
La Última Carta
Capítulo 8
Julieta lo miró atónita.
Antes de poder reaccionar, el timbre de la puerta sonó con insistencia.
Gabriel sonrió con naturalidad y se encaminó a abrir.
—¿Llegué muy tarde, Gabriel? ¡Lo siento, es culpa de mis alumnos, no paraban de hacerme preguntas! —la voz de Camila sonaba fresca, familiar.
Entró como si estuviera en su propia casa. Fue directo al mueble del recibidor y sacó un par de pantuflas de mujer, que Julieta reconoció de inmediato. Las había comprado ella misma, hacía poco... pero nunca había tenido la oportunidad de usarlas antes de mudarse.
Ahora, ver a Camila moverse con tanta soltura en esa casa... hizo que un escalofrío le recorriera la columna.
—No, llegaste justo a tiempo. ¡Lávate las manos que ya está la comida! —respondió Gabriel con voz cálida… demasiado cálida.
Camila sonrió, sonrojada, y fue hacia la mesa.
—Perdón, Julieta. ¡Qué vergüenza llegar tan tarde!
Julieta no respondió. Pero Camila tampoco esperaba que lo hiciera, por lo que se sentó sin más.
—Gabriel, eres un amor. ¡Hasta me pusiste los cubiertos como me gustan!
—Sé que eres maniática con eso. Los lavé como tres veces. A ver si pasa la inspección —bromeó Gabriel.
—¿Y tú qué quieres de premio por ser tan detallista? —preguntó ella, en tono coqueto.
Gabriel alzó la mano y le pellizcó la mejilla con cariño.
—Que comas bien. Entre las clases, el estrés y esa gripe horrible que tuviste... estás más flaca que nunca.
Julieta los observaba en silencio —sus palabras, sus gestos, todo—, mientras un dolor que creía muerto, volvió a abrirse paso dentro de ella, sin poder evitarlo.
—¿Esto es lo que prometiste como la última cosa? —interrumpió, con voz temblorosa.
Sentía que su cuerpo era todo espinas.
Gabriel la miró... y recién entonces notó lo delgada que estaba. Demasiado. Algo en sus ojos se movió, tal vez culpa, pero se obligó a hablar con frialdad:
—Preparé comida. Tú ni siquiera puedes comer tanto. Camila acaba de salir del hospital. Estuve cuidándola todos estos días. Eres tú la que insistió en hacerlo hoy. ¿Qué querías? ¿Que la dejara tirada?
Camila, sentada justo frente a Julieta, miraba la escena con satisfacción. Era como si dijera sin palabras: «Mírame. Yo soy la que él quiere proteger».
Julieta sintió cómo la energía la abandonaba, como si alguien hubiera soltado el nudo que la sostenía por dentro.
No solo le dolía el pecho; le dolían los huesos, el alma…
Con la cabeza agachada, se levantó.
—No debería haber esperado nada de ti, Gabriel Fuentes —dijo, su voz apenas un susurro, tan suave como el de una aguja al caer al suelo.
Gabriel dio un paso, tal vez para detenerla. Pero Camila fue más rápida. Se levantó también y extendió la mano hacia Julieta, como queriendo frenarla.
Sin querer, su manga se enredó en el cabello de Julieta.
No. No en su cabello.
¡En su peluca!
La cual, de un tirón, cayó al suelo.
Gabriel dio un salto hacia atrás, como si hubiera visto un fantasma.
—¡¿Julieta?! ¡¿Y tu cabello?!
Julieta se quedó de espaldas, temblando. No podía moverse. No podía pensar. Sentía que Camila le había arrancado la última capa de dignidad.
Pensó en contarlo todo. En decirle la verdad: que se estaba muriendo.
Pero, antes de que pudiera abrir la boca, Camila recogió la peluca del suelo, levantándola con una mirada dura, casi teatral.
—Julieta, no puedo creerlo. ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para retenerlo? ¿Qué sigue? ¿Vestirte de monja y amenazar con meterte a un convento si no se queda contigo?
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