
El Castigo del Don
Capítulo 2
Mi conciencia iba y venía, y, de pronto, recordé el día en que lo conocí por primera vez.
Fue en una reunión conjunta entre familias del bajo mundo, celebrada en el nivel inferior de un viejo almacén junto a los muelles. Todas las señales estaban bloqueadas y una gran cantidad de soldados armados vigilaban los alrededores.
Mi padre me llevó para observar. Yo no era nadie: apenas un par de manos extra encargada de tomar notas y pasar documentos. Un asociado, a lo mucho.
Enzo Galante estaba sentado justo en el centro.
Llevaba una camisa negra con el cuello abierto, dos botones desabrochados. Con pereza, giraba una moneda entre sus dedos, con una media sonrisa en los labios, como un niño rico viendo una función.
Cuando la moneda hizo clic contra la mesa, toda la sala se quedó en silencio.
Era el Don recién instalado. Era joven y ya era famoso por bañar a los traidores en sangre.
Durante la reunión, solo habló solo unas cuantas veces. Pero, cuando lo hacía, su tono sonaba casual, casi aburrido, como si estuviera eligiendo a qué casino iría esa noche. Aun así, nadie se atrevía a perderse ni una sola palabra.
Yo sabía que era peligroso. Lo entendí con una claridad absoluta. Y, aun así, en el instante en que la moneda dejó sus dedos, mi corazón se me salió por completo de control.
Después de eso, investigué todo sobre él: su territorio, sus métodos para tratar con traidores y las intrincadas redes de amoríos, tanto reales y fabricados.
En ese entonces, yo no era nada. A sus ojos, seguramente no valía más que un adorno olvidado en un rincón. Por esto, para acercarme, oculté mi identidad y me uní a la familia Galante, obligándome a volverme más fría, aguda, despiadada…
Dominé los arsenales, las rutas del dinero y las redes de poder. Me convertí en alguien que no fuera simplemente útil. Me volví irremplazable.
Mi primer llamado oficial llegó después de que yo sola construí una nueva ruta de contrabando de armas.
Usé esa victoria como excusa para organizar una celebración. Nunca imaginé que él asistiría.
Esa noche, apoyado en la barra, alzó el vaso de whisky que tenía en la mano, hacia mí a través de la multitud. Y en ese instante lo supe: ¡esa era mi oportunidad!
Lo perseguí sin freno. Le regalé un revólver antiguo y raro, con mis iniciales grabadas a lo largo de la empuñadura; le di mancuernillas a medida, con cada gema ocultando un micro rastreador, y me aseguré de aparecer en todos los lugares que él frecuentaba: casinos privados, peleas clandestinas, bares en azoteas solo para miembros, y demás… Cada coincidencia, montada con extremo cuidado, lo hacía alzar una ceja y esbozar una sonrisa que me daba permiso para quedarme.
Por fin, una noche en la que estaba ligeramente ebrio, me deslizó un anillo en el dedo con una facilidad casual.
—¿Tan ansiosa estás por pertenecerme? —dijo—. Bien, si así lo quieres…
En ese momento, creí que había ganado. Ilusamente, creí que había atrapado el corazón de Don Enzo Galante, el hombre más peligroso y deslumbrante del bajo mundo.
Como tonta, creí que la felicidad había empezado. No me di cuenta de que acababa de entrar en mi peor pesadilla.
…
Abrí los ojos a un techo desconocido, y el penetrante olor a desinfectante me quemó la nariz.
—¿Está despierta, señora? —preguntó mi médico privado, quien se encontraba junto a mi cama—. Gracias a Dios. Pasé por casualidad por el lugar de la explosión.
Intenté mover los dedos y luego, despacio, deslicé la mano hacia mi abdomen, el cual se sentía plano, vacío. Ya no quedaba nada.
El doctor suspiró, con el rostro cargado de pena.
—Lo siento —se disculpó—. No pudimos salvar al niño. Perdió demasiada sangre, y las lesiones internas eran graves. Se hizo todo lo posible, pero…
Forcé una sonrisa y probé la sal de mis lágrimas.
—Lo entiendo —respondí con la voz ronca—. Gracias por salvarme.
