
Fui Su Secreto Compartido
Capítulo 5
Empujé a Marco con todas mis fuerzas para quitármelo de encima y corrí al baño; las arcadas no me dejaban ni respirar frente a la taza. Marco, siguiendo con su papel, se escuchaba molesto.
—¿Qué te pasa? ¿Sigues enojada? Rose, no sabía que fueras tan berrinchuda.
No tenía energía para contestar, solo me quedé ahí hincada mientras sentía que se me revolvía el estómago.
—Qué aburrida eres —lo escuché murmurar. Luego se puso a hablar por teléfono—. Rose empezó a vomitar. ¿Crees que esté embarazada?
Me desplomé en el suelo de loseta.
—¿Embarazada? —escuché la voz melosa de Isabella al otro lado de la línea—. ¿No crees que esto ya es demasiado? Se va a sentir muy mal si se entera.
Dante sonaba suave; casi podía imaginarlo abrazándola.
—No tienes que preocuparte por ella. Si en serio está embarazada...
La línea se quedó en silencio unos segundos.
—Si está embarazada —la voz de Dante volvió a escucharse, ahora más cortante—, encárgate de eso. No quiero cabos sueltos. Tú tampoco, ¿verdad, Marco?
Por alguna razón, Marco dudó.
—Sí... claro. No quiero un hijo de ella.
La llamada terminó.
Me quedé hincada en el suelo del baño con la mano sobre mi vientre plano, mientras las lágrimas rodaban en silencio por mi cara.
“Está bien. Esto hace que sea más fácil deshacerme de un niño que nadie quiere”.
A la mañana siguiente fui sola al hospital.
El procedimiento fue rápido. El médico me dijo que tuve suerte porque, al ser tan pronto, el daño físico fue mínimo. Pero yo sabía que el verdadero daño no estaba en mi cuerpo, sino en esa parte de mi corazón que ahora estaba muerta.
Solo descansé medio día antes de que Dante anunciara que me llevaría a una cena para compensar la reunión “desagradable” de la última vez.
Cuando le dije que no me sentía bien y que quería descansar, Dante solo me miró con dureza.
—No empieces con problemas.
Así que asentí.
A las siete de la noche ya estaba en un salón privado del Ritz-Carlton. Los tres ya estaban ahí, hablando y riéndose.
—¡Ya llegaste! —Isabella se levantó para abrazarme—. Te ves mucho mejor hoy.
—Gracias por preocuparte —le dije mientras me sentaba junto a Dante. Él ni siquiera me miró.
Toda la cena pareció una obra de teatro bien ensayada. Isabella no dejaba de presumir lo mucho que conocía a los hermanos: sabía qué le gustaba comer a Dante, los detalles del trabajo de Marco y hasta contaba historias de cuando eran niños.
Yo era una extraña, sentada ahí en silencio, viendo cómo ella se metía en su familia.
—Ay, Rose —dijo Isabella mientras me pasaba un vaso de jugo—. No te he felicitado. Te vas a casar con Dante y serás parte de la familia Blackwood. En serio espero que sean muy felices.
Su sonrisa era perfecta, pero vi ese destello de maldad de siempre en sus ojos.
Tomé el jugo. Al primer trago me di cuenta de que algo estaba mal: tenía mango. Soy alérgica al mango.
Al poco tiempo, me empezaron a salir ronchas rojas por todo el cuerpo y se me empezó a cerrar la garganta.
Por suerte siempre llevaba conmigo una inyección de epinefrina. Pero cuando estaba por usarla, Isabella se llevó la mano al pecho y su cara se puso pálida.
—No... no me siento bien... —Se puso de pie tambaleándose y luego se desplomó en el suelo.
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