
La Boda que Nunca Notó
Capítulo 2
Esos últimos días, Ted ha estado ocupado con los asuntos de la Mafia, por lo que se le había olvidado por completo que me prometió celebrar mi cumpleaños conmigo.
Pero no importaba, porque ya no sentía nada por él.
Al final cuando se acordó… decidió compensarme.
En lugar de conseguir entradas, Ted dijo que había movido hilos para arreglar una aparición privada de mi estrella favorita. Alguien a quien yo había admirado durante años. En su mundo, pedir favores era casi un reflejo, pero, aun así, acercarse tanto a alguien tan famoso no era fácil… ni siquiera para el heredero de una familia de la Mafia cuyo apellido abría puertas en silencio por toda Europa.
Yo lo había intentado antes y había fracasado. Así que cuando lo mencionó con esa ligereza, como si no fuera nada, y me invitó a ir con él, acepté sin pensarlo.
La noche del evento llegué temprano y esperé afuera de la ópera.
Y solo eso… esperé.
Las farolas parisinas se reflejaban en el pavimento mojado; la luz se difuminaba bajo una llovizna fina que poco a poco me empapó el abrigo. La ciudad se sentía callada, pesada… como si contuviera la respiración.
Entonces mi celular vibró. Sin embargo, no era un mensaje de Ted, sino una publicación de Instagram de Anja.
Había subido una foto presumiendo dos pases VIP para la Ópera de París.
El texto decía:
«Aunque no entiendo mucho, se siente tan bonito tener a mis seres queridos conmigo.»
En la foto no se veía ninguna cara: solo dos figuras sentadas una al lado de la otra.
A primera vista, podían ser cualquiera.
Pero entonces lo vi.
El borde de una manga de abrigo oscuro, ligeramente doblada. La costura distintiva en el puño: limpia, precisa, inconfundible.
Conocía ese abrigo.
Se lo había enviado a hacer a medida a Ted años atrás, a través de un sastre privado que trabajaba exclusivamente para familias como la nuestra. La tela, el corte, incluso el forro interno, apenas visible, era algo que nadie más tendría.
Se me apretó el pecho.
No había forma de confundirse.
Ted…
La lluvia helada se me pegó al cabello y se deslizó por mi cuello, metiéndose en la ropa, calándome hasta los huesos.
Pero el frío en el pecho era mucho peor.
El celular vibró otra vez.
Esta vez era mi mamá.
Me dijo que la boda estaba fijada para dentro de dos semanas.
Ya habían contactado a todas las familias importantes de la Mafia y todas habían prometido asistir a la boda. También podía proponer cualquier otra idea que se me ocurriera.
—No hace falta. Dejémoslo como está planeado.
En nuestro mundo, posponer una boda nunca era algo simplemente personal. Al contrario, era una declaración… una que afectaba alianzas, reputaciones y equilibrios. Ya estaba cansada de complicar las cosas.
La tormenta se intensificó. El frío me calaba hasta los huesos y estuve a punto de desmayarme.
Por fin, Ted llamó.
Su voz sonó casual, casi distraída, como si estuviera tachando algo de una lista.
—¿Por qué todavía no estás en casa?
—¿Ya olvidaste lo que me prometiste? —pregunté con la voz plana, carente de emoción.
Hubo una pausa corta… breve, descuidada. De esas que significan que está buscando en la memoria.
—Ah… espera —dijo, un momento después, su voz tornándose más aguda, como si por fin se le hubiera prendido el foco—. Hoy… Se suponía que nos veríamos. —Soltó un suspiro bajo—. Perdón… se me olvidó por completo. Se me atravesó algo en la tarde, pero… debí haberte llamado. Fue mi culpa. —Dudó un momento, antes de añadir rápido, demasiado rápido—. ¿Sigues ahí? Puedo ir ahora, o lo reprogramamos mañana para el fin de semana. A dónde tú quieras.
Lo escuché en silencio.
—Me lo imaginé —dije al fin. Mi tono siguió siendo plano, como si no me afectara—. No pasa nada.
—No, sí pasa —respondió de inmediato—. No debí…
—De verdad —lo interrumpí con suavidad—. En un momento me regreso sola. No hace falta que corras.
Otra pausa.
—Al menos déjame ir por ti —insistió, bajando la voz—. Ya es tarde.
—No es necesario —respondí—. Estaré bien.
No dijo nada por un segundo, como si estuviera buscando las palabras correctas, hasta que por fin cedió:
—Está bien. Mándame mensaje cuando llegues.
—Lo haré.
Cuando colgamos, no me sentí decepcionada. Esperaba este resultado desde el momento en que marqué su número. Y cuando ya imaginaste el final, duele mucho menos cuando llega.
