
Embarazo y Explosión: Él Enloqueció
Capítulo 3
El odio me subió al pecho en cuanto vi la cara de Ana. El cuerpo me temblaba sin control por la tormenta de emociones que me incendiaba por dentro.
Pero Ana creyó que yo temblaba debido a la culpa.
Al principio se había asustado un poco al verme cubierta de sangre. Sin embargo, de pronto se llenó de una indignación «justiciera» y soltó:
—Deja de fingir que estás herida, Sirena Cabrera. El señor López está acompañando a Reina en este momento y dijo específicamente que nadie debe molestarlos. Me mandó a darte este mensaje: «Ya basta. Deja de hacerte quedar peor».
Ana levantó el mentón, como si estuviera recitando un veredicto.
—Dijo que en realidad nunca quiso ser tan cruel contigo, pero tú siempre has sido celosa, has llegado al punto de armar un escándalo enorme, y hasta fingir que estabas gravemente herida. ¿Qué va a pensar tu hijo cuando crezca y se entere de la clase de mujer histérica que en realidad es su madre?
Cuando Ana terminó, el rostro del Don se llenó de una intención asesina. Pero ella ni siquiera se imaginaba quién era él.
Incluso señaló al Don —que ni siquiera había tenido tiempo de cambiarse la ropa manchada de sangre— y se burló:
—¿Y quién es este tipo asqueroso, Sirena? ¿Ya no te funciona tu show de pobrecita y se te ocurrió agarrar a cualquier mendigo de la calle para poner celoso a Fabio? Qué gusto tan horrible tienes. ¿Te imaginas lo que pasaría si le digo a Fabio que estabas revolcándote con este mendigo, incluso estando embarazada? ¿Crees que te va a hacer pedazos y dárselos de comer a los perros? ¿O te va a tirar al mar para que te coman los tiburones?
Luego Ana se echó a reír a carcajadas, como una loca, convencida de que me había «descubierto».
Al fin y al cabo, el Don estaba ensangrentado y desaliñado. Jamás lo relacionó con el gran personaje que en verdad era, uno muy superior a quien ella imaginaba. Por eso, asumió que el temido y respetado Don no era nadie más que… ¡mi supuesto amante!
Un resoplido frío cortó su risa.
Dos soldati avanzaron de inmediato y la inmovilizaron contra el suelo. Solo cuando el cañón helado del arma se le pegó a la frente entendió que había ofendido a alguien a quien jamás debió provocar.
Estaba a punto de suplicar cuando la culata le golpeó la boca con violencia y la arrastraron fuera de la sala.
—Rómpanle las piernas y enciérrenla. Tomen una foto y mándensela a Fabio —ordenó el Don, con una voz tan fría como el hielo—. Díganle que venga él mismo. ¡Quiero ver qué tan importante es su «asunto» como para abandonar a la señorita Cabrera sin importarle en lo más mínimo!
De inmediato noté la forma en que el Don se refería a mí ahora.
Ya no era «la esposa de El Capo López», sino «la señorita Cabrera».
Ese era justo el resultado que yo quería.
En la mirada del Don, las líneas ya estaban trazadas con claridad: yo era su salvadora… y Fabio no era más que un traidor con el que pronto ajustarían cuentas.
Había sido una jugada peligrosísima, pero al final… había dado resultado.
Me llevaron en camilla al quirófano.
Cuando recuperé la conciencia, la enfermera a mi lado me ayudó a incorporarme con cuidado.
—Señorita Cabrera, el atentado contra el Don alarmó a toda la cúpula de la Famiglia, y él ya volvió a la sede para encargarse del asunto —me dijo en voz baja—. Antes de irse, dejó órdenes específicas de que usted se quedara aquí y se recuperara en paz. Dijo que en cuanto arregle todo, regresará personalmente a verla.
Asentí.
Según los recuerdos de mi vida pasada, el ataque contra el Don sí había provocado una sacudida enorme en el bajo mundo. A todas las Famiglias involucradas las aniquilaron por completo. Solo después de que el polvo se asentó fue cuando ascendieron a Fabio a subjefe.
Con tantas cosas encima, era raro que el Don todavía se acordara de mí.
Ahora lo único que tenía que hacer era esperar con paciencia.
Ya más calmada, estaba a punto de hablar cuando escuché pasos apresurados afuera.
Ni siquiera alcancé a ver quién era cuando una bofetada me estalló en la mejilla.
Era Fabio.
Tenía el rostro sombrío y me miraba con una frialdad de acero.
—¡Eres una bruja malvada, Sirena Cabrera! ¿Cómo te atreves a tocar a Ana solo porque querías verme? ¿Tienes idea de lo fuerte que lloró Reina cuando vio que a Ana le rompieron las piernas? ¿En qué te convertiste? ¡De verdad me arrepiento de haberte hecho mi esposa!
La mejilla todavía me ardía. Levanté la vista y respondí con calma:
—¿Ah, sí? Entonces divorciémonos.
Sorbiendo por la nariz, forcé las lágrimas a no salir.
Había guardado esas palabras en el pecho durante demasiado tiempo.
Al principio, pensaba decirlo solo después de que el Don lo castigara. Pero ahora… ya no podía contenerme.
El dolor de mi vida pasada y la humillación de este momento se mezclaron hasta volverse una fuerza aplastante. La angustia se me instaló en el pecho, haciéndome difícil respirar.
Obviamente, Fabio nunca esperó que yo mencionara el divorcio. Se quedó mirándome, y su arrogancia vaciló apenas un segundo.
Mientras trataba de leer su reacción, apareció Reina.
A propósito, se bajó un poco el escote para presumir la marca amoratada impresa en sus clavículas.
Ni siquiera un atentado contra el Don —que había sacudido a todo el bajo mundo— les había apagado el ánimo.
Mientras ella estuviera ahí, Fabio ya no podía mirar a nadie más.
La rodeó por la cintura con cariño; esa misma mano que me había golpeado con tanta crueldad ahora era sorprendentemente tierna con ella.
—¿Qué haces aquí? El hospital está lleno de gérmenes. Deberías estar esperándome en casa.
Los ojos de Reina estaban un poco rojos cuando negó con la cabeza.
—La casa es muy fría sin ti, Fabio. Solo quería verte lo más rápido posible. Pero escuché que estaban discutiendo incluso antes de entrar… ¿fue por mí? Si les causé problemas, puedo irme de la Famiglia ahora mismo. Solo quiero que ustedes dos sean felices. Incluso si yo sufro un poquito…
Y entonces las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas.
Fabio se sintió fatal por ella y trató de consolarla.
—Esta vez fue Sirena la que se pasó de la raya. Una loca como ella no merece ser mi esposa ni ser madre. Cuando nazca el bebé, le quitaré de inmediato los derechos de crianza. Solo voy a estar tranquilo si mi hijo lo crías tú.
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