
Más allá de la sombra de la familia
Capítulo 8
El castigo no duró mucho.
Resulta que, n el momento crucial, Serena de pronto se «desmayó», justo a tiempo.
La atención de toda la familia se desvió al instante. Doctores, enfermeras… fue un caos.
Elara, soportando el dolor punzante, se retiró a su habitación.
Estando ahí, sacó el teléfono. Había un mensaje sin leer de un número encriptado: una serie de coordenadas.
[Tres días más, a medianoche. El último barco en el Muelle 24. Trae a tu gente, yo me encargo del resto. – J]
Tres días más.
Tres días, y sería libre.
***
Al día siguiente, Dante llegó. Sostenía una invitación con letras doradas en relieve en una de sus manos.
—Elara, buenas noticias.
Se sentó junto a la cama y extendió la mano para tocarle el cabello. Ella giró la cabeza, esquivando el contacto.
Él retiró la mano con incomodidad y levantó la tarjeta.
—El Premio de Oro a «Los Jóvenes Pintores de América». El comité acaba de enviarte una notificación.
Era el mayor honor del mundo del arte, el sueño de innumerables artistas jóvenes.
En su vida pasada, Elara había estado encerrada en casa, «enferma», perdiéndose la ceremonia. Dante había movido sus influencias y el premio había pasado a Serena, dándole fama y fortuna.
¿Y esta vez se lo estaba diciendo a ella?
Los ojos de Elara se abrieron con incredulidad mientras tomaba la invitación.
—Sé que siempre has querido este reconocimiento —el tono de Dante se suavizó, como si apaciguara a una niña caprichosa—. Esta es tu oportunidad de obtener por fin lo que mereces, pero tienes que ser inteligente. Solo acepta el premio con obediencia y luego agradece públicamente a Serena por su constante inspiración. Di que ella te dio la motivación para crear. Si haces eso, te garantizo que estarás a salvo de la ira de tu padre y me aseguraré de que todo este asunto se olvide. Este será nuestro nuevo comienzo.
Así que era eso.
Ella seguía destinada a ser un peldaño. Solo que esta vez, no tras bambalinas, sino en el frente: un peldaño público para hacer brillar el nombre de Serena.
—Bien —dijo Elara en voz baja, con la mirada fija en la ventana y el tono plano.
Dante soltó un suspiro de alivio. Una sonrisa satisfecha se extendió por su rostro, creyendo que ella había cedido.
—Sabía que eras sensata. Cariño, te amo —Se puso de pie, acomodándose el traje—. Después de la ceremonia de premiación, nos casaremos, ¿de acuerdo? Ya elegí la fecha, el próximo mes.
Elara no respondió. Giró la cabeza, contemplando el cielo azul despejado, observando a las gaviotas elevarse.
—Dante.
—¿Sí?
—¿Sabes de qué color es el mar?
—Azul, ¿por qué? ¿A qué viene eso?
«No», pensó Elara.
Es del color de la libertad. Y ella jamás se casaría con él.
—No es nada —cerró los ojos—. Necesito descansar ahora. Por favor, vete.
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