Solo unos minutos después, Anja volvió a actualizar su Instagram.
«No quería que me enfermara con este clima, así que me hizo chocolate caliente y se aseguró de que yo estuviera abrigada. Un hombre que de verdad te cuida es irresistible.»
La foto mostraba la espalda de Ted, y se notaba que se estaba esforzando mucho por preparar el chocolate caliente.
Me quedé viendo la pantalla un segundo, antes de apagarla … Ya no me importaba.
Esa noche bajo la lluvia me dejó agotada y temblorosa; mi cuerpo estaba destrozado por el estrés y la falta de sueño más que por una enfermedad.
El doctor lo llamó fatiga aguda —casi había colapsado— por lo que me recomendó descanso y distancia de estímulos innecesarios.
Usé eso como excusa para salir del dormitorio principal, diciéndole a Ted que necesitaba espacio y silencio.
Por una vez, Ted dejó de lado los asuntos de la familia —reuniones, negociaciones, ese flujo constante de obligaciones que venía con su posición— y se quedó, claramente con la intención de cuidarme.
Pero yo ya no necesitaba su preocupación.
No esta versión.
—Solo necesito silencio —dije con calma—. Me sobreestimularon. Demasiada gente, demasiado ruido. Voy a estar bien sola. Tú deberías ir a atender tus responsabilidades.
Frunció el ceño, mirándome en silencio, como si buscara el momento exacto en el que algo había cambiado.
—Antes, cuando las cosas se ponían difíciles, lo que más querías era que yo estuviera contigo —dijo despacio—. ¿Qué cambió?
Bajé la cabeza, escondiendo todo lo que podían mostrar mis ojos, y forcé una sonrisita educada.
—Antes era una niña, no entendía nada… pero ahora te entiendo a ti.
Un destello de incredulidad cruzó su cara, porque yo siempre había sido sumamente apegada a él.
—¿En serio?
—Estoy bien —contesté tranquila—. De verdad, ya puedes irte.
Dudó un instante, y luego recordó que Anya lo estaba esperando.
—Está bien —dijo—, llámame si pasa algo.
Cuando cerró la puerta, solté un suspiro largo de alivio, preparándome para descansar.
Cuando desperté, mi celular vibraba con otro mensaje de mi madre.
¡Por fin se habían cerrado los planes de la boda!
Además de aquella noticia, también me mandó más de una docena de propuestas de diseño: cada una, una visión meticulosamente planeada.
Deslicé el dedo por los diseños sin mucho ánimo, ampliando algunos con un toque. Distribución de mesas, esquemas de seguridad, simbolismo floral… todo estaba planeado hasta el último detalle.
Estaba tan absorta que no escuché cuando Ted entró, hasta que de pronto me arrebató el celular de la mano y lo aventó sobre la cama.
—¿Qué haces viendo diseños de boda? —preguntó, frunciendo el ceño.
Había dureza en su voz… pero debajo, algo más. Un destello de tensión. De alarma.
Por una fracción de segundo, pensé que lo sabía. Que había entendido que yo estaba planeando mi boda… una que no tenía nada que ver con él.
Mis dedos quedaron suspendidos sobre la pantalla. Estaba a punto de hablar cuando él exhaló despacio, como si se estuviera calmando.
—Kari —dijo, bajando la voz—, tú sabes cómo están las cosas en este momento. —Su mirada no terminaba de encontrarse con la mía—. Apenas he tomado el puesto de Don. La familia está vigilando cada uno de mis pasos. —Hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado—. Este año… no es realista.
Ahí estaba. No era un no, sino un simple «después», envuelto en razones.
—No estoy diciendo que no —añadió rápido, como si tuviera miedo de que lo malinterpretara—. Solo necesito tiempo. Tú lo entiendes, ¿verdad?
Sonreí… fina, medida.
—No es para mí —dije, al fin—. Es la boda de una amiga. Me pidió que la ayudara a escoger.
Se quedó inmóvil por un segundo, antes de que se le aflojaran visiblemente los hombros.
—Ah. —Dejó escapar un suspiro, uno que claramente no pretendía soltar—. Yo pensé…
Se detuvo, y luego soltó una risa baja, como si le diera pena su propia reacción.
—Qué bueno —dijo—. No quería que te preocuparas. Ni que te sintieras presionada. —Su tono se suavizó, volviéndose casi tierno—. El próximo año —prometió, por fin mirándome a los ojos—. Te daré una boda que todos envidiarán. Algo digno de ti.
Asentí. Pero, mientras hablaba, lo único que yo podía oír era el alivio en su voz… no porque me hubiera tranquilizado a mí, sino porque había entendido que todavía tenía tiempo para seguir mintiendo.
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