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Portada de la novela El Elixir que Robó Mi Amor

El Elixir que Robó Mi Amor

Con el fin de acompañar a su amiga de la infancia en su último mes de vida, un brillante neurocientífico obliga a su prometida a tomar un fármaco experimental secreto que borra la memoria. Durante ese lapso, él organiza una boda y una luna de miel con la enferma terminal. Sin embargo, un mes después, al intentar recuperar su vida anterior, descubre con desesperación que el efecto de la dosis se volvió permanente y que su prometida lo ha olvidado para siempre.
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Capítulo 2

Eran casi las tres de la madrugada cuando Santiago finalmente regresó.

No encendí la luz, sino que me quedé hundida en el sofá, observándolo en silencio.

Pero él sí la encendió. Al verme ahí sentada, esperándolo, se quedó inmóvil un segundo. Luego, caminó lentamente hacia mí.

—Ya lo sabes —dijo, tragando saliva, con una tensión apenas disimulada.

Asentí con la cabeza.

Después de cinco años juntos, nos conocíamos demasiado bien. Promesas inesperadas. Camisa arrugada. Calcetines distintos. Todo gritaba lo mismo: culpa. Nervios. Miedo.

Y yo… yo jamás era así. Nunca estaba tan callada, tan quieta en medio de la oscuridad.

Él también lo sabía. Eso no era normal.

Se sentó junto a mí con lentitud y colocó un pequeño tubo de ensayo frente a mí. Un líquido transparente se movía en su interior.

—Jimena está muy mal —dijo con voz neutra—. Fui a verla... estaba conectada a mil tubos. No podía moverse. Le prometí a su padre que la cuidaría.

Sentí que mi pecho se helaba, y apenas podía respirar.

—¿Y vas a acompañarla el último mes de su vida?

—Sí.

Silencio.

Pasaron unos segundos, antes de que él extendiera la mano hacia el tubo. Dudó un momento.

—¿Qué es eso? —pregunté, sin apartar la mirada de sus ojos. Mi voz era apenas un susurro áspero.

—Renata, sé que no aceptarías esto... —dijo, desviando la mirada—. Pero Jimena necesita que esté con ella. Completamente. Y yo... yo necesito asegurarme de que cuando todo termine, tú sigas aquí, esperándome.

—¿Entonces tu solución es que yo olvide ese mes? —Una carcajada seca se me escapó—. Claro, qué brillante idea. ¿Un mes sin ti, borrado por completo de mi cabeza, y luego vuelves como si nada para casarte conmigo?

—Solo un mes, Renata. No es para siempre —dijo con una dulzura que me hizo temblar—. Cuando regrese, seguiremos con nuestros planes. Seremos felices.

Lo entendí todo. Era su nueva fórmula. Su maldito fármaco de supresión de memoria.

Me quedé en shock.

—¿Y si no funciona? ¿Y si me olvido para siempre? ¿Y si me hace daño?

Santiago titubeó apenas un instante mientras destapaba el tubo. Un «pop» suave sonó al quitar el tapón.

—No va a pasar nada. Soy el mejor neurocientífico del país. Confía en mí —dijo, acercando el tubo a mis labios—. En un mes, volveré a ti. Seremos felices, Renata.

Giré la cabeza con fuerza.

—¿Y por qué debería? ¿Quién te crees que eres? ¿Crees que esto es un basurero al que puedes volver cuando te canses de la otra?

—¡No es eso! ¡No la llames así! Ella… está muriendo —espetó con los ojos encendidos.

El hombre al que había amado durante cinco años… ahora defendía a otra mujer con intensidad.

Santiago respiró hondo y alzó el tubo.

—Todo estará bien en un mes, Renata…

De pronto, se abalanzó sobre mí y me sujetó con fuerza contra el sofá. Sus dedos me apretaron las mejillas con fuerza, haciéndome doler.

El vidrio frío del tubo se incrustó en mis labios, y el líquido amargo bajó por mi garganta, quemándome por dentro.

Tosí violentamente cuando una parte se fue por el lugar equivocado, y el ardor me invadió.

Pero él no paró, sino que me sujetó con más fuerza.

Con desesperación, levanté la pierna y lo golpeé en el estómago.

Él soltó un quejido, aflojó apenas su agarre y yo aproveché para intentar girar la cabeza y escupir… Pero me sujetó del cabello con brutalidad, forzándome a tragar lo que quedaba.

El tubo me raspó la lengua. El sabor amargo se volvió metálico. Sangre.

Me ardía. Me ardía tanto…

Las lágrimas brotaron sin control. Ya ni siquiera podía ver bien su rostro.

Cuando el tubo quedó vacío, me soltó por fin.

Me llevé los dedos a la garganta, intentando vomitar. Pero solo sentí náuseas. El estómago me dolía. No podía respirar.

El dolor me golpeó como un martillo. Mi cabeza iba a estallar.

El mundo se volvió borroso, y las piernas no me respondían.

Caí al suelo, incapaz de moverme. Solo escuchaba su voz, cada vez más lejana.

—Renata, te amo. De verdad. Pero Jimena… Jimena está muriendo. Tengo que estar con ella. Por favor, olvídame. Olvida… Santiago…

Su voz se desvanecía. Se alejaba como un sueño que uno ya no puede alcanzar.

Mi cuerpo se desplomó sobre el sofá y en mi mente… solo giraban tres sílabas.

San-tia-go.

«¿Quién… es Santiago?»

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