
Crié Gemelos para la Venganza
Capítulo 3
Mientras los invitados seguían charlando sin parar, el gerente del restaurante se acercó y me entregó un micrófono.
—Hoy es el cumpleaños de estos dos muchachos, y también estamos celebrando su ingreso a la universidad. Usted es su mamá; díganos unas palabras y comparta un poco de su experiencia criándolos.
Tomé el micrófono.
—Gracias a todos por venir a la cena para celebrar el ingreso a la universidad de mis hijos, David y Óscar. Hoy…
—¡Hoy mis dos hijos entraron a la universidad más prestigiosa! En un día tan bueno, ¿cómo es posible que sus padres biológicos no estén aquí? —me interrumpieron a mitad de frase.
Una pareja entró al salón tomada de la mano: un hombre y una mujer.
Levanté la vista. Aunque habían pasado dieciocho años, los reconocí al instante.
Uno era mi esposo, Jorge, "muerto" desde hacía años. La otra, era Elvia.
El salón estalló al momento. Se armó un murmullo enorme, comentario tras comentario.
Pero Javier y Ana no se emocionaron ni un poco al verlo aparecer con vida. Estaban demasiado tranquilos, de un modo inquietante. Incluso tiraron de Elvia hacia ellos y la sentaron a su lado.
Y Jorge, el que "había muerto" hace dieciocho años, vino directo hacia mí.
—Luisa, como esposa, no vales gran cosa. Pero como madre, eso sí, eres bastante decente.
Fue entonces cuando mis dos hijos, al ver la escena, reaccionaron de verdad.
—¿Qué… qué está pasando?
Jorge señaló a Elvia.
—Ella es su verdadera mamá. Y esa mujer... no es más que una vieja estéril, una gallina que ni un huevo puede poner. ¡Si no fuera porque se negó a divorciarse, amenazándome con quitarse la vida, nuestra familia no habría estado separada dieciocho años!
Yo todavía no había dicho nada cuando, en la mesa principal, los Martínez empezaron a hablar uno tras otro, dirigiéndose a mis hijos:
—Sí, fue Luisa la que se aferró a no divorciarse, por eso ustedes estuvieron lejos de sus padres dieciocho años.
—No se dejen engañar. Aunque los crió bien, en el fondo es mala.
—Pero ya está. Ustedes ya crecieron, entraron a la mejor universidad, y por fin la familia puede reunirse.
Mis hijos no entendían nada. Se quedaron tiesos, sin saber qué hacer.
Elvia, llorando con una actuación perfecta, les tomó las manos y sacó el celular.
—Yo soy su madre de verdad. Cada año les mandaba regalos. A la salida de la escuela, yo también iba a verlos, a escondidas.
Mientras hablaba, giró la cabeza hacia mí.
—Luisa, gracias por criar tan bien a mis dos hijos.
Jorge le rodeó los hombros. Al mirarme, se le asomó una burla en la mirada.
—Ven conmigo a firmar el divorcio. Ya pasaron dieciocho años. Voy a casarme con Elvia; tengo que darle su lugar.
Todos estaban convencidos de que yo me negaría, de que armaría un escándalo.
Pero frente a las miradas curiosas y los cuchicheos de decenas de personas de la familia Martínez, yo solo sonreí, suave, como si nada.
—Está bien. Acepto. Mañana mismo nos divorciamos, y que por fin se reúnan ustedes cuatro como una familia.
Mis palabras dejaron al salón helado. La gente me miró con los ojos abiertos, sin poder creerlo.
¿Después de criar a esos hijos durante dieciocho años, iba a entregarlos así sin más?
Hasta Jorge y Elvia se quedaron boquiabiertos, mirándome como si yo fuera un fantasma.
Ellos pensaban que yo gritaría, que me tiraría al suelo, que lloraría a gritos, pero lo único que no esperaban era que yo aceptara tan rápido.
Jorge me miró, incrédulo, y soltó:
—¿Qué demonios? ¿Se te safó un tornillo?
Al ver la desconfianza en su cara, le respondí sin rodeos:
—¿Qué? ¿Ya no te conviene?
En cuanto me oyó, Elvia le tiró del brazo a Jorge, apurándolo.
Él entendió al instante: sacó de su bolso el convenio de divorcio, rápido, como si temiera que yo me arrepintiera.
—Entonces firma el divorcio. A partir de hoy, esos dos ya no tienen nada que ver contigo. No los vuelvas a buscar.
Yo ni siquiera lo leí. Firmé al pie, sin pestañear.
—¿Mamá? ¿Mamá, ya no nos quieres?
Mis hijos me miraron destrozados. No entendían cómo pude firmar tan fácil.
Elvia guardó el documento y, con voz fingidamente dulce, dijo:
—Luisa, gracias por cumplirnos el sueño. Si no fuera por ti, nosotros dos no habríamos podido vivir tan tranquilos por ahí todos estos años.
Miró a mis hijos —dos chicos de casi un metro ochenta— y sonrió con una satisfacción que no se molestó en ocultar.
—Ya está. Ya no tienes nada que hacer aquí. Vete.
Javier agitó la mano, impaciente, tratando de echarme.
Yo levanté la mirada.
—Un momento. Ya que el acuerdo está firmado, también es hora de que sepan la verdad.
—¿Qué quieres decir? —Elvia frunció el ceño, confundida.
Solté un suspiro largo. Había esperado dieciocho años. Ya era momento de que todo terminara.
Luego, entonces aplaudí y miré hacia la entrada del salón.
—Pasen.
Unos segundos después, dos figuras aparecieron en la puerta…
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