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Portada de la novela La Reencarnación De La Sanadora Imperial

La Reencarnación De La Sanadora Imperial

Tras sufrir humillaciones por carecer de loba, mi despertar como sanadora excepcional y mi lazo con el Alfa Tristan parecían un sueño. Pero todo fue una farsa: su gemelo Ronan me engañó y embarazó usando un bloqueador de aroma, aliado con Arabella para destruirme. Tras encerrarme, usaron magia negra para robar mi loba y acabar con mi bebé y mi vida. Sin embargo, he regresado en el tiempo al día en que descubrí mi embarazo. Esta vez, mis verdugos pagarán con fuego por su traición.
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Capítulo 3

Aquel collar era un recordatorio constante de mi vergüenza. El contacto de la plata suprimía a la loba y me impedía respirar, devolviéndome esa sensación asfixiante de estar atrapada. Contuve las náuseas y susurré:

—Entiendo. Lo haré.

Sabía que no me dejarían marchar, pero debía encontrar la forma de escapar.

Mientras buscaba desesperadamente una salida, la puerta se abrió para dejar pasar a Tristan... o eso creí. Al percibir aquel aroma tenue y extraño, supe que se trataba de Ronan. Había vuelto a usar un bloqueador de olor y me dedicó una sonrisa mientras se acercaba.

Al fijar la vista en el collar, su mirada se ensombreció, dejando ver un destello fugaz de arrepentimiento que desapareció de inmediato.

—Lo lamento, Lucia. Quizá no sepas que Arabella creció con nosotros; es como nuestra hermana. Has sufrido mucho —dijo mientras me tomaba de la mano, fingiendo afecto—. Después de todo, aún tenemos que probarnos los trajes para la ceremonia. No estés triste, por favor.

No comprendía por qué Ronan actuaba con esa amabilidad fingida cuando era evidente el desprecio que ambos sentían por mí. Sin embargo, lo entendí todo en cuanto sentí que su mano bajaba por mi cintura buscando despojarme de la ropa. Tal como lo había dicho: le gustaba mi cuerpo y solo pretendía usarme.

Me quedé gélida y lo aparté por instinto.

—Esperemos a la ceremonia, ¿está bien? No estoy enojada. Si esto es lo que Bella quiere, cooperaré.

Mi fingida obediencia pareció complacerlo, así que se limitó a besarme la oreja antes de sentenciar:

—De acuerdo, nena. Te veré en tres días.

Se marchó, pero el hambre depredadora de su mirada prometía que volvería por más. Yo, en cambio, solo podía pensar en lo que acababa de decir: la prueba de los trajes. Aquello podía ser la oportunidad perfecta para huir.

Al día siguiente, los estilistas me rodearon con el vestido de un blanco puro destinado a la ceremonia de Luna. Me dejé manipular como a una muñeca, mientras el collar resaltaba dolorosamente bajo las intensas luces del vestidor. Los empleados intercambiaron miradas nerviosas, pero nadie se atrevió a preguntar nada.

—Perfecto —declaró la estilista principal con una sonrisa forzada—. Serás la Luna más hermosa.

“La broma más hermosa”, pensé.

Justo cuando me disponía a cambiarme, la puerta se abrió de par en par. Tristan apareció con Arabella prendida del brazo como una serpiente venenosa. Ella lucía un vestido dorado pálido que la hacía resplandecer, dándole el aire de ser quien realmente mandaba allí.

—La exhibición de joyas está por comenzar —ronroneó ella, tironeando de él—. Prometiste que me ayudarías a elegir un collar.

Tristan ni siquiera se dignó a mirarme; se limitó a acariciarle el cabello con suavidad.

—Por supuesto. Solo las joyas más preciosas son dignas de ti.

—En ese caso, quiero el Collar de la Diosa de la Luna —exigió Arabella con una voz cada vez más dulce.

