
El Semental De Los Tres Huevos
Capítulo 2
Dicho esto, se paró y caminó hacia el fondo.
Yo la seguí, admirando de cerca ese cuerpo de infarto con curvas peligrosas. La minifalda apenas le cubría lo necesario, dejando la vista totalmente despejada; sus caderas se movían con un ritmo hipnótico y la piel suave se asomaba provocativa a través de la lencería.
Al ver aquello, mi cuerpo reaccionó. En mi cabeza, sin que pudiera evitarlo, ya estaba proyectando la película de cómo la sometía y le daba con todo.
Al entrar en la habitación, se puso unos guantes y señaló mi cintura.
—Bájate el pantalón, voy a revisarte.
Me dio un poco de pena, pero ante su insistencia, terminé bajándome los pantalones, dejando al descubierto mi hombría, que ya estaba firme y orgullosa.
Al ver mi equipo, Paulina se quedó boquiabierta; se llevó las manos al pecho, dándose golpecitos como si le faltara el aire.
Cuando logró calmarse, extendió la mano enguantada e intentó rodearme, pero se dio cuenta de que no le alcanzaban los dedos para abarcarlo todo.
Después de tanto toqueteo, yo sentía que la sangre me hervía. La calentura en el cuerpo y en la entrepierna se había vuelto incontrolable.
—¡Ah, caray! ¡Tienes tres!
Su grito me sacó del trance lujurioso en el que estaba.
—Con razón tienes tanta demanda, ¡resulta que traes tanque extra comparado con los demás! —dijo ella, acariciando mi miembro con una mirada de fascinación.
—Yo... no sé por qué soy así. De niño todos se burlaban y me decían “El Tres Huevos”. En ese entonces no sabía que tener tres sería un martirio; si hubiera sabido, me habría reventado una yo mismo.
Al escuchar mi respuesta, le dio mucha risa.
—No necesariamente es malo, no te traumes. Si sabes usar esa herramienta, vas a hacer milagros... Digo, no te preocupes, tenemos mucha experiencia con estos problemas, te vamos a curar.
Mientras hablaba, noté cómo tragaba saliva repetidamente. Sus ojos estaban clavados en mi entrepierna, como si fuera a comerme vivo en cualquier momento. Al mismo tiempo, sentí que apretaba su agarre cada vez más fuerte.
—Doctora Pau... oiga, más despacio, por favor. No es que me duela, es que si le sigue apretando así no voy a aguantar.
—¿No vas a aguantar? ¿Y entonces qué vas a hacer? ¿Qué quieres hacer?
Me miró con una actitud juguetona mientras sus gemelas no dejaban de rozarme el brazo, poniéndome los nervios de punta.
Viendo aquel escote blanco y profundo, perdí la noción de todo y empecé a estirar la mano derecha lentamente. Cuando estaba a punto de tocar el objetivo, unos golpes violentos en la puerta nos interrumpieron.
—¡Doctora Paulina! ¡Doctora! ¿Está ahí?
Al escuchar los gritos, Paulina recuperó la compostura. Se arregló la ropa y puso cara seria.
—Vamos a dejar la terapia por hoy. Tengo otro paciente, luego agendamos la próxima cita.
Cuando la cosa se iba a poner buena, llegó este imbécil a arruinarlo todo. Me dio un coraje tremendo, pero no podía hacer un escándalo, así que solo asentí con la cabeza.
Al salir, miré a propósito al tipo que había tocado. Era un viejo con cara de rata y de muy mal aspecto.
En cuanto salí, vi que el tipo metió a Paulina en una habitación, parecía que tenían que discutir algo urgente. Aunque me fui con la sangre caliente y frustrado, no me quedó de otra más que largarme.
En el camino, veía a otros chicos de mi edad riendo y bromeando, con esa vibra ligera y cálida. Me dio mucha envidia. Teniendo veintitantos años igual que yo, ellos podían interesarse en mil cosas, mientras que yo vivía obsesionado con lo que pasa en una cama.
Soy joven y tengo el mundo por delante, debería tener opciones, pero me siento esclavo de mi cuerpo.
Cuando mi tía Marcela me mandó con su amiga íntima para tratarme, tenía esperanzas. Creía que esta experta en adicción carnal podría curarme.
Pero nada más ver lo buena que está, en lo único que pensé no fue en la terapia, sino en...
¡Maldita sea!
Después de la sesión, tengo menos fe que nunca en curarme. Paulina no solo no me bajó las ganas, sino que me dejó con más ganas que antes. Lo que más me enfada es que solo calentó el boiler y no se metió a bañar; ahora estoy que vuelo y veo a cualquier mujer en la calle con pensamientos sucios.
Pensando en eso, apuré el paso. Quería llegar rápido a casa de mi tía para no cometer alguna estupidez por culpa de este impulso.
Tras correr un poco, llegué al edificio.
Mi tío se fue a trabajar al extranjero a principios de año y mi primo está en el internado de la prepa, así que mi tía Marcela está sola en la casa.
Llegué rápido a la puerta. Iba a tocar, pero me di cuenta de que no estaba bien cerrada; la empujé despacito y se abrió.
Apenas entré, vi a mi tía empinada, siguiendo un video de yoga en la tele.
Mi tía Marcela, que ya pasa de los treinta, es una mujer madura buenísima, con todo en su lugar. Y con esos pantalones de yoga pegaditos, se veía criminalmente sensual.
Al verle la retaguardia levantada así, sentí que el alma se me caía a los pies.
Apenas vengo de que la desgraciada de la doctora me dejara hirviendo, ¡y llego para encontrarme a mi tía, que está como quiere, enseñando el trasero en plena sesión de yoga! Y para colmo yo, enfermo como estoy.
¡Esto es una tortura, carajo!
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