
La Reencarnación De La Sanadora Imperial
Capítulo 5
Al notar mi indecisión, Maxim continuó:
—Si rechazas unirte a mi manada, puedo enviarte al Gremio de Sanadores en Europa; no me quedaré de brazos cruzados mientras desperdicias tu talento.
El corazón me dio un vuelco. El Gremio de Sanadores de Europa representaba el santuario con el que todo aquel dedicado a las artes curativas soñaba alguna vez.
—Está bien —respondí.
Me sequé las lágrimas y obligué a mi voz a sonar firme. No le debía nada a la manada Silver Moon. Con mamá fuera de mi vida, había llegado el momento de marcharme para proteger a mi cachorro.
—Dame una hora —le pedí a Maxim—. Debo recuperar las pertenencias de mi madre. En cuanto termine, nos iremos de este lugar para siempre.
Maxim me sostuvo la mirada durante un largo silencio.
—Mis Betas te esperarán afuera de la propiedad. Si algo se complica, rompe esto.
Me entregó un cristal de comunicación que ostentaba el escudo grabado de su linaje.
Al volver a aquel supuesto “hogar”, el aire apestaba al nauseabundo dulzor de la champaña. Las luces de la sala resplandecían con fuerza, iluminando a Tristan, Ronan y a la maldita Arabella, quienes me esperaban sentados en el sofá como jueces en un tribunal.
Al verme cubierta de lodo y en un estado deplorable, Arabella arrugó la nariz con un gesto dramático.
—Por los dioses, Lucia, ¿te revolcaste en el fango? Deshonras el título de Luna.
—Vengo por mis cosas —sentencié.
Sin siquiera mirarla, me encaminé hacia las escaleras.
—Recogeré lo que le pertenecía a mi madre y me largaré. No pienso presenciar su ceremonia de vínculo.
—Detente.
La voz de Tristan sonó gélida, provocándome un escalofrío que me recorrió la columna. De inmediato, dos guardias me cortaron el paso.
—¿De verdad crees que puedes marcharte así como así? —Tristan se puso en pie y se acercó con paso sombrío—. ¿Qué piensas que es la manada Silver Moon? ¿Un refugio al que entras y sales a tu antojo?
—Ya no me interesa ser tu Luna, Tristan. —Lo miré a los ojos, despojándome del miedo por primera vez—. Cédele el título a tu adorada Arabella.
—¡No quiero tus sobras! —chilló ella, con la mirada encendida por unos celos viscerales. De pronto, su actitud cambió; fingió sentirse herida y asustada mientras extraía del bolsillo un bulto envuelto en tela negra—. Tristan... no me he sentido bien hoy. Siento a mi loba reprimida. Y entonces... encontré esto en la habitación de Lucia.
Retiró la tela para revelar un pequeño collar de madera tallado con la forma de una flor de luna. El corazón se me detuvo: era la joya de mi madre.
—Mira —susurró Arabella, entregándole el objeto a Tristan. Al rozarlo con el dedo, un líquido rojo oscuro y fétido brotó de las hendiduras del tallado—. Es un objeto maldito, empapado en magia negra. ¿Cómo pudiste, Lucia? ¡Intentaste lastimarme con algo tan vil!
—¡Eso es mentira! —Me abalancé para recuperar el collar, pero Ronan me sujetó el brazo, inmovilizándome.
Tristan escrutó la pieza y luego observó el rostro pálido de Arabella. El último rastro de duda en sus ojos se evaporó, dejando paso al asco. Estrelló el collar contra el suelo, reduciéndolo a pedazos.
—¡No! —Un grito desesperado se me escapó de la garganta. Era lo último que conservaba de ella... lo último que mi madre me había dado.
—¡Y todavía te atreves a fingir que eres la víctima! —rugió Tristan.
Arabella aprovechó el caos para tomar un cuenco de sopa de la mesa, ocultando su malicia tras una máscara de falsa piedad.
—Sé que me tienes celos, pero estoy dispuesta a perdonarte. Solo arrodíllate y pide disculpas. Después, bebe este tónico de purificación para disipar la maldición que me lanzaste y olvidaremos este incidente. Tristan seguirá adelante con el vínculo. Al fin y al cabo, son compañeros destinados, un regalo de la Diosa Luna, ¿no es así?
—Mírala, Lucia —añadió Tristan con frialdad—. Mira qué comprensiva es Arabella. Arrodíllate, pide perdón y bebe el tónico. Es tu última oportunidad para que te perdone como mi compañera.
Contemplé los restos destrozados del collar y luego sus rostros, deformados por la soberbia. La última chispa de esperanza que guardaba por Tristan se hizo cenizas. Intentaban despojarme de todo: de mi cachorro, de mi madre y de mi dignidad.
—No... jamás lo haré —sollocé, dispuesta a morir antes que inclinarme ante semejantes monstruos.
—¡Oblíguenla!
La paciencia de Tristan se agotó. Me sujetó la mandíbula con tal fuerza que sentí un crujido espantoso; el dolor estalló detrás de mis ojos. Entonces, Arabella alzó el cuenco y vertió el líquido hirviente y amargo por mi garganta.
Tosí, forcejeando mientras las náuseas me invadían, pero Tristan me selló la boca con la mano, obligándome a tragar hasta la última gota.
En ese instante, mi mundo se desmoronó.
Un calambre violento me desgarró las entrañas. Era una agonía mil veces peor que cualquier hueso roto; era la sensación de que me arrebataban la vida desde adentro. Me desplomé mientras gritaba. Un rastro tibio comenzó a deslizarse por mis muslos, manchando la alfombra de un rojo brillante.
Mi bebé. Mi cachorro, al que nunca llegaría a conocer.
Ronan fue el primero en notarlo, y su rostro se transformó en una máscara de dolor.
—Sangre... ¿Qué le pasa? ¿Hay algo malo con el tónico? —Su voz temblaba.
Arabella sonrió, manteniendo la mentira:
—No te preocupes, Ronan. El tónico provoca sangrado en cualquier lobo que haya practicado brujería. Es solo un efecto secundario, la prueba de su traición. Ahora su loba quedará purificada.
Tristan me observó con asco, como si yo fuera una plaga que mancillaba su hogar. Busqué refugio en el charco de mi propia sangre, sintiéndome vacía. Las lágrimas se habían agotado, dejando en su lugar un abismo de odio frío y oscuro, capaz de devorar el mundo entero.
Mi cachorro se había ido. Mi madre se había ido. El último recuerdo que guardaba de ella había sido aplastado por sus manos. Ya no me quedaba nada que perder.
El cristal de Maxim ardía en mi bolsillo, pero no lo rompí. ¿Escapar? No. No huiría. Me quedaría para devolverles este dolor infernal multiplicado por mil.
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