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Portada de la novela La Reencarnación De La Sanadora Imperial

La Reencarnación De La Sanadora Imperial

Tras sufrir humillaciones por carecer de loba, mi despertar como sanadora excepcional y mi lazo con el Alfa Tristan parecían un sueño. Pero todo fue una farsa: su gemelo Ronan me engañó y embarazó usando un bloqueador de aroma, aliado con Arabella para destruirme. Tras encerrarme, usaron magia negra para robar mi loba y acabar con mi bebé y mi vida. Sin embargo, he regresado en el tiempo al día en que descubrí mi embarazo. Esta vez, mis verdugos pagarán con fuego por su traición.
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Capítulo 4

La lluvia me azotaba el rostro con su frialdad, mientras cada bocanada de aire se sentía como tragar hojas de rasurar.

Avanzaba descalza por el sendero lodoso de la montaña, tropezando más veces de las que podía recordar.

Llevaba las rodillas en carne viva y las palmas desgarradas por la grava; la sangre se disolvía en el agua turbia, pero el dolor me resultaba ajeno.

Solo un pensamiento martilleaba en mi cabeza: más rápido. Debía ir más rápido.

—¡Vaya! ¿No es esta la flamante Luna? —Un grupo de lobos emergió de entre la maleza para cerrarme el paso. Los reconocí de inmediato: eran los matones de Arabella.

—Apártense —mascullé, luchando por recuperar el aliento.

—Es peligroso estar sola por aquí a estas horas —el cabecilla esbozó una sonrisa burlona—. ¿Por qué no dejas que te escoltemos de vuelta?

—¡Dije que se quiten!

—Qué carácter. —Otro de ellos se adelantó con aire desafiante—. Escuché que pronto serás la Luna. ¿Por qué no practicas cómo obedecer a un Alfa?

Intenté escabullirme entre ellos, pero me cercaron al instante.

—No tengas tanta prisa.

—Juega con nosotros un rato.

La voz de Arabella surgió de los comunicadores en sus cuellos: “Tengan cuidado. Pueden divertirse con ella, pero no la maten. Quiero ver cómo se arrodilla durante la ceremonia”.

En ese instante, mi cordura se hizo añicos. Solté un rugido y hundí la palma en el pecho del lobo más cercano; el impacto lo mandó a volar por los aires mientras soltaba un grito de agonía. Los demás se quedaron pasmados. Aproveché su estupor para romper el cerco y retomar la huida.

La tormenta arreciaba. El camino se había transformado en un río de fango que amenazaba con hacerme resbalar a cada paso. Tenía las plantas de los pies cubiertas de ampollas, pero no me atrevía a detenerme; mamá me estaba esperando.

Divisé el sendero que conducía al sanatorio, pero justo al enfilar hacia allá, un estruendo ensordecedor descendió de las alturas. Un alud de tierra y rocas se precipitó sobre mí. Intenté trepar por la ladera para ponerme a salvo, pero el pie me falló y terminé rodando hacia el abismo.

El mundo se volvió un torbellino de caos. Las rocas afiladas me laceraban la piel y las ramas me rasgaban el rostro hasta que la nuca chocó contra una piedra. La oscuridad empezó a invadirlo todo. ¿Acaso moriría así? ¿Tendría un final tan absurdo como en mi vida anterior? ¡No! ¡Mi bebé! ¡Mi madre!

Justo cuando la penumbra estaba por devorarme, una mano poderosa me atenazó la muñeca. Era un agarre firme, de un calor intenso. De pronto, un destello dorado rasgó las tinieblas y formó una barrera resplandeciente contra la aplastante pared de lodo. Aquello no era la fuerza de un simple Alfa; era el poder de un Rey Lobo.

Me arrancaron del fango para estrecharme contra un pecho firme. La lluvia me nublaba la vista y lo único que lograba distinguir eran sus ojos: dos pozos profundos de oro líquido que no reflejaban desprecio ni indiferencia, sino una genuina y abrumadora preocupación.

—Aférrate a mí.

Su voz sonó imperiosa, como un faro en medio del desastre. Me sostuvo con un brazo mientras que con el otro proyectaba un escudo de la nada, bloqueando los escombros que caían. Tras lo que pareció una eternidad, el estrépito finalmente cesó. Entonces, me cargó hasta un lujoso auto negro que esperaba en una zona segura.

Al sentir el aire cálido de la calefacción contra la piel, empecé a temblar; mi cuerpo sucumbía por fin al impacto de la conmoción. Él me envolvió en una manta suave sin soltarme en ningún momento. Mantuvo la mano presionada contra mi espalda y enfocó su mirada en mí.

—Este poder... —musitó; la tensión en su voz mostraba una incredulidad absoluta, como si acabara de hallar una reliquia sagrada.

En ese breve contacto, la tempestad que rugía en mi interior se apaciguó, aliviada por su toque. Era una resonancia perfecta entre nuestros lobos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Lucía... —alcancé a articular con debilidad—. Por favor... lléveme al Sanatorio Saint Mary... mi mamá...

Él me observó fijamente, omitió cualquier otra pregunta y le dio la orden al chofer.

—Al Saint Mary. A toda marcha.

—Sí, Rey Maxim.

El vehículo salió disparado a través de la penumbra como una flecha. Maxim. El nombre retumbó en mi mente. ¿El legendario Rey Lobo que gobernaba la manada más poderosa de Europa? ¿Qué hacía alguien como él en este lugar?

Al llegar al sanatorio, el silencio dominaba el pasillo. De pronto, un pitido largo y penetrante escapó del monitor cardíaco. Esa línea plana en la pantalla fue el cuchillo que acabó con mis esperanzas.

—¡Mamá!

Me desplomé sobre la cama y apreté su mano. Aún conservaba algo de calor, pero su vida se había esfumado. Tenía los ojos entreabiertos, aunque la luz ya no habitaba en ellos. Una nota arrugada yacía sobre la almohada, escrita con una letra temblorosa:

“Lucía, hija mía... huye de este lugar. Sal al mundo... sé la sanadora que sueñas ser... tienes que ser feliz...”

—¡Aaaahhh!

Caí de rodillas mientras un alarido me brotaba de la garganta. Debido al duelo, la energía de curación en mi interior se desbordó sin control.

Un poder dorado y purísimo estalló desde mi cuerpo, haciendo añicos los ventanales y provocando que las luces del pasillo reventaran en una lluvia de chispas. Y aun así, no pude salvarla. Era una sanadora y no servía para nada.

Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, aquel calor protector me envolvió de nuevo. Maxim se arrodilló frente a mí; ignoró los fragmentos de vidrio que volaban para rodearme con su aura, domando a la fuerza la tormenta que me desgarraba por dentro. Escudriñó mi rostro bañado en lágrimas con un destello de dolor en su mirada.

—No eres inútil, Lucía.

Me sujetó por los hombros y su voz se abrió paso a través de mi agonía.

—Tu poder podría sacudir el continente entero. La Manada Silver Moon está ciega; no te merecen.

Me sostuvo la mirada y lanzó una oferta que cambiaría mi destino para siempre.

—Ven conmigo —ordenó, transformando su voz en un salvavidas—. Conviértete en mi sanadora imperial y yo te daré el mundo que te pertenece.

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