
La Hija que Abandonaron Regresó Triunfante
Capítulo 2
Resulta que, en su corazón, todo mi sufrimiento siempre había sido un simple espectáculo. Una actuación para quitarle a Daniela lo que, según ellos, me había sido regalado por error.
Miré la sangre en mis manos y no pude evitar reírme.
Una vez Daniela apenas se torció el tobillo durante la clase de educación física, y Fernando, siendo el maestro titular, se olvidó de todos los demás estudiantes y la cargó hasta la ambulancia. Incluso, cuando estuvo a punto de ser atropellado por un coche, ni siquiera se inmutó. Su corazón, sus ojos, su mundo entero, estaban llenos de Daniela, su «hermana».
Pero entonces, ¿por qué yo, su hermana biológica, la que había sido empujada por las escaleras y tenía la cabeza llena de sangre, no merecía ni siquiera una mirada?
Ayer, en casa de los Mendoza, cuando me negué a cederle mi lugar a la Daniela, mi padre me abofeteó sin miramientos:
—Resultaste ser una mala hierba desde el principio. Le robas todo a tu hermana… ¡Deberían haberte dejado morir en ese pueblo olvidado!
Mi madre, por su parte, abrazaba a la Daniela consolándola, mientras me regañaba:
—Daniela estuvo al borde del colapso por tu culpa, Lucía. Le debes la vida entera.
Y Fernando… Fernando no era diferente. Me miró con una mezcla de desprecio y repugnancia, antes de voltearse a consolar a la Daniela con dulzura.
***
Levanté la cabeza, conteniendo las lágrimas con todas mis fuerzas, y miré al hombre que, claramente, era mi hermano de sangre. Abrí la boca, desafiante.
—¡Sí, estoy actuando! ¡Soy la verdadera hija de la familia Mendoza, y voy a recuperar lo que me pertenece! ¿Qué importa si Daniela me quitó mi lugar en la admisión? Siempre fui más inteligente que ella… ¡Siempre fui mejor que ella!
Estas palabras llevaban años atrapadas en mi pecho. Las había callado mil veces por miedo a perder el poco afecto que creía tener.
Siempre me aguanté todo. Aunque Daniela me hiciera bullying, me cortara el cabello, quemara mis libros, aunque me echara agua sucia encima o inventara que yo había hecho trampa en los exámenes.
Siempre me callaba. Solo quería que mis padres biológicos y mi hermano me miraran aunque fuera una vez.
Pero ahora… ahora Daniela, bajo su máscara de ternura, me había arrebatado absolutamente todo.
Ya no quería callar más.
Mis palabras hicieron que Fernando se pusiera serio. El mismo Fernando que una vez fue reconocido como el maestro más paciente de todo el colegio, ahora parecía dispuesto a gritarme frente a todos. Pero, en ese instante, llegó Daniela.
Vestía un vestido rosa, como una princesa de cuento. Me miró de arriba abajo, con evidente satisfacción. Sin embargo, temerosa de que los estudiantes descubrieran que yo era la verdadera hija de los Mendoza, se apresuró a detener a Fernando:
—Hermano, Lucía solo está celosa de mí. No lo dice con mala intención…
Después de decir eso, se agachó para ayudarme a ponerme de pie, aparentando compasión.
—¿Cómo puedes estar así tirada en el suelo? Sé que lo de la trampa te ha afectado mucho, pero mis padres no podían ayudarte. Hermana, sufriste tanto en ese pueblo… pero eso no justifica que hayas hecho trampa.
Sus palabras encendieron los murmullos a mi alrededor. El desprecio hacia mí se volvió insoportable.
Fernando incitado por esas palabras, me miraba con los ojos llenos de desprecio.
—Lucía, Daniela está intentando ser amable contigo. Mejor lávate de una vez y deja de hacer el ridículo.
Miré a toda la gente frente a mí. El estómago se me revolvió del asco. Daniela… ¡qué hipócrita!
Me negué a que me tocara. Pero, no sé cómo, terminé empujándola.
Daniela cayó de espaldas al piso. Su rostro se transformó, ahora cubierto de miedo, con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Lucía… sé que estás enojada conmigo, pero ¿cómo pudiste empujarme...?
Todavía estaba aturdida por lo que acababa de suceder, cuando sentí una bofetada ardiente cruzarme la cara, y la herida que ya había parado de sangrar, volvió a abrirse.
—¡Lucía! ¡Maldita! ¡Debí haberte dejado morir en el rancho! ¿Cómo te atreves a lastimar a mi Daniela?
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