Aun así, no podía creer que Enzo hubiera llegado tan lejos.
—¿Qué demonios está pensando Don Galante? —estalló el médico. Claramente, le parecía una injusticia—. Usted es su esposa. Estaba embarazada y sangrando entre los escombros, ¿y ellos aseguraron las armas primero? Si yo no la hubiera traído aquí de inmediato, no solo habría perdido al bebé. Estaría muerta. ¿Dónde está él ahora? ¿De verdad no le importa en lo absoluto?
—Probablemente está con Mónica —respondí en voz baja.
El doctor guardó silencio. En sus ojos había una lástima desnuda. Incluso él entendía la línea que Enzo y Mónica habían cruzado.
Un momento después, pedí que me dejaran sola, y el médico accedió.
Cuando la puerta se cerró tras él y las enfermeras, estiré la mano hacia mi teléfono.
El bajo mundo ya había empezado a agitarse. El título de Don venía empacado con sangre, poder y chismes. Los primeros rumores surgieron en foros de la dark web.
Los videos me mostraban desplomándome en el arsenal, empapada de sangre. Aquellos, clips, tomados desde varios ángulos, se esparcieron por todas partes en un parpadeo.
«¿Entonces el Don valora más su arsenal que a su esposa embarazada?»
«Estaba sangrando justo frente a él, ¿y eligió las armas?»
«¿De verdad la familia Galante se ha vuelto así de fría?»
…
Los rumores se propagaron como una enfermedad: de susurros entre corredores de información a debates abiertos en las mesas redondas de las familias. Ya nadie cuestionaba el accidente, sino que lo cuestionaban a él: al Don.
«¿De verdad se puede confiar en un aliado que abandona a su esposa embarazada?»
Deslicé el dedo por cada comentario. Cada línea abría otra herida en la reputación de la familia Galante.
Mi mente se sentía extrañamente clara. Solo con ese ruido jamás se iba a tumbar a un Don.
Abrí la ventana de chat para mandarle a Enzo un mensaje pidiéndole el divorcio. Sin embargo, antes de que pudiera escribirlo, apareció una notificación.
Mónica había publicado una actualización. La foto la mostraba en una habitación VIP del hospital. Enzo estaba sentado a su lado, administrándole la medicina con sumo cuidado. Sus movimientos se veían gentiles, y su atención no se apartaba de ella.
El texto era breve:
«Don Galante ha estado conmigo todo este tiempo. Por favor, no se preocupen. Hay mujeres capaces de cualquier cosa por competir por el favor. Incluso intentó usar a un hijo no nacido para controlar al Don. Por suerte, el Don vio a través de sus trucos.»
Antes, eso me habría destrozado. Pero ahora me llevé una mano al pecho y solo sentí entumecimiento.
Cerré la publicación y llamé a Enzo, quien contestó al séptimo intento.
Escuché irritación en su voz, afilada por la contención.
—Sophia, ¿todavía tienes el descaro de llamar? ¿Sabes siquiera qué hora es? Mónica acaba de terminar las curaciones y por fin se quedó dormida. —Hizo una breve pausa—. No me interesan tus excusas por el caos que provocaste. Todo lo que haces avergüenza a la familia. Si todavía te queda, aunque solo sea, un poco de humanidad, ven a pedirle disculpas.
Justo en ese momento, la voz de Mónica se coló de fondo:
—Don, no culpe a la Donna. Es mi culpa. Si ella insiste en que yo detoné el arsenal, solo sígale la corriente. Está embarazada y el estrés emocional no le hace bien al bebé. Mis heridas no significan nada.
El tono de Enzo se suavizó al instante.
—Eres demasiado buena —murmuró—. Por eso ella te ha intimidado tanto tiempo.
Dicho aquello, volvió a enfocarse en mí.
—¿Escuchaste? Ella todavía te está defendiendo. Mi paciencia es limitada, Sophia. Tienes treinta minutos. Ven a disculparte con Mónica, de lo contrario nos divorciaremos.
La forma en que lo dijo me heló la punta de los dedos. Sonaba como si estuviera desechando una molestia.
—Entonces que así sea. Me voy de la familia —dije con calma—. Enzo, divorciémonos.
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