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Portada de la novela El Día Que Me Robaron El Altar

El Día Que Me Robaron El Altar

El día de su boda, la vida de la protagonista se desmorona cuando sus padres y su novio, Iván, le exigen ceder su lugar en el altar a su hermana, quien padece una enfermedad terminal. Ante su rotunda negativa, su propia familia decide amarrarla en casa para consumar la farsa. Sin embargo, la tragedia se vuelve absoluta cuando un ladrón irrumpe en la vivienda y la asesina brutalmente. Abandonada a su suerte por quienes debían protegerla, su cuerpo en descomposición es lo único que encuentran al regresar.
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Capítulo 2

—Iván... mi amor, ¿crees que Fanny no ha llamado porque sigue enojada conmigo? —preguntó Siena, recostada en su pecho, haciéndose la víctima.

—¿Cómo crees, mi vida? Es tu hermana y además estás muy enferma, este era tu único deseo. Fanny no es tonta, seguro entiende. Ya después vemos cómo la compensamos —la tranquilizó Iván con dulzura.

Siena asintió y, con una sonrisa radiante, arrastró a Iván y a mis padres a cenar. Una cena de mariscos que costó un dineral, que a mis padres seguro que les dolió tener que pagar. Sin embargo, para Siena era lo más normal del mundo.

Después de cenar, los seguí de regreso al hotel.

Iván esquivó los coqueteos de Siena en pijama y salió solo al balcón. Encendió un cigarro, y comenzó a fumar, pensativo, perdido en quién sabe qué pensamientos.

Me di la vuelta y floté hasta la habitación de mis padres. Ellos tampoco dormían. Seguramente seguían lamentándose por la cuenta de la cena.

Estaban sentados en la cama, negando con la cabeza y suspirando.

Mi mamá sacó su celular para marcarme, pero mi teléfono estaba apagado, y sus rostros se descompusieron al instante.

En su lógica retorcida, después del golpe venía la manera de contentar. Así resolvían siempre los conflictos. Con el hecho de que ellos tomaran la iniciativa de llamarme, ya me estaban «dando chance» de olvidar, y asunto arreglado. Ese era su modus operandi.

Pero, esta vez, del otro lado de la línea, ya no había nadie para contestar. Nunca más.

—Viejo, esta Siena tira el dinero como si nada, no va a ahorrar ni un peso. Al final, en nuestra vejez, vamos a depender de Fanny. Pero ahora ni nos contesta el teléfono… ¿crees que esté muy resentida con nosotros? —preguntó mi madre, mirando a mi padre con preocupación.

Mi papá le dio una calada a su cigarro, soltó el humo con fastidio y dijo con voz dura:

—Nosotros le dimos la vida, ¡somos sus padres! Además, su hermana está enferma. Era lo mínimo que podía hacer por ella. ¿Con qué derecho se va a enojar?

Me quedé en un rincón, observándolos sin expresión, mientras una burla helada crecía en mi pecho.

En ese instante, una parte de mí casi se alegró de estar muerta.

Quince días después, su empalagosa luna de miel llegó a su fin y regresaron a casa.

Siena, ya enfundada en uno de mis pijamas, se echó con todo el descaro del mundo en la cama matrimonial que había sido mía, pavoneándose como la nueva dueña y señora.

Iván recorrió la habitación con la mirada, como si buscara mi fantasma. Pero, al no encontrarme, sitió con una punzada de… ¿culpa? Que no quedaba ni un solo rastro de mi existencia en toda la casa.

Se detuvo en el umbral del estudio que había sido mío, con la mirada perdida.

—Iván, mi amor, ahora soy tu esposa. No quiero que haya cosas de otra mujer en nuestra casa —dijo Siena con voz melosa, mientras enroscaba sus blancos brazos en torno al pecho de Iván—. Justo compré un montón de ropa nueva, ¿qué tal si hacemos de este estudio un vestidor gigante para mí?

Esa voz, empalagosa y manipuladora, era como un gancho diminuto que, increíblemente, seguía haciéndole mella. Aun así, Iván apartó sus manos con suavidad, manteniendo una mínima distancia, con el rostro tenso.

—Siena, Fanny sigue siendo mi esposa legalmente. Esto… esto solo fue para cumplir tu último deseo. El estudio… ¿no podríamos...?

—¡No! —lo cortó Siena al instante, con los ojos anegados en lágrimas fingidas, haciendo un puchero de niña malcriada, con una terquedad de acero—. ¡Ahora YO soy tu esposa! ¡No tienes por qué seguir pensando en ella!

Al final, como siempre, Iván cedió. Mi estudio se convertiría en el clóset de Siena.

—¡Eso, allá! ¡Eso, a la basura! ¡Eso, también, fuera!

En lo que había sido mi estudio, Siena, como capataz, ordenaba a los trabajadores que sacaran mis cosas, una por una.

Iván, el cobarde, solo observaba en silencio desde un rincón.

Él sabía perfectamente que mi mayor sueño desde niña, algo que le había repetido hasta el cansancio, era tener mi propio estudio.

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