
Embarazo y Explosión: Él Enloqueció
Capítulo 4
Me obligué a incorporarme en la cama del hospital.
—¿Así que quieres darle el niño a Reina? ¡Ni lo sueñes, Fabio López! Además… ¡Tu hijo ya está muerto!
Solté una risa ronca, quebrada.
Fabio frunció el ceño; la impaciencia y el fastidio se le marcaron en la cara.
—¡Ya basta! ¿Todavía no te es suficiente con haberle roto las piernas a Ana y ahora también maldices a tu propio hijo? ¿Cómo te atreves? —su voz se endureció—. Sirena Cabrera, de verdad creo que deberías pasar unos días en un manicomio, sola, hasta que por fin se te acomoden las ideas.
Lo último de calidez que me quedaba en el corazón se apagó. No moví ni un músculo de la cara.
—¿Y con qué derecho me gritas por «maldecir» a mi hijo? —lo miré fijo—. ¡El bebé ya estaba completamente formado cuando murió! Y todo porque tú abandonaste tus deberes… mi bebé perdió su oportunidad de venir al mundo.
Tragué saliva, sintiendo cómo me ardía la garganta con cada palabra que pronunciaba.
—Pero su mayor alivio… es no tener que llamarle padre a un miserable como tú.
—¿Está… muerto? —Fabio se quedó helado, mirando mi vientre, con incredulidad—. ¡Eso es imposible! Tu fecha de parto ya estaba cerca. ¿Cómo puedes decir que está muerto así nada más?
Me reí con frialdad y, sin apartar la mirada de él, me quité la sábana de encima.
Mi vientre estaba plano. No había nada.
El bebé no pudo salvarse porque perdí demasiada sangre. Cuando los doctores me sacaron el feto, sus manitas y piecitos ya estaban completamente formados.
Fabio soltó a Reina por instinto y se tambaleó hacia mí.
Justo cuando iba a tocarme el vientre, Reina gritó de repente:
—¡No le hagas caso a esa loca, Fabio López!
Se llevó una mano al pecho, como si de repente le faltara el aire.
—No quería decirlo al principio, pero… pero me niego a verte caer en su trampa otra vez. ¿Por qué crees que insistí en que vinieras conmigo al desfile? ¡Porque no me atrevía a salir sola! Descubrí que Sirena se estaba acostando con hombres al azar a tus espaldas. Si no fuera por tu protección, ¡ella definitivamente habría intentado matarme por saberlo! ¡Y perdió al bebé porque se la pasó revolcándose por ahí! ¡Por eso ya no está!
La cara de Fabio se congeló. Luego, su expresión se oscureció de una manera aterradora.
—Así que era eso… —apretó la mandíbula—. Con razón te negaste a que te tocara durante estos ocho meses de embarazo. ¡Era porque estabas viendo a otros hombres a mis espaldas! Esa es la verdad, ¿no?
Me quedé mirando su expresión segura, esa cara de «ya lo sabía», y sentí cómo se me moría la última esperanza en los ojos.
—Usa el cerebro y piensa —dije, tranquila, aunque por dentro se me rompía todo—. Hoy el Don Romero estaba en un banquete. Lo atacaron… y yo le salvé la vida. Y tú, como Capo, ¿dónde estabas?
Mi voz se volvió más áspera.
—Si no te hubieras llevado a tu Guardie del Corpo al desfile por Reina, mi hijo no habría muerto…
Pero Fabio se negó a creerme.
Al segundo siguiente, sacó su pistola de golpe.
—¡Y todavía me mientes! ¿Qué Don ni qué nada? —me apuntó, tenía los ojos encendidos—. Te refieres al tipo con el que me engañaste, ¿no? ¡Asquerosos! ¡¿Cómo se atreven a tomarme por idiota?!
Dio un paso más, acercándose.
—¡Escúpelo! ¿Dónde está ese bastardo? Si no me lo dices, te voy a vender en la subasta del mercado negro. ¡A ver si ahí sigues guardándole el secreto! Y a ese bastardo… mientras siga en la ciudad de Sicizana, te juro por Dios que lo voy a encontrar y le voy a arrancar cada centímetro de carne para dárselo de comer a mis perros.
El cañón frío de la pistola se me clavó contra la sien. Pero, aun así, era mil veces menos helado que la decepción que me congelaba el corazón.
En ese instante, una voz feroz y cargada de ira sonó desde la puerta:
—Tienes mucho descaro, Fabio López. Yo soy ese «bastardo» del que hablas.
Hubo un silencio denso.
—Así que dime —resonó la voz bajó, filosa—: ¿cómo piensas exactamente cortarme la carne y dársela de comer a tus perros?
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