
Me Cancelaron por Darles una Guardería
Capítulo 2
Al día siguiente, el ambiente en la empresa cambió por completo. En los pasillos, en la zona del café, en todos lados… había empleadas susurrando, en grupitos, como si el aire estuviera lleno de chismes.
Cuando me veían pasar, esquivaban la mirada. Pero las comisuras de la boca se les quedaban apretadas, aguantándose la risa.
El escritorio de Reina se volvió el centro de toda el área.
Un montón de gente la rodeaba. De la boca para afuera decían "qué valiente", pero en la cara traían pura emoción, puro morbo, puro "dale".
—¡Reina, estamos contigo!
—Claro, ¿por qué todo el dinero se lo van a llevar esos extranjeros?
—Tú arma el escándalo, no se atreve a corrernos a todas.
Cuando pasé por ahí, lo escuché clarito.
Ahí entendí que para ellas, yo solo era alguien a quien podían apretar donde quisieran, alguien que podían manejar con dos palabras bonitas.
Por la tarde, Abril entró sola a mi oficina. Traía los ojos rojos y una taza de café en la mano.
—Cristina, no te enojes. A Reina la inflaron tanto en internet que ya se le subió a la cabeza.
Dejó el café sobre mi escritorio, con un tono de "preocupación" perfectamente medido.
—En realidad, nadie cree de verdad que la guardería sea mala. Es solo que si se pudiera cambiar por dinero, sería más flexible.
La miré. A ella. A la misma empleada a la que yo, en su momento, ayudé con todo.
—¿Ah, sí? ¿Entonces tú también apoyas que cerremos la guardería?
Le tembló la mirada un segundo, luego levantó la cabeza y se forzó una sonrisa.
—¡Claro que estoy de su lado! Yo no olvido lo bien que se ha portado conmigo, de verdad. Solo me preocupa. Esto en internet se está poniendo durísimo, y le pega a la empresa. ¿Y si da un pasito atrás? ¿Aunque sea por ahora? Da un bono, algo de apoyo, para calmarlas, ¿sí?
No venía a aliviarme nada, venía de emisaria, a probar hasta dónde llegaba mi paciencia, a usar mi buena fe para convencerme de que cediera ante la avaricia.
En ese instante, mi asistente empujó la puerta. Estaba pálida, pálida de verdad.
—¡Malas noticias! ¡La publicación de Reina la compartieron varios influencers con millones de seguidores! ¡Ya se metió en el top 10 de tendencias!
Actualicé la página.
El tema en tendencia era: #JefaMontaGuarderiaAbusivaParaExprimirEmpleadas
Debajo del hashtag empezaron a aparecer comentarios nuevos anónimos.
Y la IP aparecía clarita. Salía de este mismo edificio.
"Soy empleada de aquí, puedo dar fe: la comida de esa guardería es horrible. Mi hijo la última vez comió y le dio diarrea. Eso de ‘educación extranjera’ es puro cuento, son parientes de la jefa haciéndose pasar por profesionales para engañar a la gente. Por culpa de la guardería se me arruinaron las vacaciones anuales, y en el día a día ni me atrevo a pedir permiso."
Me quedé congelada viendo esas líneas, y la cabeza me zumbó.
El menú de la guardería lo revisé yo, una y otra vez, con la nutricionista. Todos los ingredientes eran orgánicos, y venían de un proveedor exclusivo.
El equipo de profes extranjeros lo armé después de filtrar más de cien CVs, comparando entre tres firmas top de headhunting.
Y lo de dejarlos sin vacaciones era directamente inventado. Hasta podía imaginar quién estaba tecleando eso.
Tal vez esa misma mamá que la semana pasada me tomó de la mano, agradeciéndome porque por fin podía trabajar sin vivir ahogada con el tema de la crianza.
Disfrutando sin culpa los mejores beneficios que yo puse sobre la mesa, y al mismo tiempo, por el "gran pastel" del "bono en efectivo" que les prometió Reina, me apuñalaba por la espalda y me echaba lodo encima.
Abril seguía a mi lado, fingiendo preocupación.
—Cristina, ¿ves? Esto ya se está saliendo de control. De verdad, escúcheme un momento.
Agarré el café del escritorio, caminé hasta el bote de basura y lo vacié por completo.
—Sal.
Mi voz salió tranquila.
La cara de Abril se congeló un segundo y enseguida se puso la máscara de víctima.
—Cristina, yo… yo lo digo por su bien.
—Te dije que salieras.
Lo repetí, no la miré más.
Y al final se fue, resentida, arrastrando el paso.
La oficina volvió a quedar en silencio. Pero mi celular se volvió loco.
Eran socios, inversionistas, medios de comunicación.
Y en mis redes les cayó una avalancha de mensajes privados, insultos, maldiciones:
—¡Capitalista asquerosa! ¡Ojalá tu empresa quiebre mañana!
—Yo creyendo que eras un ejemplo de mujer independiente… y resultaste igual, trepando y pisoteando a otras mujeres.
—¡Tú no mereces ser madre!
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