
Adiós sin Fecha de Regreso
Capítulo 3
Su cara cambió un poco, y su expresión mostró cierta vacilación.
Alcé las cejas a propósito, y, con tono alegre, le pregunté:
—¿Qué pasa? ¿No quieres acompañarme?
Abrió la boca, evitando mi mirad.
—No es eso... es que tengo miedo de que te canses mucho, además mañana tengo una junta en la empresa, ¿qué tal si lo dejamos para otro día?
Lo miré, me reí suavemente, y, con voz tierna y comprensiva, respondí:
—No importa, tu trabajo es más importante. Puedo ir sola.
Pareció aliviado, sonrió y me revolvió el cabello.
—Eres tan comprensiva —dijo con voz mimosa—, ¿qué haría sin ti?
El día de la cirugía, antes de salir, Ramón de repente sacó una pulserita y me la puso tiernamente.
—Esto es para ti. —Su voz era suave y sus ojos reflejaban la misma ternura de siempre.
Bajé la mirada, era la pulserita que venía de regalo cuando compró esa pulsera para Lana.
Mis dedos se tensaron poco, alcé la mirada, con una sonrisa, y, con voz tierna, mentí:
—Gracias, me gusta mucho.
Sus labios se curvaron levemente, me revolvió el cabello con suavidad, y, en voz baja, suspiró:
—Norma, siempre eres tan tranquila.
Antes de ir al hospital para la cirugía, decidí regresar a la casa familiar a ver a mis padres. Pero, antes de entrar, escuché claramente las voces de adentro.
Lana hacía berrinche, con tono descontento:
—¿De qué tiene que presumir Norma? ¡Ayer hasta me pegó en la mano!
—Aguanta un poco más, ¿no te ayudamos antes cuando dijiste que querías a su prometido? Esta vez igual, no te apures —la consoló mi madre, con dulzura.
Mi papá suspiró, y, con un tono cargado de cierta impotencia, añadió:
—Ay, ya no hagas travesuras, con tanto trabajo para que te casaras, si tus suegros se enteran de cómo vino este niño al mundo, habrá problemas otra vez, y también meterá en líos a Ramón.
—Lana, no te preocupes —se apresuró Ramón a consolarla, con voz tierna pero firme—, ayer traje el reporte del control prenatal, no hay problema, solo hay que esperar a que nazca el bebé. —Hizo una pausa y agregó—: Papá, mamá, no se preocupen por mí. Todo está bien. Por Lana haría lo que fuera.
Mis dedos se helaron, toda la sangre de mi cuerpo pareció congelarse al instante.
Resulta que todos sabían, que todo aquello había sido planeado por ellos.
Resulta que, de principio a fin, yo no era más que una pieza de ajedrez.
Poco después, la empleada llamó a la puerta para servir té.
Ramón abrió la puerta, distraído, e iba a recibir la taza de té, cuando su mirada se detuvo de golpe.
En la puerta, esparcidas por el suelo, estaban unas perlas sueltas, y la pulsera rota yacía ahí silenciosamente. Era la pulserita que él me había puesto esa mañana.
Su cara cambió al instante y su respiración se cortó. Se lanzó hacia la puerta y miró alrededor, con el pánico en sus ojos. Acto seguido, marcó mi número como loco.
Cuando contesté, su voz estaba llena de prisa e inquietud:
—Norma, ¿dónde estás? Déjame explicarte...
No dije nada.
—¡Norma! ¡¿Qué está pasando?! —Su voz se tornaba cada vez más desesperada—. ¡¿Dónde estás?!
En ese momento, al fondo en la llamada, se escuchó claramente la voz de una enfermera:
—Norma García, firme aquí el consentimiento para la cirugía.
Del otro lado de la línea, Ramón pareció ahogarse, su respiración se cortó de golpe, y, de pronto, enloqueció por completo.
—¿Cirugía? ¡¿Dónde estás?! ¡¿Qué cirugía te van a hacer?!
Su voz era casi un grito, llena de un pánico sin igual.
Miré la pantalla tranquila, deslicé el dedo suavemente por ella, colgando la llamada y…
Apagué el teléfono.
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