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Portada de la novela Crié Gemelos para la Venganza

Crié Gemelos para la Venganza

Pensando que su esposo Jorge y su amante Elvia habían muerto, ella dedicó dieciocho años a criar a sus gemelos ilegítimos. Tras lograr que entraran a la mejor universidad, la pareja reaparece revelando que fingieron su muerte para vivir felices en el extranjero. Frente al descarado cinismo de Jorge, quien le exige el divorcio para reunir a su verdadera familia, ella no derrama una lágrima. Con una serena sonrisa, acepta la separación mientras prepara el cobro de una fría traición.
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Capítulo 2

La cena quedó programada para dos días después, a las ocho de la noche.

Ese día, desde muy temprano llegué al restaurante. Revisé el menú una y otra vez, y también el plan de la celebración, asegurándome de que no hubiera ni el más mínimo error.

La mayoría de los invitados eran familiares de Jorge.

De mi lado, no vino nadie.

En aquel entonces, cuando decidí quedarme con Óscar y David a pesar de la oposición de todos, mis padres casi les da un infarto del coraje al enterarse. Y aunque han pasado tantos años, todavía no entienden por qué, teniendo una vida feliz, insistí en criar hijos de otra persona.

Los padres de Jorge, Javier Martínez y Ana Guillén, entraron al salón acompañados por varios familiares. Fueron directos a la mesa principal y se sentaron en los lugares de adelante.

Jesús Martínez y Aurora Martínez llegaron con sus familias y se acomodaron a los lados.

En la mesa principal había ocho lugares.

Todos se amontonaron alrededor de mis hijos, ocupando cada silla. No quedaba ni un asiento para mí.

—Luisa, ¿y tú qué haces ahí parada? Ve a servirles agua a Javier y a Ana.

Aurora me barrió con la mirada de arriba abajo. Era la hermana menor de Jorge. Se había casado mal: no solo sufría violencia en casa, también la familia de su esposo la despreciaba por no poder darles un hijo varón.

Así que este año, con cuarenta ya encima, se animó a intentarlo por tercera vez y, por fin, tuvo un niño. Desde entonces andaba con la nariz en alto, como si de repente se le hubiera enderezado la espalda.

Mis dos hijos estaban en medio. Intentaron levantarse para ayudar, pero Javier y Ana los detuvieron para que se quedaran sentados.

—Mis niños, vengan, acompáñenme a conversar —dijo Ana, toda cariñosa.

—Miren nada más, qué guapos están estos dos. Se parecen muchísimo a Jorge.

—Yo digo que se parecen más a Elvia —intervino Jesús, el hermano mayor de Jorge.

Javier y Ana le clavaron una mirada fulminante. Él se encogió de inmediato en su silla, sin atreverse a decir otra palabra.

Yo daba vueltas alrededor de la mesa principal: servía agua, luego vino, sin parar.

Mis hijos ya no aguantaron verme así y acercaron una silla entre ellos. Me sentaron a la fuerza.

—Mamá, nuestro cumpleaños… es el día en que tú sufriste para traernos al mundo. Siéntate y descansa.

Apenas escucharon eso, las expresiones en la mesa cambiaron.

Aurora incluso dejó escapar una sonrisa cargada de burla.

—Si Jorge supiera que sus hijos están tan bien educados por Luisa, se moriría de felicidad.

—Ejem… —tosió Javier dos veces, y Aurora cerró la boca.

—Luisa, hoy es un día tan bueno, y justo tengo algo que decirte —Ana me miró de reojo, sonriendo, toda melosa.

—Dígame.

—Mira, Óscar y David ya van a entrar a la universidad. ¿Para qué quieres tú sola un departamento de tres habitaciones, tan vacío? En cuanto entren a clases, Javier y yo nos vamos a ir a vivir ahí. Tú trabajas y yo me encargo de la comida.

Así que esa era la idea de Ana.

El departamento donde vivo lo pagaron mis padres como pago inicial. En un inicio iba a quedar a nombre de Jorge.

Pero a los seis meses de casados, él salió a dar una vuelta en carro con Elvia y tuvieron un accidente. Los dos murieron.

La siguiente vez que lo vi, solo quedaba una urna con cenizas.

Mis padres, viéndome tan sola y sin descanso, me ayudaron todos estos años con la hipoteca, así que la propiedad quedó únicamente a mi nombre.

Ahora que los niños ya crecieron, por fin empezaron a ponerle el ojo a mi casa.

—Ana, no es que no quiera que vivan conmigo, pero Óscar y David en unos años se van a ir al extranjero a estudiar. Por eso ya vendí el departamento. Voy a comprar uno de una sola habitación, y el resto del dinero lo voy a usar para que sigan estudiando.

Javier se puso lívido. De golpe, golpeó la mesa con la palma.

—¡Tú eres de la familia! ¿Cómo haces algo tan grande sin consultarlo con nosotros?

Yo abrí los ojos, como si de verdad me sorprendiera.

—¿Y no lo hice por los hijos de Jorge, acaso?

—¿Y el dinero de la venta? Entrégaselo a Ana para que lo administre. Tú gastas sin medida, y yo no me quedo tranquilo.

Normalmente, con que yo dijera que era por los niños, ya no discutían.

Pero hoy, Javier y Ana estaban extraños. Como si, en cuanto mis hijos entraran a la universidad, yo ya no sirviera para nada.

Pensándolo bien, respondí con calma:

—El dinero ya lo dejé en manos de un abogado. Está en un fondo de inversión de crecimiento. De aquí en adelante, cada mes Óscar y David van a recibir mil dólares, hasta que cumplan cuarenta años.

Al oírme, se le relajó el ceño a Javier.

—Por lo menos tuviste un poco de juicio. Al menos pensaste en ellos. Y ni se te ocurra comprar otro departamento. Alquila uno cualquiera y ya, no desperdicies la plata.

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