
La Reencarnación De La Sanadora Imperial
Capítulo 2
Entré corriendo a mi habitación sin atreverme siquiera a cerrar la puerta con llave, temiendo que aquel gesto despertara sus sospechas. Me temblaban las manos al abrir el cierre de la maleta.
Pasaporte. Efectivo. Un poco de ropa holgada.
Traté de respirar profundamente para calmar los latidos del corazón; solo tenía que salir de allí. Si lograba escapar del territorio de la Manada Silver Moon, podría poner a salvo a mi bebé.
—¿A dónde vas con tanta prisa, Lucia? ¿Acaso vienes del estudio de Tristan? —Una voz melosa resonó desde la entrada.
Al levantar la vista, un sudor frío me recorrió la espalda. Arabella se apoyaba contra el marco de la puerta mientras sostenía una cajita de terciopelo negro. Vestía de encaje blanco y lucía tan inocente como un pajarito, pero el veneno que destellaba en sus ojos contaba una historia distinta.
—No es asunto tuyo. Quítate —espeté, cerrando la maleta.
—No tan rápido, futura Luna —se burló ella. Se acercó a mí con la tranquilidad de un depredador hasta bloquear mi única salida—. Te traje un regalito para celebrar tu gran día. No pensarías irte sin abrirlo, ¿o sí?
Abrió la caja con un movimiento brusco. En el interior descansaba un collar de plata, macizo y pesado; no era una joya, sino un grillete para esclavos. El metal grueso llevaba incrustados pequeños diamantes que daban forma a tres palabras que se clavaron como espinas en mi vientre: “Mascota del Alfa”.
—¿Te gusta? —La risa de Arabella resultó estridente—. Esto te queda mucho mejor, ¿no crees? De ser un fenómeno sin lobo a una poderosa sanadora y, ahora, la compañera destinada de nuestro gran Alfa Tristan. ¿No te parece una ironía repugnante?
—¡Lárgate! —Grité mientras sujetaba el florero de la mesa de noche para arrojárselo.
—¡Ah!
Arabella ni siquiera intentó esquivarlo. Permitió que los fragmentos le cortaran el brazo a propósito y, en cuanto la sangre brotó de la piel, dos Alfas irrumpieron en la habitación.
¡Bang!
La puerta cedió tras una patada violenta. Tristan y Ronan entraron a toda prisa. Tristan sujetó a Arabella mientras ella se tambaleaba, clavándome una mirada que cortaba como una daga.
—¡Perra loca! ¿Qué le hiciste?
—No culpes a Lucia... —sollozó Arabella, sujetándose el brazo mientras las lágrimas desbordaban sus ojos—. Solo intentaba... devolverle este collar.
Mostró el grillete de plata con la voz entrecortada.
—Es el mismo que ella me obligó a usar en la academia... Me dijo que, si quería vivir, debía portarlo como un perro. Solo quería preguntarle si lo quería de vuelta...
Mentiras. Todo eran mentiras. Ella había sido mi acosadora, la que me obligó a gatear por el suelo mientras sus amigos grababan la humillación para publicarla en la red de la academia. Y ahora, convenientemente, todos esos videos habían desaparecido.
Miré a Ronan, el Alfa con el que había compartido la cama durante tres meses. Su verdadero aroma me golpeó con fuerza, pues ya no ocultaba su aroma con el bloqueador. Se recostó contra la pared con las manos en los bolsillos, luciendo una sonrisa burlona como si contemplara un espectáculo de circo.
Tristan arrebató el collar de las manos de Arabella. El metal produjo un tintineo aterrador en medio de aquel silencio.
—Ya que te tomaste la molestia de traerlo, no dejemos que se desperdicie.
Caminó hacia mí y su aura de Alfa cayó sobre mis hombros con tal pesadez que me dificultó la respiración.
—Póntelo —ordenó.
—No... —Retrocedí protegiéndome el vientre—. Tristan, no puedes humillarme de esta manera.
—¿Humillarte? —se burló con asco—. ¿Pensaste en la humillación cuando lastimaste a Arabella?
Me sujetó un mechón de cabello, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, y presionó el metal frío contra mi piel cálida. Quise pelear, quise gritar, pero entonces intervino Ronan:
—Mi nombre es Ronan, el gemelo de Tristan. Solo estoy aquí para ver cómo mi hermano reclama a su compañera.
Lo observé fijamente, con cara indiferente. Actuaba como si fuéramos desconocidos; sus ojos irradiaban un control absoluto mientras disfrutaba de la escena. Sin embargo, sus siguientes palabras me dejaron pálida.
—Debo confesar que no imaginaba que la compañera de mi hermano resultara tan... desobediente. Tengo entendido que tu madre está en el sanatorio para lobos. Quizá, tras la ceremonia del vínculo, deberíamos traerla aquí.
Era una amenaza directa. Por mi madre, tenía que soportar aquello. Tenía un cachorro en el vientre y no podía permitir que se enteraran.
Clic.
El sonido del cierre al encajarse terminó de romper mi dignidad. El peso del metal se hundió en mi clavícula, frío y punzante. Arabella, refugiada en los brazos de Tristan, me dedicó una sonrisa maliciosa.
Tristan me soltó con un empujón, como si tocara algo asqueroso. Caí al suelo y la maleta se volcó, desparramando mi ropa por toda la habitación.
—Faltan tres días para la ceremonia y ya volviste a tus viejos trucos para herir a Arabella. ¿A dónde crees que vas? ¿Pensabas huir por miedo a enfrentarla? —Tristan me escrutó con desprecio mientras acariciaba el cabello de su amante—. Reforcé el sello. Ni se te ocurra intentar quitártelo.
Señaló el collar, donde la palabra “Mascota” brillaba.
—Lo usarás como la perra que eres hasta que aprendas a respetarla. ¡Y de aquí no te vas jamás!
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