
Me Cancelaron por Darles una Guardería
Capítulo 3
Me encerré en mi oficina toda la tarde.
Abajo, ya había varias camionetas de la prensa estacionadas, esperando. Cámaras encendidas, flashes, gente husmeando como si olieran sangre.
Me reí, pero fue una risa amarga.
Y ahí mismo me juré algo: desde hoy, Cristina Pozas solo va a ser una sola cosa: una empresaria.
Tomé el teléfono interno y marqué a la directora administrativa.
—Notifica a todo el personal: mañana, a las diez en punto, reunión en la sala grande. Sobre lo de la guardería y la presión mediática de estos días, la empresa anunciará la solución final.
Del otro lado, la voz de la directora sonó dudosa.
—Cristina, ¿de verdad vamos a ceder?
—No.
Miré por la ventana esos teleobjetivos apuntándome, titilando como luciérnagas.
Y lo dije despacio, palabra por palabra:
—Ya es hora de que paguen el precio de su propia avaricia.
***
A la mañana siguiente, la sala grande estaba a reventar.
El ambiente no era de reunión. Era de fiesta, de emoción, de expectativa, como si estuvieran esperando una entrega de premios.
Reina estaba sentada en la primera fila, rodeada de mamás, como si la estuvieran coronando. Incluso traía maquillaje impecable, y con una sonrisa satisfecha les iba contando a los demás su "experiencia de lucha", como si esto fuera una hazaña.
—Con los capitalistas no se negocia con el corazón. Si nos mantenemos unidas y hacemos ruido, le va a dar miedo sí o sí. Ya van a ver: hoy nos va a dar una respuesta que nos deje felices.
Abril estaba a su lado, con una sonrisa medida, asentando de vez en cuando para respaldarla.
A las diez en punto, entré.
Todas las miradas se me clavaron de golpe: había morbo, había ganas de espectáculo y también una codicia que ni se molestaban en esconder.
Subí al frente.
No abrí ninguna presentación. No miré ni un PowerPoint. Solo miré a esas caras y hice una reverencia profunda.
—Primero, quiero pedirles disculpas.
Se armó un alboroto inmediato, y luego estallaron aplausos y gritos de celebración. Reina alzó las cejas, triunfante, sacó el celular como si fuera a mandar la buena noticia a alguien.
Yo me enderecé y los miré de frente.
—Por habérmelo tomado en lo personal, por no haber considerado bien la necesidad de muchas mamás de tener margen para criar a sus hijos, les causé molestias y malentendidos. Lo lamento.
Los aplausos se hicieron todavía más fuertes. Incluso alguien gritó desde atrás:
—¡Cristina sabe reconocer errores, así se habla!
Esperé a que el ruido bajara.
Y entonces, cambié el tono. Sin prisa, pero con filo.
—Para respetar al 100% la elección individual de cada quien, y también para responder al reclamo tan fuerte de ‘crianza autónoma’, después de pasarnos la noche entera discutiéndolo con el área administrativa, hemos decidido…
Hice una pausa a propósito.
Se hizo silencio. Todos se inclinaron hacia adelante, literalmente, como si quisieran arrancarme la frase de la boca. Los ojos les brillaban.
Yo los miré.
Y anuncié, despacio, claro:
—Primero: a partir de hoy, la guardería se cerrará para siempre.
La sala explotó. Gritos, palmas, risas. Reina y las que estaban con ella se abrazaron como si acabaran de ganar una guerra.
Yo no les di el gusto de verlas festejar.
Seguí.
—Segundo: para compensar a todos, la empresa empezará a dar un apoyo de crianza.
El ruido se apagó de golpe.
Ahora sí, todos me miraban con ansiedad, con esa esperanza casi infantil.
Me aclaré la garganta y solté el número que ellas creían que era el premio mayor:
—Toda mamá trabajadora que cumpla con los requisitos, recibirá 20 dólares al mes como apoyo de crianza.
No terminé la frase y se murió la sala.
Silencio absoluto.
El celular de Reina —ese que tenía listo para presumir su victoria— se le resbaló de la mano.
¡PAM!
Cayó al piso y la pantalla se hizo añicos.
Ella fue la primera en reaccionar. Se paró de golpe, la voz se le quebró de rabia.
—¿20 dólares? ¿Me estás viendo la cara? ¡Eso es una limosna! ¿Y el presupuesto de la guardería? ¿Qué hiciste con esa plata? ¿Te la tragaste?
La miré sin una pizca de emoción.
—¿Presupuesto? ¿Qué presupuesto? La guardería la construí con mi dinero personal. Fue inversión mía. La empresa no puso un centavo. Y ahora ya no quiero seguir pagándola. ¿Algún problema?
Mis palabras los dejaron congelados.
Porque ellas siempre creyeron que la guardería era un gasto de la empresa. Creyeron que armando escándalo iban a poder convertir "un beneficio en especie" en dinero. Se imaginaron que podían repartirse ese pastel.
Pero nunca se les pasó por la cabeza que ese pastel, ni siquiera era de ellas.
Era algo que yo había sacado de mi bolsillo para dárselo.
—¡No puede ser!
Reina empezó a gritar, fuera de sí.
—¡Estás mintiendo! ¡Eres una capitalista asquerosa! ¡Te quieres quedar con todo!
—Piensa lo que quieras.
No moví ni un músculo de la cara.
Y rematé, como quien deja caer una última piedra.
—Ah, y por cierto: un recordatorio amistoso para todos. Por esta crisis mediática, la reputación de la empresa quedó severamente dañada. Nuestro principal socio acaba de poner en pausa la colaboración con nosotros. La junta directiva se reunió de emergencia durante la noche y me exigió que, en un plazo de 24 horas, redujera un 30% de los costos operativos para enfrentar la posible crisis.
Hice otra pausa.
Y dejé que mis ojos recorrieran, uno por uno, esos rostros que ya estaban pálidos.
—La lista de recortes les llega mañana a primera hora por correo electrónico.
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