanses un rato.
La música estaba tan fuerte que me dolían los oídos. Pensé que, después de todo, él también estaba tomado; subiríamos, nos sentaríamos un momento y ya.
Así que asentí, con la lengua pesada:
—Está bien.
Jorge apenas podía caminar derecho. Aun así, me sostuvo como pudo y, tambaleándonos los dos, empezamos a subir las escaleras.
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