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Portada de la novela La Dulce Leche De Mi Suegra

La Dulce Leche De Mi Suegra

Durante una jornada de trabajo habitual, una mujer madura de silueta sumamente atractiva y curvilínea se presenta en el consultorio buscando atención médica. Tras acomodarse de espaldas sobre la camilla de revisión, decide subirse la falda sin vacilar, implorando desesperadamente por un examen físico exhaustivo. Justo en el instante en que el especialista se coloca los guantes clínicos, ella se aproxima con una evidente prisa y le suplica de forma directa que la auxilie de inmediato.
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Capítulo 3

Perdí el control. Me desabroché los pantalones a toda prisa y, con el pulso acelerado, me acerqué a sus curvas blancas y firmes…

Cuando estaba en lo mejor de la acción, alguien comenzó a golpear la puerta desde afuera.

—¡Por favor, abra!

Me subí los pantalones en un segundo. La señora Olivia y yo contuvimos el aliento, quedándonos muy quietos para fingir que el consultorio estaba vacío.

—¿No hay nadie? Qué raro, juraría que escuché al doctor hablar hace un momento.

Toc, toc, toc.

Los golpes volvieron a sonar, esta vez con más urgencia.

—¿Está ahí? A mi hija le duele mucho la panza.

Su hija estaba a punto de dar a luz y yo me había encargado de sus revisiones durante todo el embarazo. Era serio y no podía tomarlo a la ligera.

—Ya voy, señora Rosa, es que me quedé dormido —respondí mientras me terminaba de acomodar la ropa.

Le hice una seña a Olivia para indicarle que tenía que salir un momento.

Pero ella, que estaba en pleno clímax, no quería dejarme ir así de fácil. Me sujetó con fuerza de la mano, presionándola contra su cuerpo con un par de movimientos exigentes. Al ver que yo ya no estaba concentrado en el juego, se dejó caer en la camilla con un gesto de disgusto.

—Ándale pues, pero no te tardes, aquí te espero.

Sonreí forzado y le aseguré que volvería pronto. Me quité los guantes de látex a toda prisa, tomé mi maletín médico y salí disparado.

Al llegar a casa de la señora Rosa, encontré a Alondra con la cara encendida, arrugando la frente mientras se quejaba de dolor. Tenía el pecho tan cargado que la leche ya le manchaba la blusa.

—¿Qué pasa, Alondra? ¿Cómo te sientes?

—Ay, doctor, siento una molestia muy fuerte allá abajo. ¿Me puede revisar? No sé si ya va a nacer el bebé para irnos de una vez al hospital.

Me puse unos guantes nuevos. Solía buscarme seguido para sus chequeos; como su esposo trabajaba lejos y casi nunca estaba en el pueblo, yo era quien siempre la atendía.

—Mamá, ¿nos dejas solos un momento? —pidió apenada para que la señora Rosa saliera de la habitación.

—Sí, hija, no te preocupes, aquí espero afuera.

Con timidez, se bajó los pantalones y se recostó en la cama abriendo las piernas.

—Por favor, doctor Ramos, deme una revisadita.

No sé si era por la emoción que me había provocado Olivia hace un momento, pero no podía dejar de mirar a Alondra con otros ojos. Aun así, traté de enfocarme en mi trabajo y comencé la exploración.

En cuanto empecé, ella pareció relajarse un poco, aunque no dejaba de apretarme la mano dentro de ella.

—Trata de soltar el cuerpo, Alondra.

Asintió con un murmullo casi imperceptible y se relajó. La revisé con cuidado un par de veces, pero no noté nada fuera de lo común.

—¿Cómo te sientes ahora?

—Es que... siento como un peso en el vientre, me jala hacia abajo.

Introduje los dedos con más cuidado, intentando verificar si ya había empezado la dilatación, pero no estaba seguro, así que seguí explorando con paciencia.

No me di cuenta de que su cara estaba cada vez más roja y que finas gotas de sudor cubrían su piel. Incluso empezó a jadear.

—Mmm... —se le escapó.

Aquel sonido hizo que me pusiera rojo, pero seguía sin encontrar signos de parto. Al final, no me quedó de otra que retirar la mano.

—Parece que todo está normal, Alondra.

Sin embargo, antes de que pudiera apartarme, ella me sujetó con firmeza.

—Doctor... por favor, revíseme un poquito más, todavía me siento mal.

Ya que estaba ahí, no pude negarme, además de que su calidez era muy tentadora. Me dejé llevar y volví a revisarla unas tres o cuatro veces más. Me iba guiando, diciendo cosas como: “Ahí es donde me duele” o “me da comezón ahí, ¿me ayuda?”

Me apretó con fuerza y sentí un flujo cálido que me humedeció los dedos. Alondra me soltó, con los ojos brillantes de satisfacción.

—Gracias, doctor. Ya me siento mucho mejor.

Desde que se había quedado embarazada, esto pasaba con frecuencia. Con el marido siempre fuera, ella buscaba cualquier pretexto para que yo la ayudara a liberar esa tensión. Yo tengo buena mano para esas cosas y siempre soy muy higiénico, así que me parecía un buen trato para ambos.

Me limpié el sudor de la frente, ella me pagó la consulta con una transferencia a mi cuenta de banco y me retiré. Después de lo de Alondra, mis ganas de ver a Clau solo aumentaron. Si ella estuviera aquí, la abrazaría con todas mis fuerzas para pasar la noche entera con ella.

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