
El Castigo del Don
Capítulo 3
Enzo se quedó helado. Por un segundo, se le olvidó lo que estaba a punto de decir. Era evidente que no esperaba que fuera yo quien propusiera el divorcio.
—Sophia… ¿puedes repetir eso? —dijo, despacio.
No le di tiempo de explotar, sino que me apresuré a cortar la llamada.
Los mensajes no tardaron en llegar, uno tras otro. Mi teléfono se volvió loco.
«De verdad te volviste valiente. ¿Te atreves a sacar el divorcio tú sola? No olvides cuánta intriga te costó ganarte el título de Donna.»
«Esa cosa en tu vientre nunca fue una carta para librarte de la muerte. Cuando estés gritando en la sala de partos y nadie venga, no vuelvas arrastrándote hacia mí como un perro.»
«Y esos reportes en la dark web… Esto fue cosa tuya, ¿no? Bórralos. Hay juegos que están por encima de tu nivel.»
No terminé de leer el resto, sino que, con una frialdad desconocida en mí, bloqueé su número.
Incluso con la lección sangrienta de mi vida anterior grabada en los huesos, que me pisotearan así todavía se sentía como un cuchillo clavándose el corazón.
En ese momento, un par de enfermeras entraron a cambiarme el suero, quienes, sin notar mi expresión, charlaban en voz baja entre ellas.
—Nunca he visto una pareja tan perfecta como la de la sala VIP de abajo. Escuché que el señor Galante y la señorita Leone crecieron juntos. Parece un cuento de hadas.
—Eso ya es viejo. Lo último es que la señorita Leone es alérgica a la luz ultravioleta, así que el señor Galante mandó cambiar todas las ventanas de su habitación por vidrio especial. Le costó una fortuna.
—Anoche, cuando hice ronda, la señorita Leone dijo que no podía dormir y el señor Galante le sostuvo la mano toda la noche. Qué envidia… Ojalá algún día me toque un amor así.
Entumecida, miré las marcas de aguja que me cubrían el dorso de la mano.
Cuando se fueron, por fin solté el aire, pero el pecho seguía aplastado bajo una losa de plomo.
Al atardecer, el médico a cargo llegó con el informe final. El trauma contundente en mi abdomen había causado daños irreparables en mi útero. Un nuevo embarazo natural sería casi imposible.
Extrañamente, mi primera reacción no fue tristeza, sino más bien alivio. Al menos, ya no habría un hijo. Por lo menos, él no tendría que sufrir conmigo.
Muy entrada la noche, volví a revisar la opinión pública. El aire había cambiado por completo.
La explosión del arsenal ahora se estaba pintando como una farsa autoinducida, montada para «llamar la atención del Don».
«Mi esposa, Sophia, actuó de manera irracional debido a inestabilidad emocional producto de su embarazo. Me disculpo sinceramente por las molestias ocasionadas. La disciplinaré con mayor severidad para asegurar que esto no vuelva a ocurrir.»
Enzo había convocado personalmente una reunión de la familia, en donde ´presentó registros de mis «múltiples incidentes relacionados con mi embarazo» como prueba de que todo había sido una jugada calculada para ganar su favor.
En ese momento lo supe: no importaba lo que dijera a partir de ese momento sería descartada como una mentira.
Hasta los soldados asignados para vigilarme en el hospital me miraban con desprecio abierto.
Enzo de verdad era un Don magistral. Con solo unas cuantas frases, en un abrir y cerrar de ojos, me había convertido en el hazmerreír de todo el bajo mundo.
Sin embargo, no me molesté en limpiar mi nombre.
El día que me dieron de alta, le envié un mensaje corto:
«Mañana a las diez de la mañana, te espero en el juzgado. Lleva un abogado. Firmaremos el divorcio.]
Su llamada llegó casi de inmediato.
Su voz destilaba condescendencia.
—¿Ya terminaste de hacerte la muerta? —Su voz destilaba condescendencia—. Te di la oportunidad de bajar esos reportes de la dark web. No la tomaste. ¿Y ahora lo arruinaste y usas del divorcio como amenaza? Si Mónica no hubiera suplicado por ti, ya estarías encerrada en una sala psiquiátrica. Sé que solo quieres verme, así que iré. Pero piensa muy bien cómo te disculparás, si quieres mi perdón.
Sin esperar respuesta, Enzo cortó la llamada.
Se me escapó una risa amarga. Si ganarme su perdón significaba admitir crímenes que nunca había cometido, entonces jamás me lo ganaría.
En silencio, extraje el metraje completo del video de vigilancia del día en que Mónica entró al arsenal y copié todo.
…
A la mañana siguiente, fui directo al juzgado con las pruebas y los papeles del divorcio.
Enzo no me estaba esperando. En su lugar estaba Mónica, recargada con pereza contra la pared, haciendo girar sin prisa un sello de Donna entre los dedos.
Cuando me vio, una sonrisa victoriosa se dibujó en sus labios.
—¿Por fin llegaste? Te lo dije desde hace mucho: nunca fuiste apta para sentarte en el puesto de Donna de la familia Galante. Puede que lo hayas deslumbrado un rato, pero su atención siempre iba a volver a mí.
Su mirada se deslizó hasta mi vientre plano. Alzó las cejas con fingida sorpresa.
—¿Ah? ¿El bastardito ya no está? Qué tragedia. Quemado vivo por su padre en la otra vida, e indirectamente asesinado por su padre en esta. Con una madre como tú, nunca estuvo destinado a crecer.
En ese instante lo supe. Ella también tenía una nueva vida.
Aun así, alcé la mano y le di una bofetada. Ella chilló y se lanzó hacia atrás con una fuerza teatral.
—¡Mónica!
Enzo pasó a toda prisa junto a mí para sostenerla. Ni siquiera notó cómo su codo se estrelló contra mí.
El golpe no fue fuerte, pero yo ya estaba al borde de las escaleras, drenada por el cuerpo y por la mente. Perdí el equilibrio y el mundo se volteó. Los bordes ásperos de la piedra chocaron contra mí una y otra vez. La sangre me corrió desde la frente, nublándome la vista.
Cuando terminé de rodar, quedé tirada de lado en el suelo helado, y unos pasos se apresuraron hacia mí.
Al segundo siguiente, Enzo me alzó en brazos. Sus ojos se clavaron en mi abdomen plano, y los labios le temblaron.
—¿Dónde está el niño? —le salió la voz ronca, rota. Sophia… ¿dónde está nuestro hijo? —exigió, y por fin el pánico se le quebró por encima.
También te podría gustar





