
Me Metí en La Novela y Él Me Eligió
Capítulo 3
A mitad de las escaleras, de pronto pisé en falso y el cuerpo se me fue hacia atrás; justo cuando sentí que iba a caerme, alguien me atrapó en un abrazo conocido, firme y cálido.
Yo solo pensaba una cosa: “Qué calor tenía.”
Pero entonces me confundí: ¿por qué Jorge estaba tan frío? Sin poder evitarlo, me pegué más, buscando su pecho como si fuera un refugio.
Él me cargó en brazos, de costado, y su temperatura se filtró a través de la ropa; incluso, en ese vaivén borracho, alcancé a sentir la tensión de sus músculos.
Tal vez por el alcohol, no podía quedarme quieta: dejé un brazo colgando y lo movía sin control, necia, sin llegar a rodearle el cuello. Él soltó una mano solo para acomodarme, y me enganchó el brazo alrededor de su cuello.
—Agárrate bien.
Al escucharlo, levanté la cara y quedé peligrosamente cerca de sus labios.
El trago me ganó.
No aguanté las ganas y lo besé.
Sus labios estaban fríos, helados y el roce duró apenas un instante. A mí, en cambio, se me nubló más la cabeza.
Luego me sentó en el auto. En ese espacio estrecho y cerrado, el aire parecía todavía más sofocante, pero él me sujetó para que no me moviera, y su respiración estaba claramente agitada.
Yo pensé, medio ida, que era una doble moral: a mí me frenaba, pero él estaba hecho un desastre. Hasta se me cruzó la idea absurda de que quizá tenía asma.
Lo escuché respirar cada vez más pesado y, al mismo tiempo, me apretó más contra él.
Su voz sonó como una rendición:
—Ya no aguanto, Laura…
Y volvió a besarme, boca a boca, con el aliento mezclado.
Yo iba a responderle cuando se detuvo de golpe; yo, con los ojos entornados, quise seguir y de pronto una ráfaga fría me provocó un escalofrío. Era porque ya habíamos bajado del auto.
Él caminaba rápido, como si tuviera prisa.
Yo todavía intenté acercarme para robarle otro beso, pero me aplastó contra su pecho y me regañó, seco:
—No te muevas.
El tono me asustó tanto que me quedé quieta, obediente.
Un momento después se oyó el “clac” de una puerta al cerrarse.
Y entonces, de golpe, me acorraló contra la puerta; volvió a devorarme la boca y yo sentí que me faltaba el aire, como un pez fuera del agua, sin fuerzas para resistir nada.
Hubo un segundo en que… tuve la sensación de que la persona frente a mí ya no era Jorge.
Que era Adrián.
—Adrián…
Él soltó una exhalación honda, como si estuviera apretando los dientes.
—Qué chiquita tan desesperante.
***
Me desperté casi al mediodía. Quise estirarme, pero me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran pasado por encima.
Estaba en mi cuarto. Con los pedazos sueltos de la noche anterior, fui armando lo que recordaba y se me encendió la cara de vergüenza.
Más o menos lo entendí: Gabriela no le había dado nada a Miguel; más bien, creyó que yo decía todo eso porque me había fijado en Jorge, y al final, nos drogó a los dos, a Jorge y a mí.
Lo que no me esperaba era que Jorge, con esa cara de niño puro, fuera tan diferente cuando se le aflojaba el autocontrol. Me vinieron flashes y solo pude pensar una cosa: esta novela romántica no se andaba con rodeos.
Pero entonces se me vino otra preocupación encima. Yo había traído a un hombre a la casa y Adrián seguro iba a enojarse y echarme. Él era obsesivamente limpio, un maniático del orden; que no nos hubiera echado anoche ya era bastante.
Me cambié y me puse ropa que me tapara de pies a cabeza y salí de puntillas, intentando no hacer ruido. No quedaba rastro de lo de anoche, y Jorge ya no estaba.
Adrián estaba sentado en el sofá.
Yo todavía estaba pensando cómo decirlo cuando Adrián me llamó primero:
—Ven.
Tragué saliva, respiré hondo, y caminé hasta él.
—¿Te duele? ¿Te sientes mal?
Con esa pregunta me ardieron las mejillas.
—Ya no… ya no me siento mal…
—La comida está en la mesa. Ve a comer algo primero.
Me quedé unos segundos ahí, parada, sin saber cómo decirlo.
—¿No estás enojado conmigo?
Adrián se veía extrañamente de buen humor; hasta la comisura de sus labios se le levantaba.
—De ahora en adelante, no tomes fuera de casa. Y a este tipo de reuniones, voy contigo.
Como no parecía molesto, por fin solté el aire y me fui a comer.
En cuanto prendí el celular, lo tenía reventado de llamadas de Gabriela y, para mi sorpresa, Adrián también me había llamado varias veces anoche.
Mientras le contestaba a Gabriela, me llegó un mensaje de Jorge:
“Perdón, Laura. No pensé que aguantaras tan poco. Me quedé en blanco, no me acuerdo de nada. ¿Hoy puedo invitarte a comer para disculparme?”
No supe ni cómo, pero Adrián ya estaba detrás de mí.
Su voz salió apretada, como mordiéndose las palabras:
—¿Él es el chico que te gusta?
Adrián debió verlo ayer. Y yo, después de haberlo llevado a casa, si decía que no, iba a sonar peor; además, yo sí quería intentar algo, así que asentí.
Adrián inhaló hondo.
Luego, con el tono cada vez más oscuro, me soltó:
—Anoche, el hombre que estuvo contigo, ¿quién fue?
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