
Renací y Me Convertí en Reina
Capítulo 3
—Señorita Manzur, sé que no te casas conmigo por voluntad propia. Pero puedo garantizarte algo: todo lo que yo tenga, lo compartiré contigo. No tienes por qué preocuparte por el dinero.
Volví en mí y lo vi de pie a mi lado. El aroma del incienso que llevaba me llegó a la nariz: frío, limpio y, sin embargo, extrañamente tranquilizador.
Alcé la vista, sonreí y le dije:
—No tengo ninguna queja. Elegirte fue la mejor decisión de mi vida. Y de ahora en adelante, llámame Sonia.
Una emoción fugaz le cruzó los ojos; después asintió.
***
El día de la boda, por parte de los lobos la ceremonia fue muchísimo más grande que en mi vida pasada.
Daniel, siguiendo el gusto de Diana, tiñó todo el territorio del norte de rojo. El palacio estaba lleno de faroles y adornos, y hasta invitaron a los elfos —que casi nunca se dejan ver—, además de enanos, centauros y una bruja poderosa. Del lado humano, prácticamente todos los nobles fueron a celebrarlo.
Por parte del Clan de los Dragones Negros, solo asistieron los del clan.
Antes de subir a la carroza nupcial, Diana se me acercó a propósito para presumir delante de mí. Su vestido era ligero y no alcanzaba a cubrir las marcas sugerentes en su piel.
—Yo ni sabía que los lobos tuvieran tanta energía. A este paso, pronto voy a tener un heredero.
La miré, tan satisfecha de sí misma, y sonreí apenas.
—Ojalá se te cumpla.
Era un sueño demasiado bonito para ser verdad.
Los genes humanos y los de los lobos o los dragones no eran compatibles; aunque lleváramos la Bendición, para lograr un embarazo natural hacían falta al menos tres años. En mi vida pasada, yo lo conseguí a costa de todo, apostándolo todo, usando mi propio poder como moneda de cambio para tener a Oscar.
Diana sabía que yo quedé embarazada a los seis meses de casada. Y en esta vida, desde el principio, andaba diciendo por todos lados que ella tendría un hijo en menos de seis meses. Daniel le creyó. Los suyos también.
Yo lo dejé pasar con calma.
Ella soltó una risa fría:
—Tampoco te creas tanto. Te metiste al Clan de los Dragones Negros, ese clan tan venido a menos; escuché que allá ni agua caliente tienen en invierno.
Se giró para subir a la carroza, pero la tomé del brazo y la jalé de vuelta.
—Diana. Discúlpate.
Me empujó, furiosa.
—¿Estás loca o qué?
Nos enfrascamos en una discusión, y los invitados empezaron a rodearnos, mirando como si fuera un espectáculo.
Mi padre llegó, preguntó qué pasaba y al final obligó a Diana a disculparse frente a todos.
Por más decadente que estuviera el Clan de los Dragones Negros, nadie tenía derecho a pisotearlos y humillarlos en público.
Antes de irse, Diana apretó los dientes y me susurró al oído, con odio:
—En esta vida, la reina de las tres razas seré yo.
***
La noche de bodas, cuando Lorenzo se quitó la ropa, me quedé sin aire.
Tenía hombros anchos, cintura estrecha y una musculatura marcada y definida. Su torso desnudo estaba cubierto de marcas dracónicas de un tono dorado oscuro, como si una sombra de fuego se hubiera quedado grabada en la piel. A la altura de la cintura, asomaban escamas que destellaban con un brillo frío.
De la cintura hacia abajo, sus piernas se veían firmes y tensas, con músculos proporcionados… pero su sola presencia resultaba imponente, irradiando una potencia brutal difícil de ignorar.
Me paralicé un instante. No supe dónde poner las manos, ni qué decir. Él lo notó, y esa pequeña vacilación pareció bajarle el ánimo; se volvió a poner la camisa y dio un paso para irse.
Lo sujeté de la manga.
—¿A dónde vas?
Apretó la tela entre los dedos.
—Si no quieres, no voy a obligarte.
Sus ojos se apagaron.
Le arranqué la camisa de encima y lo atraje hacia la cama.
Su presencia, salvaje y dominante, me envolvió por completo.
—Me vas a hacer sentir bien, ¿sí?
Cerré los ojos.
Él se quedó quieto un segundo y después sus besos cayeron con fuerza, ardientes, recorriéndome sin darme escapatoria.
Esa noche fue larga, tan larga que no me soltó hasta casi el amanecer.
***
Tres meses después, llegó una noticia desde el norte: Diana estaba embarazada.
Me quedé congelada, al menos un minuto.
En los dos mil años de la Alianza, jamás había existido un caso de embarazo natural entre una humana y un hombre bestia en solo tres meses.
Pero yo lo vi con mis propios ojos: su vientre ya estaba abultado.
Del lado de los lobos organizaron una fiesta enorme. Todas las facciones fueron a felicitarla.
Daniel estaba sentado en el lugar principal, feliz, radiante.
Los invitados se agolparon para adularlo, y al mismo tiempo para asegurarse beneficios futuros. Para todos, ya no había duda: Daniel era el próximo señor de las tres razas.
Lorenzo y yo deberíamos haber quedado en un rincón, pero era obvio que Diana lo había ordenado: nos acomodaron justo a su lado.
Ella, con la panza en alto, me miró con una sonrisa en los labios.
—¿De qué te sirve ser hija legítima? Con la Bendición y todo, tu fertilidad sigue siendo un desastre.
La miré sin emoción y levanté mi copa.
—Según los registros, el caso de embarazo híbrido más rápido se logró después de cuarenta meses. Tú lo lograste en tres. En el fondo, tú mejor que nadie sabes de dónde salió ese milagro.
Su expresión cambió.
—¿Qué estás diciendo? ¡Estás inventando!
Ni siquiera quise mirarla. Me puse de pie.
—Que tengas un parto sin problemas.
El embarazo de los hombres bestia duraba cuatro meses. El bebé crecería cada vez más rápido. Y apenas iba empezando, pero ella ya se veía mucho más pesada.
Cuando llegara el momento de parir, iba a saber lo que era sufrir.
***
Tres meses después, corrió otra noticia desde el norte: Diana tuvo un parto difícil. Fueron cinco días y cinco noches hasta que por fin nació el niño.
Pero pasaron quince días y Daniel no organizó ninguna celebración. Ni siquiera dejaban que nadie viera a Diana y a su hijo.
Ese niño tenía un problema.
Quince días después, mi padre me llamó de repente para volver a casa.
Yo fui con Lorenzo.
Apenas cruzamos el salón, escuché el llanto desgarrador de Diana.
Y entonces la vi: tenía en brazos a un cachorro de lobo gris.
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