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Portada de la novela La Novia Sustituta del Clan Serpiente

La Novia Sustituta del Clan Serpiente

Tras sufrir el robo de su poción y la traición de su prometido con su propia hermana adoptiva, la protagonista de esta novela de fantasía y romance se enfrenta a una cuenta regresiva. Si no se casa antes de cumplir veinticinco años, el Consejo la entregará a un errante abusivo. Para escapar de ese destino y solucionar el caos familiar, decide tomar una decisión desesperada: ocupar el lugar de su hermana y aceptar el contrato nupcial para convertirse en la esposa del temido heredero del Clan Serpiente.
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Capítulo 1

En la competencia de pociones, mi hermana adoptiva me robó la poción que yo misma preparé y, gracias a eso, se llevó toda la gloria de la noche.

Nadie imaginaba que aquel torneo, más que un espectáculo cualquiera, era en realidad la forma en que el clan de los Serpientes elegía esposa para su heredero: un hombre temido por su crueldad e incapaz de tener hijos.

Esa misma noche, el clan de los Serpientes mandó un contrato nupcial: la autora de la poción debía casarse con el heredero.

Cuando mi prometido se enteró, perdió la cabeza.

Sin pensarlo dos veces, se acostó con mi hermana y así sellaron su pacto.

Con la marca del lobo todavía quemándole la espalda, mi hermana se plantó frente a mí, descarada, restregándome en la cara lo que había conseguido.

—Tu prometido ya es mío, querida hermana. ¿Y ahora qué? En tres días cumples veinticinco y, si nadie se casa contigo, el Consejo te va a mandar con uno de esos errantes, viejos y abusivos que nadie quiere.

Ella creía que me tenía acorralada. Se equivocaba. Aún me quedaba una salida.

Fui a buscar a mis padres, que en ese momento intentaban arreglar el desastre causado por mi hermana.

—Si ella no quiere casarse con el heredero de los Serpientes —dije con firmeza—, ¡entonces lo haré yo!

Mis palabras cayeron como un balde de agua fría.

Mi padre se quedó helado; el contrato nupcial le temblaba en la mano, suspendida a medio aire.

Mi madre puso los ojos como platos y, del susto, hasta la cola se le erizó.

—¡Alba, estás loca! —gritó con la voz quebrada—. ¡César nació con la maldición de no poder engendrar, es cruel y despiadado! Dicen que, en un arrebato de furia bestial, casi destroza a un sirviente. Casarte con él es como cavar tu propia tumba.

Yo aún no había dicho nada cuando mi padre carraspeó, incómodo:

—¿Y Camila? Ella ya selló su pacto con Gabriel...

Un instante de duda asomó en los ojos de mi madre, y poco a poco soltó mi mano.

El frío me caló hasta los huesos. Yo era su hija de sangre, pero siempre elegían a Camila, la adoptiva que sabía fingir fragilidad.

Sonreí con amargura:

—Tengo una condición. El día de mi boda, Camila tendrá que admitir en público que robó mi poción.

—¡¿Cómo puedes ser tan cruel?! —mi padre golpeó la mesa, rojo de ira—. ¡Eso sería destrozar la reputación de tu hermana!

Mi madre me miraba con decepción, como si hubiera dicho una barbaridad.

Levanté la barbilla y hablé con ironía:

—El heredero de los Serpientes quiere a la mujer que preparó la poción. No se puede tener todo: o su buena fama, o la seguridad de su futuro.

Al final, cedieron por Camila.

Me di la vuelta y salí de la sala sin dudar, y en el pasillo me crucé con Gabriel, que justo salía de su cuarto.

Llevaba apenas un albornoz, el pecho marcado con señales rojas demasiado obvias, y el olor dulzón del perfume de rosas de Camila todavía lo envolvía.

No hacía falta decirlo: habían pasado los últimos tres días pegados el uno al otro.

Fruncí la nariz con disgusto y seguí mi camino, pero Gabriel corrió a detenerme.

—¡Alba! Sé que estás furiosa, pero no había otra forma de proteger a Camila. Los Serpientes son posesivos; tenía que sellar un pacto con ella, era la única manera de quitármelos de encima.

Me reí con sorna.

—¿Y yo qué pintaba entonces?

A los veinte ya deberíamos haber sellado nuestro vínculo, pero cada vez que Camila hacía un berrinche, él encontraba una excusa para posponerlo. Y ahora, a punto de cumplir veinticinco, cuando esperaba el momento decisivo, se había unido con ella.

Para mí quedaban solo dos caminos: ser entregada a un errante o casarme con el heredero de los Serpientes.

La culpa asomó en los ojos de Gabriel. Me tomó la mano con desesperación:

—¡Alba, no voy a dejar que termines con un errante! Escucha: puedo marcarte con el sello de esclava. Así vivirías en mi casa como sirvienta y no tendrías que casarte con nadie. No te preocupes, sería solo una formalidad. En mi casa te trataría igual que a Camila.

Me eché a reír, incrédula. ¿Cómo podía ser tan descarado?

Solo los miserables aceptarían la humillación de llevar ese hierro en la piel.

Un esclavo podía ser vendido como mercancía, siempre inferior, y hasta sus hijos nacían condenados a la esclavitud.

Le arranqué la mano de un tirón.

—Gabriel, me case con quien me case, jamás seré una esclava.

Su rostro se ensombreció al sentirse rechazado.

—¡Alba! ¿No decías que me amabas? ¿Prefieres tu reputación antes que estar conmigo?

Lo miré con sarcasmo y pregunté:

—¿De verdad? Entonces dime, ¿por qué no marcas a Camila? Eso también la salvaría.

Él reaccionó sin pensar:

—¡¿Cómo podría ser ella una esclava?! Camila es frágil, dulce... está hecha para que la cuiden y la adoren, no para sufrir ni una gota de dolor.

Sentí que los ojos me ardían.

Porque ella era como una conejita delicada, y yo, la única de los gatos de siete vidas: fuerte, resistente, con más de una vida que perder.

Por eso mis padres la defendían, y hasta mi prometido la protegía.

Las injusticias siempre caían sobre mí.

Gabriel se encogió al ver la burla en mi mirada. Herido en su orgullo, me soltó con frialdad:

—Piénsalo bien. No tienes otra salida.

Se marchó y me dejó sola. Bajé las escaleras con el corazón vacío... y entonces llegó el presente de compromiso de los Serpientes.

Era justo la pieza que había deseado en la última subasta y que no había conseguido: una pulsera de obsidiana verde, la joya final de aquella noche.

Un calor extraño me recorrió el pecho.

Quizás casarme con César no fuera una condena tan terrible como todos pensaban.

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