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Portada de la novela Caminos separados por los que luché

Caminos separados por los que luché

En esta novela moderna de romance y mafia, una joven pelirroja y rebelde reencarna tras morir en un incendio. Al despertar en el pasado, decide no repetir su trágica vida junto a Cassian Vercetti, el frío líder criminal que siempre intentó someter su naturaleza salvaje. Para escapar, altera el contrato matrimonial escribiendo el nombre de su media hermana. Sin embargo, al descubrir que su prometida ha cambiado, Cassian romperá todas sus estrictas reglas para perseguir a la mujer que lo rechazó.
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Capítulo 2

Cassian apareció frente a nosotros con toda una fila de guardaespaldas detrás y el rostro tan helado… que parecía la muerte hecha carne.

Maldita sea. Incluso así, seguía siendo ridículamente hermoso. Justo mi tipo: alto, aristocrático, de esos hombres que apagan todo a su alrededor con solo respirar.

Su mirada se clavó primero en la mía.

Antes de que yo pudiera fingir que no estaba incómoda, sus ojos bajaron… directo a donde mi mano seguía apoyada en el pecho desnudo, abierto, del modelo.

Un latido después, escuché el clic inconfundible de un gatillo. Uno de sus hombres tenía un arma pegada a la sien del chico.

Yo retiré la mano en silencio.

La mirada de Cassian congeló el aire. Ni siquiera me regaló una palabra; solo escupió una orden al pobre modelo:

—Vete.

Al «niño bonito» se le fue el color de la cara, antes de salir corriendo hacia la salida junto con los demás modelos.

Yo también me giré, intentando escabullirme sin hacer ruido.

Pero antes de dar un paso, un brazo fuerte me rodeó la cintura y me jaló contra él, pegándome como si yo le perteneciera.

—¿Quién te dio permiso de venir a un lugar como este?

—Voy a donde se me da la gana —respondí, levantando el mentón, desafiante—. ¿Y eso qué tiene que ver contigo?

Los ojos de Cassian se oscurecieron. Por un segundo, de verdad pensé que iba a ordenar que me volaran la cabeza.

Pero un segundo después, sin aviso, me colocó sobre su hombro como si yo fuera un maldito saco de arroz.

—¡Cassian! ¿Estás loco? ¡Bájame! ¡Maldito!

Le pegué en la espalda, pateé, me retorcí… pero él me ignoró por completo y continuó caminando como si nada pasara.

Una vez fuera del club y me metió obligó, a empujones, a montarme en un Rolls-Royce negro que ya estaba esperando.

—Conduce —ordenó.

—Sí, Don.

El coche arrancó con un tirón, y yo me aparté de él al instante, tomando la manija de la puerta para intentar abrirla.

Sin embargo, contra todo pronóstico, Cassian ni se molestó en detenerme, sino que se limitó a darle un sorbo lento a su café, servido en una taza de porcelana fina, como si el hecho de secuestrar mujeres fuera un trámite más en su vida.

—No desperdicies energía —dijo, con tono suave—. Es un coche blindado. ¿En serio crees que puedes abrirlo?

Mi mano se quedó inmóvil, mientras yo lo fulminaba con la mirada.

Él mantuvo sus ojos clavados en los míos, igual de frío, mientras decía:

—¿No leíste el contrato matrimonial? Está más que claro.

Obvio que no lo había leído.

Cassian se inclinó entonces, demasiado cerca, dejando su rostro a centímetros del mío, tanto que nuestras narices casi se rozaban.

Si me besaba en ese momento… no estaba segura de tener fuerzas para apartarlo.

—El contrato dice —su voz me rozó los labios— que, como mi esposa, tienes estrictamente prohibido entrar a bares, discos o cualquier lugar similar. ¿Acaso no lo leíste?

Dicho esto, me soltó de golpe. No me besó.

Mientras seguía sermoneándome, yo rodé los ojos mentalmente.

—De ahora en adelante, estás vetada de estos lugares. Y, por lo de hoy, irás a la iglesia a confesarte con el pastor.

¿Iglesia? ¿Confesarme?

Mi pecho subía y bajaba con fuerza mientras me tragaba una carcajada.

«Cassian, ¿de verdad crees que sigo siendo la chica de mi vida pasada? ¿Tu muñequita obediente?»

En mi nueva vida prefería morirme antes que repetir ese error.

—¿Confesarme? —dije, casi gritando—. Ay, por favor. Sigue soñando, Don. ¿Y qué tiene que ver conmigo tu contrato? ¡Yo no me voy a casar contigo!

El silencio cayó como una bomba y Cassian giró de golpe la cabeza hacia mí, con los ojos oscuros, ilegibles.

Me sostuvo la mirada un largo instante… peligroso… antes de escupir cuatro palabras tensas:

—¿Qué… acabas… de… decir?

Se me aclaró la mente al instante. Si se enteraba de que la novia había cambiado, de que lo había «plantado»… no llegaría viva a tomar mi vuelo.

—Nada. Estaba enojada. No lo dije en serio.

Soltó el aire con fuerza.

—¿Cuándo vas a aprender a obedecer?

—Nunca. Nací así —respondí, sosteniéndole la mirada—. No me gusta que me controlen.

Mientras discutíamos, el Rolls Royce se detuvo frente a la villa de mi familia, de donde salió Demi con un vestido suave y una sonrisa dulce. La imagen perfecta de obediencia angelical.

Yo me reí por dentro, mientras pensaba:

«Cassian, ahí está. Ahí tienes a tu muñeca perfecta».

—Acabo de regresar de la iglesia —dijo Demi con voz melosa—. Me confesé en nombre de mi hermana, pidiéndole al Señor que perdone su temperamento orgulloso.

La mirada de Cassian volvió hacia mí, y el mensaje fue clarísimo:

«Mírala a ella y mírate a ti. Son dos mundos diferentes».

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