
De Novia a Extraña, La Suerte que Gana
Capítulo 2
El auto de lujo rasgaba la carretera a alta velocidad. Pedro lanzó una mirada rápida a Renata, sentada en el asiento del copiloto, y luego se inclinó en dirección a Liliana, creando una burbuja de intimidad al susurrarle al oído:
—Liliana, ¿por qué decidiste traerla de repente?
Liliana observó el ceño fruncido de él y la expresión de impaciencia habitual que surgía siempre que mencionaba a Renata, como si la simple presencia de la chica fuera una carga insoportable. Actuaba demasiado bien. Tan bien que, en la vida pasada, ella fue engañada por tres años enteros. Solo cuando se topó con aquella niña de dos años en la calle fue que se dio cuenta de que la relación de ellos ya estaba podrida hasta la raíz.
Ocultando el sarcasmo en la mirada, Liliana bajó los párpados y respondió con voz indiferente:
—¿No vives quejándote de que ella es pegajosa? Deja que vea con sus propios ojos que te vas a casar conmigo. Tal vez así se dé por vencida de una vez.
Un malestar fugaz atravesó el rostro de Pedro. Sus labios se movieron como si quisiera protestar, pero solo tragó las palabras en seco, con la nuez de Adán oscilando en la garganta, y aceptó aquella explicación en silencio.
Al llegar al destino, Pedro condujo a Liliana al interior de la tienda de novias, con Renata siguiéndolos de cerca, paso a paso, como una sombra. El vestido hecho a la medida ya había sido elegido hacía tiempo. Era una pieza deslumbrante de encaje marfil, tachonada de pequeños cristales que centelleaban bajo la iluminación, confiriéndole un aura casi onírica.
La empleada apenas había traído el vestido cuando Renata se adelantó, incluso antes de que Liliana pudiera levantar la mano. La chica deslizó los dedos por el encaje delicado, con los ojos rebosando una envidia mal disimulada, y solo después de un largo momento se volteó hacia Liliana.
—Liliana, ¿puedo probarlo? —preguntó ella, moldeando el rostro en una expresión de inocencia forzada.
Liliana observó aquella actuación de pureza y soltó una risa fría en su interior. El noviazgo podría hasta cederlo, ¿pero por qué debería entregar en bandeja de plata lo que era suyo por derecho? Sus labios rojos se abrieron para disparar un sarcasmo despiadado:
—¿Tu madre no se cansó de ser amante? ¿Qué pasó, quieres seguir la misma carrera?
El rostro de Renata perdió el color instantáneamente, volviéndose pálido como la cera. Miró a Pedro con una expresión aterrada, los ojos llorosos pidiendo auxilio mudo. La expresión de Pedro se oscureció inmediatamente. Se colocó entre las dos, bloqueando el ataque, y empujó levemente el brazo de Liliana.
—Liliana, no hagas escenas delante de otros. —la reprendió, intentando suavizar el tono, pero con firmeza—. Ve de una vez a probarte el vestido para ver si te queda.
Aquel gesto parecía conciliador, pero, en la práctica, él estaba protegiendo a Renata con su propio cuerpo. Liliana notó la tensión en los músculos de él y, con una sonrisa de sarcasmo curvando los labios, tomó el vestido y entró al probador sin decir nada más.
Ya vestida, permaneció frente al espejo, tomada por un momento de trance. El reflejo mostraba una mujer de belleza marcada, donde el marfil de la falda realzaba la blancura de su piel. En la vida anterior, en aquel mismo instante, su corazón rebosaba de sueños para el futuro, pero ahora, al encarar sus propios ojos, solo encontraba un vacío desolador.
—¡Ay!
Un grito caprichoso vino del exterior. Liliana apartó la cortina apenas lo suficiente para espiar y vio la escena patética. Renata tropezaba con sus propios pies, cayendo directamente en los brazos de Pedro.
Él no solo no se esquivó, sino que la sostuvo firme por la cintura, con la palma de la mano acariciando su espalda. El gesto era de una ternura irritante, como quien calma a un animalito asustado. Aun sabiendo que el corazón de él ya no le pertenecía, presenciar aquello fue como tener agujas perforando sus ojos. Recordaba bien cuando Renata tocó apenas el borde de la ropa de Pedro en el pasado; él había arrojado la prenda al fuego delante de todos, escupiendo la palabra "sucia" con asco.
¿Y ahora? Consolaba a la chica en sus brazos con dulzura. Los dos, pegados uno al otro, parecían mucho más una pareja que ella, la novia oficial escondida en el probador.
La mano de Liliana apretó la tela de la cortina con fuerza, y un dolor agudo comprimió su pecho, como si una garra estrujara su corazón. Respiró hondo, lista para abrir el probador y acabar con aquella farsa, cuando el suelo bajo sus pies se sacudió violentamente. El mundo giró.
Terremoto.
El pensamiento apenas cruzaba su mente cuando el instinto de supervivencia gritó. Intentó correr, levantando la falda voluminosa, pero la tela pesada y excesiva se enredó en sus pies. Liliana perdió el equilibrio y se desplomó en el suelo con un golpe sordo.
La caída le raspó el brazo, que comenzó a sangrar, y objetos cayeron del techo sobre ella, arrancándole el color del rostro por el dolor. Sin embargo, Pedro, a pocos pasos de ahí, actuó como si ella fuera invisible. Se agachó en un movimiento rápido, levantó a Renata en brazos y corrió hacia la salida.
Mientras pasaban junto a ella, el diálogo de ellos flotó hasta sus oídos, cada vez más distante.
—Pedro, ¡déjame! Liliana todavía está allá adentro... —lloriqueó Renata, fingiendo preocupación.
—Ella puede salir sola. ¡Te lastimaste la pierna, necesito sacarte de aquí ahora! —replicó él, sin mirar atrás.
Aquellas palabras perforaron el corazón de Liliana como una cuchilla, sofocándola. No se sabe cuánto tiempo pasó hasta que el temblor finalmente cesó.
La tienda estaba en ruinas, un reflejo exacto de lo que quedaba dentro de ella. Liliana se quitó el vestido de novia, agarró unas tijeras caídas cerca y, con golpes fríos y precisos, desgarró la tela hasta que solo quedaron trapos.
Antes de salir, lanzó una orden a la empleada, que temblaba de shock en un rincón:
—No le digas nada a Pedro.
Si Renata quería casarse, que se casara. Pero Liliana jamás permitiría que usaran lo que era de ella. Prefería destruir todo antes que entregarle algo a aquella pareja inmunda.
Al salir de la tienda, Liliana se dirigió directamente al Departamento de Migración. Entregó la documentación y solicitó el procesamiento de urgencia. El empleado notó la sangre en su brazo, pero solo asintió profesionalmente:
—En treinta días, todo estará listo.
Liliana se detuvo en la puerta y llenó los pulmones de aire, contemplando el cielo gris y pesado. Un mes más. Solo un mes más y dejaría aquella ciudad para siempre, rumbo a una vida que finalmente sería suya.
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