
Esperé Disculpas y Encontré un Esposo
Capítulo 4
ASTRA
Había estado en el hospital durante dos días.
Por suerte, la bala no había tocado ningún órgano vital. Tampoco entró profundamente. Unos cuantos puntos, algunos analgésicos y me enviaron a casa a descansar.
Pospuse a la empresa de mudanzas y decidí quedarme unos días más.
Esta mañana estaba acurrucada en el sofá, leyendo en la sala, cuando un golpe resonó en la puerta principal.
Abrí la puerta y allí estaban Nolan y Riven en el porche.
—Astra —dijo Nolan—, ¿tienes idea de lo humillado que me sentí en la fiesta de mi madre? Les dije a todos, especialmente a ella, que vendrías, y tú... desapareciste. ¿Fue tu forma de castigarme por dejar que Anna viniera conmigo?
Riven intervino con voz despreciativa.
—La clásica Astra. Nuestra princesa Quinn. Tan absorta en sí misma que la mata ver que alguien más reciba atención. Te tengo noticias: a mí tampoco me gusta la gente egoísta.
Ninguno de los dos parecía haber notado el vendaje en mi hombro.
Pero ya me había cansado de quedarme callada.
—Me dispararon, Nolan —dije con voz plana—. Si te importara un bledo, quizá habrías notado que seguían al segundo auto. Y Riven, tu comentario ya me aburre. Ser ciego y arrogante no es mejor que ser egoísta.
Ambos se quedaron paralizados.
La cara de Nolan palideció.
—¿Qué? ¿Te... te dispararon? ¿Por qué no me llamaste? —Se acercó a mí, intentando tocar el vendaje como si todavía tuviera el derecho de hacerlo.
Riven se puso rojo como un tomate.
—Mierda, lo siento. No lo sabía... Debiste decirnos. En serio que no lo sabía...
Me di la vuelta y regresé al sofá sin decir una palabra más.
***
No se fueron.
Durante el resto del día, Nolan y Riven me rondaron como sombras. Nolan no dejaba de traerme agua y fruta, preguntándome si tenía mucho frío, mucho calor o si sentía dolor. Riven caminaba de un lado a otro en la cocina, llamando a chefs y organizando la cena.
—Astra, ¿el agua está muy fría? Puedo calentarla —dijo Nolan.
—Astra, el chef está en camino. Puede preparar comida francesa o japonesa. ¿Qué prefieres? —añadió Riven.
No les respondí a ninguno de los dos. Porque la verdad era que ni siquiera habían notado que estuve fuera dos días enteros. Y ahora estaban aquí, proyectando culpa, ofreciendo comida, actuando como si nada hubiera pasado.
Pero algo sí pasó: casi me matan dos veces. Y ahora, nada de lo que digan o hagan me hará volver a verlos de la misma manera.
Si soy sincera, todo lo que hacían ahora me parecía ruido; un peso abrumador y desagradable que ya no me interesaba cargar.
—Ya pueden irse —dije con calma—. No soy Anna; no necesito a dos hombres rondando como si fuera a desmoronarme sin ustedes.
—Astra, no te pongas así... —Nolan cayó de rodillas. Ni siquiera lo miré.
Riven intervino, frunciendo el ceño.
—Sé que no he sido el mejor amigo últimamente. Pero hasta tú tienes que admitirlo: has sido un poco dura con Anna. Solo la estaba defendiendo.
Me reí.
—¿Dura con ella? ¿Con cuál de tus dos ojos me viste ponerle una mano encima, Riven? Cada cosa que “sabes” salió de la boca de alguien más. Si vamos a hablar de abuso... ¿dejar que me llevara la banda rival de mi familia y quedarse mirando en silencio? Eso es abuso.
El lugar quedó en silencio.
Nolan desvió la mirada. La mandíbula de Riven se tensó, pero no respondió ni una palabra más.
Aun así, no se fueron.
Se quedaron allí como fantasmas; sirviendo té en la mesa, acomodando almohadas, siguiéndome con la mirada cada vez que apenas me levantaba del sofá.
***
Después de todo, Riven había traído a un chef de una cocina con estrellas Michelin. La comida estaba deliciosa. Y yo no iba a castigarme saltándome la cena, así que me permití disfrutarla.
Apenas terminaba el postre cuando el timbre volvió a sonar.
No necesité adivinar. Solo había una posibilidad.
—Hola, Astra —entonó la voz de Anna cuando la puerta se abrió, demasiado dulce, demasiado oportuna—. Espero no interrumpir nada. Nolan me envió un mensaje... dijo que estabas herida. Así que pensé en pasar a ver cómo estabas.
—Astra —dijo ella, deslizándose en un asiento—, ¿cómo te sientes?
—Bien, hasta que te vi.
Soltó una risita breve e incómoda.
—No iba a venir. Sé que probablemente no quieras verme...
—No digas esas cosas —intervino Nolan con suavidad, colocándose ya a su lado—. Ninguno de nosotros te rechazaría jamás. Astra solo bromeaba.
—Así es —añadió Riven—. No seas tonta.
No dije una palabra más, solo miré a Anna.
Me devolvió la mirada.
Levanté una ceja. Anna no se inmutó. Probablemente sabía que ya la había descubierto: cada lágrima de cocodrilo, cada actuación de inocencia sin aliento.
Y aun así, parpadeó con esos ojos grandes de muñeca y dijo en voz baja:
—Supongo que me sentía un poco sensible. Mañana es el aniversario luctuoso de mis padres. No quería estar sola.
Riven fue el primero en reaccionar, dándole palmaditas en la espalda como si fuera de cristal.
Nolan se levantó y se puso a su lado.
—No estás sola, Anna —dijo en voz baja—. Quédate aquí esta noche, para que podamos estar los cuatro juntos.
Anna se volvió hacia él.
—¿Puedo?
Nolan sonrió.
—Por supuesto.
Luego Nolan me miró, con las cejas fruncidas; una señal silenciosa para que yo aceptara.
Me quedé callada, ignorándolo.
La tensión aumentó. Y antes de que estallara, el timbre volvió a sonar.
Esto era inusual. Normalmente no recibía tantos invitados en una semana, mucho menos en una sola noche.
Riven fue a abrir. Un momento después regresó cargando una caja grande y elegante.
—Acaban de entregar esto —dijo—. Es para ti, Astra.
La puso sobre la mesa.
La abrí sin pensar.
Dentro había un vestido de novia de encaje plateado. Delicado. Exquisito. Debajo de él, un collar de diamantes resplandeciente. Encima de todo, una tarjeta pequeña, escrita a mano con una letra masculina y pulcra:
“Te ves bien de plateado. —Silas Monroe”
Se me cortó la respiración.
Plateado. El vestido que llevaba la noche que me salvaron. Ese hombre... el que me sacó de los escombros, el que dijo que ahora estaba a salvo.
¿Podría ser? ¿Podría ser él el prometido que nunca conocí?
¿Qué probabilidades había?
Nolan se inclinó, con voz recelosa.
—¿Esto es... un vestido de novia?
Riven se acercó.
—¿Por qué alguien te enviaría un vestido de novia?
Levanté el vestido y lo sostuve frente a mí, con una sonrisa.
—Para una boda, por supuesto.
Ambos se quedaron mirando.
—¿Una boda? —repitieron.
Nolan perdió la compostura por primera vez en toda la noche. Me tomó de la muñeca, obligándome a mirarlo.
—¿Qué boda? —exigió—. ¿De qué estás hablando, Astra?
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