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Portada de la novela La hija abandonada

La hija abandonada

Gemma Blackwell descubre que el diagnóstico de leucemia terminal a su nombre es un error: su gemela Bianca es la enferma y ella la única donante compatible. Al volver a casa para aclararlo, un mensaje de su padre revela una cruel traición: creyendo que Gemma es quien agoniza, prohíben que Bianca la ayude. Tras confrontar a su padre y confirmar que jamás arriesgarían a su hermana por ella, Gemma decide callar la verdad, dejándolos enfrentar las consecuencias de su egoísmo.
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Capítulo 1

Bianca estaba muriendo.

Tenía leucemia mieloide aguda en fase tres, el médico de la familia me lo dijo por teléfono: un trasplante de médula ósea era la única opción, y necesitaba una compatibilidad perfecta. Por suerte, las gemelas idénticas comparten un noventa y nueve por ciento de compatibilidad.

Arrugué el informe del diagnóstico en el que mi nombre encabezaba la página: Gemma Blackwell. Era un error administrativo por el que el médico no dejaba de disculparse. Porque la gemela enferma era Bianca. La cura era yo.

Tenía que volver a casa.

La lluvia azotaba las ventanillas del taxi mientras imaginaba la escena: mi padre soltando el puro, mi madre ahogando un grito, yo explicando la confusión. «El informe lleva mi nombre, pero los análisis de sangre son de Bianca. Puedo solucionarlo antes de que sea demasiado tarde».

La pantalla del celular se iluminó con una notificación del chat grupal de la familia. El mensaje de mi padre era breve:

«Gemma se encuentra en fase terminal. Queda prohibido que Bianca sea donante. Es una decisión familiar».

La sangre se me heló en las venas.

Habían recibido el expediente equivocado. Creían que yo era quien agonizaba... y habían votado por dejarme morir.

Al abrir la puerta y encontrar a mi padre, la temperatura bajó de golpe, congelando el mundo a mi alrededor.

Las lágrimas me quemaban los ojos. No pude contenerlas.

—Padre —dije, con la voz apenas firme—, tengo una pregunta para ti.

Apartó la vista del puro, fastidiado.

—Si fuera Bianca la que estuviera muriendo… ¿me habrías obligado a donarle médula?

El salón quedó en un silencio sepulcral.

Apoyó el puro sobre la mesa y se hizo una larga pausa.

—No —dijo al fin—. Por supuesto, tenemos recursos. Buscaríamos a otro donante. Jamás te pediríamos que corrieras semejante riesgo.

Esbocé una leve sonrisa. Apenas un gesto pequeño y triste.

—Bien. Recuerda tus palabras. No te arrepientas después.

El salón destilaba calidez y resonaba de voces al momento en que empujé las pesadas puertas.

Las lámparas de araña resplandecían en lo alto, y el humo del puro de mi padre se elevaba en espirales hacia el techo. Estaban celebrando la confirmación de Bianca como heredera de los Blackwell y su asunción al mando de las operaciones de la costa este a partir del lunes.

Mi llegada hizo que la temperatura del salón cayera en picada.

Mamá estaba de pie en la cabecera de la mesa, con la copa de champán en la mano. Su sonrisa se quebró al verme.

—¿Gemma? —Dejó la copa sobre la mesa; su mano se posó en mi hombro mojado con la ligereza de quien sacude el polvo de un abrigo—. Estás empapada. ¿Por qué no avisaste que venías?

Bajó la mirada hacia la carpeta que yo llevaba pegada a las costillas y sus pupilas se dilataron.

—Mamá... —Mi voz temblaba. Las gotas de lluvia escurrían sobre la alfombra persa—. Tengo los resultados del laboratorio. Quiero...

Mi padre apoyó el cortapuros de plata en la mesa de manera lenta y deliberada, y las uñas de mi madre se clavaron en mi brazo, arrastrándome hacia las sombras.

—Hoy no —siseó—. Fíjate dónde estás, Gemma. Es la noche de Bianca. No te atrevas a arruinarla.

Me quedé helada.

—Basta. —La voz de mi padre cortó el aire desde la cabecera—. Ya vimos el informe, Gemma, y la familia ha tomado una decisión. —Se inclinó hacia mí y murmuró, como si fuera una sentencia de muerte—: Bianca no será sometida a una extracción de médula ósea.

Se movió como un muro de oscuridad. Ni siquiera miró los documentos; sus ojos —de un gris plomizo— me recorrieron con cansancio y repugnancia.

—Irrumpes aquí… —dijo en voz baja—, cuando el lugar está lleno de primos y socios, ¿exigiendo que seden a Bianca y la vacíen para asegurar tu supervivencia? —Se acercó más—. ¿Comprendes el precio físico de una cirugía así? Bianca asume el control de treinta mil millones en rutas marítimas el lunes, no puede mostrarse débil.

Un escalofrío me recorrió la piel.

Lo sabían, pero habían leído el expediente equivocado y creían que yo era quien tenía leucemia. Y estaban celebrando mientras firmaban mi sentencia de muerte.

—Padre. —Alcé la vista, castañeteando los dientes—. El informe... Hay un error. Puedo explicarlo...

—Tus teatritos me fastidian —interrumpió él—. Si necesitas dinero para el tratamiento, sácaselo a Marco, pero deja en paz a tu hermana.

Marco.

Me volví hacia el hombre junto a la chimenea. Mi prometido, heredero del Sindicato Corleone, el mismo que se había arrodillado a los dieciséis años y jurado protegerme para siempre.

Se acercó, pero no me miró. Primero fijó la vista en Bianca; ella estaba en el centro de la mesa, luciendo un vestido de seda color champán, como una muñeca de porcelana bajo las luces.

Luego bajó la mirada.

—Gemma. —Su tono era suave, de esos que se usan para calmar a los perros—. Tu padre tiene razón, Bianca se hará cargo de los muelles el lunes. Gestionará treinta mil millones en activos. No puede faltar a la ceremonia.

—Es mi gemela. —La voz se me quebró—. Si me dona médula, puede salvarme...

—¿Tres meses de recuperación? —Se agachó y me agarró por la barbilla. Estaba helado—. ¿Tres meses de vulnerabilidad mientras los primos acechan? No seas egoísta.

Lo miré a los ojos y se me revolvió el estómago.

Les di la espalda y clavé los ojos en Bianca.

Ella estaba sentada en el otro extremo de la mesa, y la luz se reflejaba en su vestido. Tenía un setenta por ciento de mi rostro, pero siempre había recibido el cien por ciento del amor de ellos.

—Bianca. —Mi voz apenas superó el repiqueteo de la lluvia—. Sabes lo que te están pidiendo que hagas. Es por mí, y me estás diciendo que, pase lo que pase... ¿no lo harás?

Primero miró a mamá y le dedicó esa expresión familiar y reconfortante. Luego se volvió hacia mí, con la mirada firme y fría.

—Por supuesto que no. Mi examen físico para la sucesión es en tres días y debo estar en perfectas condiciones. —Alzó la barbilla—. No voy a arruinar mi futuro por tu culpa.

Cerré los ojos. No sentía ira, solo como si estuviera cayendo al vacío.

—Claro… —susurré—. Tu herencia.

Mi padre, por fin, perdió los estribos.

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