Se refería al artefacto sagrado que toda Luna debía portar en su coronación; un símbolo de poder supremo cuyo valor era incalculable. Allí estaba yo, como un payaso con un disfraz ridículo, viendo cómo mi compañero destinado se preparaba para entregar mi honor a otra.

—Lucia todavía se está probando el vestido —comentó Arabella con falsa preocupación y los ojos cargados de provocación.

—Ella no importa.

Tristan me dio la espalda. Ese era el Alfa que yo reconocía. Antes solía preguntarme por qué era tan apasionado en la cama pero tan distante durante el día, atribuyéndolo a su autoridad de Alfa; jamás imaginé que, en realidad, se trataba de otro.

Pero no había espacio para el despecho. Sonreí mientras mantenía mi papel sumiso.

—Arabella acaba de volver. Deberías dedicarle más tiempo a ella.

Tristan asintió, satisfecho, y se fue con ella. En cuanto salieron, la máscara de mi rostro se desmoronó. Toda la manada estaba ocupada con los preparativos de la ceremonia, que sería en apenas dos días, y el Alfa se había ido. Era el momento de escapar.

Terminada la prueba, corrí a la habitación, tomé las llaves del auto y abandoné la maleta para precipitarme hacia el garaje. Tristan nunca me había prohibido salir explícitamente; si lograba poner el vehículo en la carretera, nadie me detendría.

Mientras salía, el celular se iluminó con una notificación. Era una foto de Arabella en redes sociales: el propio Tristan le abrochaba el reluciente Collar de la Diosa de la Luna. Se veían tan íntimos... como verdaderos compañeros.

Arabella: “Parece que tu compañero destinado solo me ama a mí, pequeña sanadora. Ansío tanto nuestra ceremonia de unión. No importa lo que hayas descubierto, no puedes escapar”.

Me burlé de su mensaje. Que esos malditos se quedaran el uno con el otro; ya nada de eso me importaba. Pero, de pronto, el teléfono vibró violentamente con una llamada de un número desconocido.

—¿Hablo con la señorita Lucia? Llamamos del Sanatorio Saint Mary.

La voz frenética al otro lado de la línea me golpeó el pecho como un mazo.

—¡Los signos vitales de su madre están fallando! ¡Su alma de loba se desvanece y los médicos dicen que no pasará de esta noche! ¡Tiene que venir de inmediato!

Mamá. Mi única familia. En mi vida pasada morí atrapada en aquel sótano sin poder despedirme de ella. ¡No permitiría que ocurriera de nuevo!

Salí disparada de la habitación, convertida en un animal que lucha por su cría. Me arranqué el corsé, me eché un abrigo encima y bajé las escaleras a toda prisa. Necesitaba el auto; gatearía hasta el sanatorio si fuera necesario.

Llegué al garaje y localicé mi viejo vehículo, pero al presionar el botón de desbloqueo, la desesperación me golpeó como un maremoto.

Las cuatro llantas estaban desinfladas, tajeadas limpiamente con una cuchilla afilada hasta dejar el caucho retorcido en una mueca grotesca. Pegada al cristal del conductor, había una nota adhesiva rosa con una carita sonriente dibujada con la letra de mi enemiga:

Arabella: “A las perritas buenas no se les permite huir, tú sabes.”

—¡No... no!

La pesadilla de la academia regresaba. Arabella disfrutaba cada segundo de mi tormento. Yo había temido que delatara mis investigaciones ante Tristan, pero ahora lo comprendía: estaba tan segura de que no podría escapar que quería el placer de destruirme por su propia mano.

Me desplomé de rodillas y un grito desgarrador brotó de mi garganta justo cuando el cielo se abría en un aguacero implacable. No tenía auto y la casa de la manada se encontraba en la ladera de una montaña remota, donde era imposible conseguir un taxi. Pero no podía rendirme; mamá me esperaba.

Me limpié el agua del rostro, me puse en pie a duras penas y, tras transformarme en loba, me lancé a la carrera contra la tempestad de la noche. Aunque muriera en el camino, tenía que verla.

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