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Portada de la novela Solo La Muerte Es Libertad

Solo La Muerte Es Libertad

El devastador diagnóstico de cáncer de la protagonista de Solo La Muerte Es Libertad solo desata la crueldad de su esposo, quien la acusa de mentir para competir con su hermana, mientras su propio hijo la rechaza con odio. Sin espacio para el llanto ni los reclamos, ella decide guardar el secreto de su enfermedad y planificar su propio deceso en silencio. En dos semanas abandonará la ciudad para buscar una muerte digna y en paz, privando a su egoísta familia de cualquier oportunidad de redención.
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Capítulo 8

Daniel dejó de fijarse en Evelyn.

—Así es. Si Evelyn no te hubiera invitado a salir, nunca te habrían secuestrado. ¡Si lo piensas bien, todo esto es su culpa! Como es su culpa, ¡ella es quien debe pagar! Ella está sana. No le va a pasar nada por quedarse aquí una noche.

Aunque Evelyn ya se esperaba algo así, sus palabras le provocaron una punzada tan fuerte que apenas podía respirar.

No había tomado analgésicos en todo el día. Sus labios no dejaban de temblar y ni siquiera pudo protestar.

¿Así era como se veía un cuerpo sano ante sus ojos?

Evelyn casi se rio, pero su estómago se revolvió con tanta violencia que sintió que se le daba la vuelta. Dolor agudo la atravesó y luego un borbotón de sangre le subió por la garganta. Se dobló sobre sí misma y vomitó una mancha espesa de color rojo oscuro sobre el suelo.

Daniel y Noah se quedaron paralizados, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¡Evelyn!

—¡Mamá!

Zoe se puso pálida y, un segundo después, estalló en llanto.

—¡Nunca pensé que serías capaz de llegar tan lejos solo para que Daniel y Noah sientan lástima por ti! ¿Prefieres morderte los labios hasta sangrar? Si te quieres ir, solo dilo. ¿Por qué tienes que hacerte daño?

La cara de Daniel se endureció y sus facciones se deformaron en un gesto de asco.

—¿Cuántas veces vas a salir con el mismo truco?

Noah soltó una carcajada burlona.

—¡Mamá, en serio no tienes vergüenza!

Era capaz de fingir que escupía sangre con tal de que la rescataran primero. Si eso no era ser una sinvergüenza, ¿entonces qué era?

Cualquier rastro de piedad que habían sentido por ella se esfumó en ese momento.

—Dejen ir a Zoe —dijo Daniel con firmeza—. En cuanto a Evelyn... ¡hagan lo que quieran con ella!

Su mirada se volvió cortante y su expresión era dura como la piedra. Ya era hora de darle una lección a Evelyn para que aprendiera cuál era su lugar. Solo si dejaba de hacer esas estupideces podrían volver a ser una familia feliz.

Noah asintió, de acuerdo con él.

En cuanto los secuestradores empujaron a Zoe hacia ellos, Daniel y Noah corrieron a desatarla.

Evelyn temblaba de pie por el dolor en el estómago, pero ninguno de los dos le dedicó ni una sola mirada.

Después de revisar a Zoe, vieron que solo tenía unas marcas superficiales de las cuerdas y ni un solo moretón. Daniel y Noah suspiraron aliviados. Supusieron que Evelyn estaría igual que Zoe: ilesa. Creían que los secuestradores solo buscaban dinero y que los rehenes no sufrirían daño.

—Mañana es nuestra boda. Vendré por la mañana con otros cinco millones para salvarte —dijo Daniel. Y tras decir eso, se dio la vuelta para irse.

Evelyn se aferraba al último hilo de conciencia que le quedaba.

—¡Daniel!

Cuando el dolor llegó a su límite, su cuerpo se entumeció de forma extraña, como si algo en su interior hubiera apagado el sufrimiento. Se obligó a mantenerse firme. En ese último momento, solo había una pregunta que quería hacer.

Preguntó en voz baja, con la voz ronca:

—Si yo fuera la que tiene cáncer... Si fuera yo la que se está muriendo, ¿te arrepentirías?

Al ver su cara pálida y demacrada, Daniel sintió una punzada. Un escalofrío de miedo lo recorrió. Por primera vez, se sintió genuinamente inquieto. Sin embargo, se sacudió esa sensación.

¡No! ¡Imposible!

—¿Cuánto tiempo vas a seguir con este teatro? —estalló, molesto.

¿Por qué? ¿Por qué no dejaba de decir cosas que se sentían como si le estuvieran dando hachazos?

Evelyn viviría mucho tiempo. Los tres vivirían felices como una familia. Así era como debía ser.

Daniel dijo con dureza:

—¡Si tanto insistes en fingir que estás enferma, entonces espero que se te cumpla!

Todavía ardiendo de furia, tomó a Zoe y se fue sin mirar atrás.

Al segundo siguiente, los secuestradores empujaron a Evelyn sobre una cama y empezaron a romperle la ropa.

—Zoe sí que sabe cómo manejarlos. Ese par se lo creyó todo —se burló uno de ellos.

—Son unos idiotas —suspiró el otro—. Daniel en serio dejó a su esposa por esa mujer manipuladora. ¿No tiene idea de lo que puede pasar si ella pasa la noche con nosotros dos?

—¿A quién le importa? Haremos exactamente lo que Zoe nos pidió. ¡Llenen a Evelyn de chupetones y aviéntenla en el lugar de la boda mañana!

—¡Maldición, esto es genial! ¡Por fin nos vamos a acostar con la esposa de Daniel!

La garganta de Evelyn se cerró y sacudió la cabeza hacia un lado mientras otro chorro de sangre salía de su boca. Sentía el estómago como si se lo estuvieran partiendo a la mitad con una sierra. El dolor la desgarraba con tanta fuerza que todos sus músculos se tensaron. La sangre subió con fuerza e incluso empezó a salirle por la nariz.

Los dos hombres se pusieron blancos. Uno de ellos levantó un dedo tembloroso y lo puso bajo su nariz para ver si seguía respirando. Un segundo después, se fue de espaldas y cayó sentado, con pánico.

Evelyn se encogió sobre sí misma, mientras su visión parpadeaba entre luces y sombras y un zumbido le taladraba los oídos.

La misma frase se repetía una y otra vez en su cabeza.

“¡Si tanto insistes en fingir que estás enferma, entonces espero que se te cumpla!”

Las lágrimas resbalaron por las esquinas de sus ojos mientras se le escapaba una risa rota. ¿Él quería que se le cumpliera?

Entonces, les deseaba lo mismo. ¡Que a todos se les cumpliera lo que estaban pidiendo!

Daniel no tendría que volver a verla. Mañana, en la boda, podría estar ahí sonriendo y casarse con la mujer que realmente amaba.

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