
Turbulencia En Medias De Seda
Capítulo 3
En ese momento solo podía mirar sus nenas, ni siquiera registré lo que me decía.
Las tenía tan apretadas con las manos que se desbordaban por encima de la ropa. Me moría por tocarlas, por saber cómo se sentían.
¿Y si se enojaba? ¿Y si se lo contaba a mis papás?
Pero esa noche ella había hecho todo eso frente a mí…
Ya no importaba. No aguantaba más.
Extendí la mano y agarré uno de sus melones que asomaba.
¡Dios! Era increíble. Suave, resbaladizo, esponjoso, tierno. Lo mejor que había tocado en mi vida.
La cara de la tía se puso roja y me apartó la mano.
—Mocoso, qué atrevido estás. No solo me robas las medias, ahora me manoseas también. ¿Quieres que le diga a tus papás?
La abracé por la cintura y me pegué bien a ella.
Sonreí con picardía.
—Si se lo dices a mis papás, yo le cuento al tío lo que hiciste esa noche en mi cuarto.
Se puso furiosa.
—¿Todavía te atreves a amenazarme?
“¿Y qué si te amenazo?”
Metí la mano bajo su ropa y le desabroché el sostén.
En cuanto sentí esa suavidad, se me puso duro al instante y se lo clavé en el vientre.
Ella empezó a calentarse entera, su cuerpo se ablandaba cada vez más.
Con voz caprichosa dijo:
—Oye… ¿por qué estás tan duro?
La acariciaba por todos lados sin parar.
—La verdad, tía, tú también me deseas, ¿verdad? Esa noche me mirabas distinto. Esto es puro fuego entre nosotros. Mejor ayúdame esta vez.
Ella me empujaba con fuerza, pero no podía conmigo.
—No, no puede ser. Si tu tío se entera, nos va a ir muy mal.
Bajé la mano dentro de sus pantalones. Tenía los dedos llenos de su humedad.
—Tía, estás empapada. Debe ser difícil aguantar, ¿no? Tu sobrino no es cualquier desconocido. Déjame ayudarte.
Jadeaba fuerte y entreabrió la boca.
—La verdad yo también lo quiero mucho, pero tu tío está aquí al lado. Si nos ve…
Justo en ese momento se escuchó la voz del tío.
—Violeta, ¿dónde estás? Tengo que salir un rato.
La tía se zafó rápido de mis brazos, se arregló la ropa y abrió la puerta.
—Aquí estoy con Fabián. Tiene una tarea que no entiende y me pidió ayuda.
Por la rendija vi al tío con un maletín en la mano.
—Tengo un imprevisto en la compañía. Voy a quedarme a trabajar, no regresaré a cenar.
—Está bien, ve con cuidado.
En cuanto escuché cerrarse la puerta principal, levanté a la tía en brazos y la tiré sobre la cama.
Ella también tenía cara de emoción.
—Mocoso, no te pases, ¿eh?
Le quité los zapatos, tomé sus pies suaves y los acerqué a mi cara. Respiré hondo.
—¡Uf! Tía, qué rico hueles.
Después le quité la blusa. Sus dos nenas grandes saltaron frente a mí, con sus pezoncitos rosados.
Llevaba tanto tiempo soñando con ellas y ahora las tenía ahí.
Me lancé y me metí uno en la boca, chupando suave.
El cuerpo de la tía temblaba, su voz sonaba cada vez más sensual y aún intentaba empujarme con una mano.
—No… no, esto no está bien.
Le sujeté las manos. Con la otra le bajé los pantalones y toqué su ropa interior completamente mojada.
—Tía, estás empapada y todavía finges. Hoy solo disfruta.
Se mordió el labio. Sus piernas se abrieron solas un poco y su entradita rosada palpitaba.
La levanté por las piernas y me las puse sobre los hombros.
—Si vas a abrirlas, ábrelas bien. ¿Qué voy a hacer así?
Obediente, las abrió más. Allá abajo ya era un río.
Llevaba días aguantando, estaba hinchado a reventar.
¡Por fin iba a liberarme!
—Tía, aguanta un poco. Ya voy.
Apunté al centro, empujé la cadera y entré duro…
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