
Renací para destruir el trono de mi hermana
Capítulo 3
Los de la Sangre, tan orgullosos de su linaje, sabían perfectamente cómo lucirse. Hasta un simple compromiso lo convertían en todo un espectáculo.
Al evento llegaron criaturas de todo tipo, envueltas en capas y sombras, oliendo a perfumes extraños que se te pegaban a la piel. Todos traían regalos y reliquias, dándoselas de importantes y tratando de quedar bien con la familia.
Elsa apareció del brazo de Sebastián. Su vestido era de un blanco que dolía a la vista, resaltando contra esa alfombra roja que parecía un rastro de sangre.
Tenía las mejillas encendidas y los ojos le brillaban. Caminaba como quien por fin se siente dueña del mundo.
Cuando me vio, inclinó la cabeza con arrogancia y movió los labios sin decir una palabra, solo para que yo leyera: inútil.
Y sí, claro que lo soy.
Lo que ella no sabía era que estaba a punto de dar un paso directo al infierno. En ese momento, no sabía cuál de las dos daba más lástima.
Pero su sonrisa no duró nada. Sebastián agarró una copa y se la puso en las manos sin decir nada.
—Tómatela —le soltó sin vueltas—. Delante de los ancianos, nuestro compromiso queda sellado.
Elsa la agarró rápido, lista para vaciarla de un trago. Pero antes de que el cristal tocara sus labios, un olor metálico y espeso le dio de lleno en la nariz.
Elsa palideció en un segundo y soltó la copa sin pensarlo.
—¿Por qué le pusieron plata sagrada al vino? —preguntó con la voz temblorosa.
La plata sagrada es veneno para nuestra magia. Ni siquiera un hechicero con siglos de experiencia sale bien librado de una sola copa.
No te mata, pero te va comiendo el poder hasta dejarte en la nada. Te condena a una debilidad que se arrastra por meses, una vida que termina siendo peor que la muerte
En mi otra vida, me hicieron exactamente lo mismo. Pero en ese entonces, ni se me ocurrió decir que no.
Yo sabía que mi vida no valía nada frente al orgullo de los de la Sangre. Si dejaba en ridículo a Sebastián delante de todos, lo único que iba a lograr era terminar como un simple objeto que él usaría a su antojo.
Así que, aunque me temblaban las manos, me la tomé toda.
Durante toda la ceremonia tuve la cabeza pesada, como si caminara entre la niebla.
A él no le importó. Al fin y al cabo, para Sebastián yo solo era una herramienta: un cuerpo para pagar una deuda, un vientre para darle un heredero.
¿A quién le va a importar cómo se siente una herramienta?
Elsa, en cambio, no tenía la menor idea de dónde se estaba metiendo. Arrugó la cara, se lanzó contra el pecho de Sebastián y se quejó con voz de niña consentida:
—Yo no quiero tomarme eso.
No se dio cuenta de cómo le cambió la cara a Sebastián al oírla. Por respeto a los invitados, él todavía hizo el intento de hablarle con calma:
—Elsa, es una tradición muy vieja de mi familia. No hagas un escándalo frente a todo el mundo.
Lo normal hubiera sido dejar las cosas así. Cuando un príncipe como él cede tanto, lo mejor es saber cuándo parar.
Pero ella siguió tentando a su suerte, como si no fuera capaz de oler el peligro que tenía enfrente.
—No me importa tu tradición —contestó ella, ya harta—. Las brujas odiamos la plata sagrada. No me la voy a tomar ahora ni quiero volver a verla nunca.
Esas palabras cayeron como un insulto entre los ancianos. Para ellos, beber el veneno del compañero es la prueba máxima de lealtad.
No es solo un rito, es una forma de decir que le perteneces, que te has rendido ante ellos.
Con lo que dijo, Elsa no solo pisoteó la tradición, sino que les escupió en la cara a todos los de su linaje.
Como era de esperarse, los murmullos entre los nobles empezaron a correr como el fuego.
Eran puros chismes cargados de veneno. Se quejaban de que Elsa no sabía comportarse, y más de uno ponía en duda si Sebastián de verdad había elegido bien
Esos comentarios, por supuesto, no tardaron en llegar a oídos del príncipe. En ese momento, se le acabó la paciencia.
—Te lo voy a decir una sola vez más —dijo, con la voz completamente helada—. Tómatela.
Elsa se quedó helada. No se esperaba que él le hablara en ese tono.
Temblando, volvió a agarrar la copa y se la tomó de un trago. Pero ya era tarde. El ambiente, las miradas, esa chispa que había en el aire... todo se había echado a perder.
Sebastián terminó con el protocolo por pura cortesía y, en cuanto pudo, se dio la vuelta con un movimiento brusco de su capa. Se fue sin volver a ver a la novia ni una sola vez.
Elsa se quedó ahí plantada en medio del salón, sin saber qué hacer.
Apenas ayer se deshacían en susurros y caricias, y hoy, por una simple copa, parecía que se hubiera levantado un muro de hielo entre los dos.
No pude evitar soltar una risita por lo bajo.
Qué ingenua.
Para los de la Sangre, no hay nada por encima de su orgullo. Una esposa que solo estaba ahí de adorno, para las fiestas y para las fotos, nunca debería olvidar cuál es su lugar.
Y Elsa, que juraba que por fin habían llegado sus "días felices", no tenía ni idea de que lo peor apenas estaba comenzando.
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