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Portada de la novela Regreso a Hace Diez Años

Regreso a Hace Diez Años

Tras diez años de desprecio y un trágico sacrificio donde Leandro dio su vida por ella, su viuda queda devastada por el dolor y el rechazo de su familia política. Tres años después, un revolucionario avance científico le permite viajar al pasado. Decidida a corregir los errores que arruinaron sus vidas, regresa a hace diez años con una firme promesa: no volver a cruzarse en el camino de Leandro y permitir que sea feliz con Clarisa, aunque eso signifique desaparecer para siempre.
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Capítulo 2

—Leandro... mañana lo entenderás —le dije, sonriéndole con dulzura—. Tengo una sorpresa para ti.

—Hoy estás rara... ¿Qué pasa? —preguntó, mirándome de reojo con el ceño fruncido—, ¿Tan emocionada estás por casarte conmigo que perdiste la cabeza?

«Y sí... sí que estoy feliz», pensé. «Porque por fin te volví a ver... vivo.»

Le sonreí con ternura.

—Yo creo que eres la mejor persona del mundo. La mujer que se case contigo será muy afortunada.

Soltó una risa seca y se giró para irse. Si no supiera que no le gustaba, casi pensaría que se sonrojó.

A nuestro lado, una pareja hablaba animadamente.

—¡Esta noche habrá una lluvia de estrellas que solo ocurre una vez cada cien años! Dicen que si una pareja la ve junta, estarán juntos toda la vida. ¿Vamos, amor?

Mis pasos se detuvieron de golpe, recordando esa misma noche en mi vida pasada. Yo, tonta y esperanzada, traté de convencer a Leandro de que fuéramos juntos a ver la lluvia de estrellas.

A cambio, solo recibí su sarcasmo:

—¿Crees que una pareja superficial puede durar solo por ver unas estrellas fugaces? ¿Entonces si todo el mundo las ve al mismo tiempo, ya no existirán los divorcios? ¿En qué mundo vives?

Esta vez... no esperaba nada.

Pero entonces, su voz me sorprendió.

—Si quieres ver estrellas, te acompaño. Pero ni sueñes con luna de miel, estoy lleno de trabajo.

Me giré a mirarlo, confundida. Y en ese momento lo entendí.

Leandro siempre había tenido un carácter difícil, pero un corazón noble. Si no fuera así, jamás habría dado su vida por mí... tres veces.

La primera fue a los dieciocho años. Me asaltaron en un callejón, y él saltó a defenderme, permitiendo que le cortaran la mano derecha con una navaja. La herida le dañó el nervio radial, por lo que, desde entonces, no pudo volver a tocar el piano. Su sueño se extinguió esa noche.

La segunda fue durante un terremoto. Mientras estábamos atrapados bajo los escombros, me convenció de comer y beber lo poco que quedaba, mientras me sonreía diciéndome que todo estaría bien. Si el rescate hubiera llegado un poco más tarde, habría muerto por mí.

La tercera... fue la última. Cuando el camión que iba a toda velocidad hacia mí, él corrió, me abrazó, recibiendo el impacto, y el vidrio que, me habría matado a mí, se clavó en su cabeza...

Yo salí apenas con rasguños, mientras que él… no volvió a despertar.

Tres veces. Me salvó tres veces. ¿Cómo se deja de amar a alguien así?

Leandro frunció el ceño con impaciencia.

—¿Vas a ir o no a ver las estrellas?

Salí de mis pensamientos y le sonreí.

—Claro que sí. Esta noche, vamos juntos.

Su expresión se suavizó un poco, y detuvo un taxi.

—Primero te llevo a casa. Más tarde paso por ti y vamos al observatorio.

Justo entonces, su celular sonó, y, cuando atendió, su rostro se transformó.

—Clarisa se lastimó la mano. Voy a verla. Vuelve sola.

—Está bien —asentí con naturalidad.

Él me miró con extrañeza.

—¿No se supone que antes te morías de celos cuando iba a verla? ¿Qué te pasa hoy?

Abrí la boca, pero no llegué a responder.

—Ah, claro... —repuso, soltando una carcajada seca—, ya estamos casados. Supongo que ahora te sientes segura. Ella ya no representa una amenaza, ¿verdad? Avísame cuando llegues. Me voy.

Subió al taxi sin mirar atrás, sin ver mi sonrisa amarga… ni el vacío en mis ojos.

Solo intenté separarlo de Clarisa una vez.

Fue cuando yo, junto con sus padres, descubrimos a Clarisa besándose con un hombre mayor en plena calle. Cuando investigamos, nos dimos cuenta de que ella llevaba tiempo siendo mantenida por diferentes hombres.

Ahí fue cuando quise protegerlo y frenar cualquier vínculo con ella. Pero él nunca lo supo. Y cuando Clarisa murió, su dolor lo consumió durante una década.

Si tengo que elegir, prefiero verlo con ella... a verlo destrozado, lleno de odio, muriendo por mí.

Porque la culpa, cuando no se apaga... también mata.

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