
Fui Su Secreto Compartido
Capítulo 4
Dos días después, la puerta del sótano por fin se abrió.
Dante estaba parado en el umbral, como una silueta oscura recortada contra la luz. Yo estaba enterrada en el rincón, con las piernas entumecidas y la garganta tan rasposa que no podía emitir ni un sonido.
—Sal —dijo con indiferencia, como si le hablara a una mascota.
Me apoyé en la pared para levantarme; tenía las piernas tan débiles que casi me caigo. Pasar dos días sin comida ni agua me había dejado agotada.
—Hoy vamos a ir a probarte los vestidos de novia —dijo mientras me pasaba una botella de agua—. Prepárate. Nos vamos en una hora.
Elegir vestidos de novia. Como si no hubiera pasado nada.
Me aseé y me cambié de forma mecánica. La mujer en el espejo estaba pálida y con los ojos hundidos; era un fantasma.
Una hora más tarde, estábamos en la tienda de novias más exclusiva de la ciudad. El personal nos recibió con mucha amabilidad y entonces los vi: Isabella y Marco ya estaban sentados en un sofá, tomando champaña.
—¡Ya llegaste! —exclamó Isabella, levantándose de un salto con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Qué emoción! ¡Es un honor acompañarte con los preparativos de la boda!
¿Acompañarme?
—Isabella tiene muy buen gusto para la moda. Quiso ayudarte a escoger —explicó Dante—. Y Marco vino para darnos el punto de vista de un hombre.
Una empleada me llevó a la sección VIP. Las paredes estaban repletas de vestidos y cada uno costaba una fortuna.
Señalé un vestido de encaje, sencillo y elegante.
—Ese.
—¡Ay, está divino! —Isabella se acercó—. Deja que me lo pruebe yo primero, nada más para ver cómo se ve y darte mi opinión.
Antes de que pudiera decir algo, ella ya le había hecho una señal a la empleada para que lo bajara.
Veinte minutos después, Isabella salió del probador con el vestido que yo había elegido. El encaje blanco se le ajustaba al cuerpo a la perfección. Parecía una princesa de cuento de hadas.
—¿Qué tal se me ve? —preguntó mientras daba una vuelta para que la falda se abriera.
—Impresionante —dijo Dante, con un brillo en los ojos que no le veía hace mucho tiempo.
Se me revolvió el estómago.
Las siguientes dos horas fueron una pesadilla. Cada vestido que yo escogía, Isabella tenía que “probárselo para que yo viera cómo quedaba”. Desfiló frente a Dante con cada una de mis elecciones y él no paró de llenarla de halagos.
Lo peor fue cuando Isabella empezó a pedirle a Dante que entrara al probador para “ayudarla con el cierre”. Por la rendija de la puerta, vi cómo pegaba su espalda semidesnuda contra él, y la mano de él se quedó sobre su piel mucho más tiempo del debido.
Me toqué el pecho. El lugar donde solía dolerme el amor por Dante ahora estaba vacío. Solo sentía asco.
—¿Tú no te vas a probar nada? —preguntó Isabella al salir por quinta vez, ahora con un vestido clásico y muy elegante.
—Yo...
—Claro que lo hará —dijo Dante, acordándose por fin de que yo estaba ahí—. Ese te quedaría bien.
Pero era otro de los vestidos que Isabella ya se había probado y descartado.
Entré al probador. Una asistente me ayudó a ponerme el traje. En el espejo, mi cara pálida y cansada contrastaba demasiado con el vestido tan espectacular.
Cuando abrí la puerta, la sala estaba vacía.
—El caballero y las señoritas subieron a ver la joyería —explicó la empleada con pena—. Me pidieron que le dijera que escoja el que más le guste. La cuenta ya está liquidada.
Me quedé sola en la sala vacía, con un vestido de novia de cien mil dólares puesto, sintiéndome más desamparada que nunca.
Me habían dejado ahí. Como un objeto que ya no les servía.
Regresé sola a casa. No fue sino hasta muy tarde que Dante volvió con una caja de joyería muy fina.
—Perdón, tuve una llamada importante —dijo al sentarse a mi lado y abrir la caja—. Esto es para compensarte.
Adentro había un anillo de diamantes, de unos tres quilates, que brillaba muchísimo. Pero por mi experiencia trabajando en una joyería, supe que era falso. Tal vez era una buena imitación, pero no pasaba de ser una pieza de circonia de unos cincuenta dólares.
—Está bien —dije con calma, estirando la mano para que me lo pusiera—. Acepto.
“Tres días más”, conté mentalmente. “Entonces podré escapar de este hombre y de toda esta pesadilla”.
Él se quedó paralizado un segundo, desacostumbrado a que yo fuera tan dócil. Antes, me habría quejado o me habría puesto mal si me descuidaba por su trabajo. Esta vez, estaba extrañamente obediente.
—¿En serio no estás enojada?
Puse una sonrisa perfecta, como una máscara.
—Estoy a punto de formar parte de la familia Blackwood. Claro que tengo que ser comprensiva.
Dante sonrió, satisfecho. Me besó el dorso de la mano.
—Sabía que lo entenderías. Isabella es una buena muchacha, solo quería ayudar. Estoy seguro de que vas a terminar agarrándole cariño.
—Entiendo —asentí, con expresión sumisa.
Siguió hablando de los planes de la boda, pero no escuché ni una palabra. Mis sentimientos por él estaban muertos, igual que durante esos dos días en el sótano.
A las once y media, cuando estaba por quedarme dormida, escuché que se abría la puerta de la habitación. Los pasos eran ligeros y venían acompañados de un fuerte olor a alcohol. Mantuve los ojos cerrados, fingiendo que dormía. Sentí cómo se hundía el colchón y un cuerpo caliente se pegaba al mío.
Una voz susurró en mi oído, mientras su mano empezaba a desabotonar mi pijama.
Pero no era Dante.
Abrí los ojos. La luz de la luna entraba por un hueco de las cortinas e iluminaba la cara del hombre que estaba encima de mí.
Era Marco.
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