
La Deliciosa Amiga De Mi Hija
Capítulo 2
—Papacito, estaba jugando en el pasto y creo que se me metió un bicho debajo de la falda, me da mucha picazón, quiero un palito para rascarme un poquito.
¿Esta… esta es la pinta de una chica de dieciocho años? Era demasiado hermosa.
En ese momento mi hija seguía afuera jugando sola, y yo estaba frente a Mariana en esa pose tan tentadora. No pude contenerme. Quería tocarla, ver qué se sentía. Pero era la mejor amiga de mi hija. Si la hacía enojar al tocarla, mi hija no me lo iba a perdonar.
Solo que Mariana, frente a mí, no se mostraba intimidada para nada; incluso se levantó la falda ella misma. Decidí jugármela. Estiré la mano y me preparé para meterla entre sus piernas.
—Mari, primero te rasco con la mano, ¿sí?
Mariana, con las mejillas encendidas de pudor, me miró y se mordió el labio mientras asentía. Por dentro estallé de alegría. Tal como esperaba, Mari no se resistía nada. Es más, cuando metí la mano debajo de su falda, Mariana no aguantó y se quejó. El sonido fue embriagador.
Sin querer, apretó las piernas. Se veía muy avergonzada. Sus muslos eran muy suaves, la piel finita y elástica. En toda mi vida no había tocado una chica tan tierna. Cuando estaba a punto de llegar a su intimidad, mi hija habló de pronto.
—¡Mariana! ¿Dónde estás? Ven a ver lo que encontré.
Retiré la mano enseguida y Mariana se bajó la falda, fingiendo que no había pasado nada. Mi hija entró a nuestra tienda de campaña con una mariposa entre las manos. La levantó frente a Mariana y, emocionada, dijo:
—Hay un montón de mariposas por allá, se ven hermosísimas. Mariana, acompáñame a atrapar mariposas.
A Mariana no le quedó otra que acompañar a mi hija a atrapar mariposas. Al salir de la tienda, volteó y me miró con dolor; me dijo, moviendo los labios sin voz:
“Me muero de la picazón”.
Mientras veía alejarse a las dos, sobre todo la falda al vuelo de Mariana mientras corría, yo tampoco la pasaba bien. Hacía un instante casi la tenía, y ahora sentía un vacío por dentro, una picazón que me llegaba hasta el alma. No me quedó más que aguantarme esas ganas y esperar una mejor ocasión.
Pronto llegó el mediodía. Saqué los ingredientes que tenía listos para la carne y armé un asador sencillo al lado de la tienda. Mariana y mi hija se sentaron frente a mí, comiendo la carne asada.
—Señor, le sale buenísima la carne asada. —Mariana le dio una mordida y me elogió con sorpresa.
En eso, mi hija vio unos cuantos perritos no muy lejos, tomó algo de carne y corrió a darles de comer. Junto a la tienda quedamos solo Mariana y yo. Nos miramos y nos reímos. Viendo el rubor en sus mejillas, me animé a hablar:
—¿Ahí abajo te sigue picando? ¿Quieres que te rasque?
Quizá porque ya habíamos tenido contacto, ya no se mostraba intimidada para nada y se sentó a mi lado de una vez.
—Me muero de la picazón, papacito, ráscame ya.
Viendo esas piernas de marfil, blancas y delgaditas, con esa intimidad tapada por la falda, todo se volvía aún más tentador. Yo mismo le levanté la falda y dejé al descubierto esas pantaletas blancas y llenitas. ¡Y vaya! Tenían forma de florecita, esto sí era de lo más tierno.
Y lo que más me hizo perder el control fue que en el fondo de sus pantaletas blancas había incluso una mancha húmeda. Por lo visto, Mari traía más ganas que yo. ¿Ya no aguantaba? Miré alrededor, nadie me veía; mi hija seguía a lo lejos dándoles de comer a los perritos. Por fin metí la mano…
¡Qué suave, carnoso, finito, toda una delicia!
Recorrí esa hendidura con suavidad, frotándola de un lado a otro. A Mariana se le encendió la cara con mis caricias, hasta se le aflojó el cuerpo, y no paraba de quejarse desde la garganta. Es más, sentía que la humedad iba en aumento, los dedos se me empapaban.
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