
Caminos separados por los que luché
Capítulo 4
Era Demi, quien todavía tenía las mejillas encendidas por el baile, sin embargo, sus ojos… brillaban con esa satisfacción arrogante de quien se cree ganadora.
—Ay, hermana, te estás escondiendo aquí porque te dolió, ¿verdad? —repuso, sin siquiera intentar disimular el tono burlón—. Seamos honestas: cualquier hombre, si tiene que elegir entre tú y yo, escogerá a la que sea más finas y tenga mejores modales. Es decir… a mí. —Acto seguido, bajó la voz, y cada palabra que dijo a continuación estuvo cargada de veneno—. Pero en el fondo… sí me das pena. En su momento, tu madre no pudo ganarle a la mía, y ahora… tú tampoco puedes ganarme a mí. Supongo que el fracaso… está en el ADN.
Apreté el puño tan fuerte que se me marcaron las venas de la muñeca.
«Demi Vale… ¿te atreves a insultar a mi madre?», pensé.
Pero antes de que pudiera responder, pasó algo inesperado. Demi, repentinamente, se tambaleó hacia atrás, soltando un grito agudo y aterrorizado, al perder por completo el equilibrio y caer de espaldas por las escaleras.
Abajo estalló el caos: gritos, jadeos, el golpe de pánico subiendo como una ola.
Cassian salió disparado de entre la gente y, rápidamente, tompoel cuerpo desplomado de Demi entre sus brazos.
Alzó la vista hacia mí, que me encontraba parada en el descanso de las escaleras, y en sus ojos pude ver cómo rabia le ardía como una llama viva.
—¿La empujaste? Discúlpate —ordenó. Su voz parecía tallada en hielo.
«Cassian, ¿tú vives en otro siglo?», pensé. «¿No eres capaz de revisar cámaras? ¿Ni preguntar qué pasó? ¿Solo eres capaz de acusarme por instinto?»
—No fui yo —dije, con voz plana—. Y no me voy a disculpar.
—Eres un caso perdido —soltó, antes de girarse hacia sus guardaespaldas, para ordenarles, sin dudar—: Denle una lección. Tírenla a la fuente ornamental del jardín y no la dejen salir hasta que acabe la gala y yo lo ordene.
—¡Soy tu prometida! —grité—. ¿O acaso es Demi Vale?
Cassian me agarró la muñeca con tanta fuerza que se me aguaron los ojos del dolor. No había ni el más mínimo rastro de compasión en él, tan solo autoridad fría, exacta, quirúrgica.
—Precisamente, porque mi prometida eres tú —dijo, marcando cada palabra—, voy a poner a los demás por encima de ti.
En ese instante lo entendí, más claro que nunca: lo que había decidido en esta vida era lo correcto.
Caras bonitas, cuerpos perfectos… nada de eso importa cuando, por dentro, los corazones son incompatibles.
Los guardaespaldas avanzaron y me sujetaron antes de que pudiera reaccionar. Forcejeé, pataleé, pero ninguno de mis intentos de zafarme valieron la pena.
Por lo que, antes de que pudiera reaccionar, sentí un chapuzón brutal, antes de sumergirme por completo en el agua helada, y el frío se me clavó en los huesos como agujas.
Un segundo después, emergí nuevamente tosiendo y buscando el borde, desesperada. Sin embargo, antes de que pudiera asirme de este un guardia me empujó de nuevo hacia abajo.
No importaba cuantas veces emergiera, siempre, todas y cada una de las veces, me volvían a hundir.
—¡Cassian! ¡Maldito! ¡Déjame salir!
Con cada sacudida, la fuerza me abandonaba un poco más. El frío me adormecía los músculos, los dedos, el aliento…
Mi voz se quebró… hasta apagarse.
Los labios se me pusieron azules, mientras los mechones mojados de mi pelo rojo se me pegaban a la cara, endureciéndose como hielo.
Uno de los hombres dudó y sacó el celular.
Entre el agua golpeándome los oídos, escuché la voz de Cassian, dura como acero recién forjado:
—Continúa. Si no, nunca aprenderá.
«¿Aprender?»
Claro. Él nunca me había querido. Quería que su prometida lo obedeciera, que se callara, que se hiciera pequeña… que jamás cruzara la línea.
Una desesperación más filosa que el frío me cerró el pecho y me arrastró más hondo que el agua, cuando mis extremidades, por fin, cedieron y la oscuridad me golpeó. Tras lo cual me hundí, perdiendo por completo el conocimiento.
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