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Portada de la novela Nunca te decepcionaré

Nunca te decepcionaré

Tras cinco años de matrimonio sin intimidad, la traición del CEO Javier Cano queda expuesta con una reserva de hotel. Al mismo tiempo, fotos íntimas de su esposa son filtradas en el trabajo, desatando humillaciones que provocan la muerte de su enfermo padre. Ante la ausencia de Javier en el funeral, ella decide confrontar a su suegra para exigir el divorcio. Revela así que solo aceptó el pacto de cinco años para financiar el costoso tratamiento de su padre, un plazo que finalmente ha expirado.
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Capítulo 1

Tras cinco años de matrimonio sin sexo, me llegó un mensaje de una reserva de hotel de mi esposo con otra mujer.

Al segundo siguiente, alguien envió al grupo de chat del trabajo varias fotos en las que aparecía yo con ropa sensual para seducir a mi esposo, quien me rechazó con frialdad.

Seguidamente, aparecieron comentarios burlones:

"Esta mujer obligó al CEO, Javier Cano, a casarse con ella, pero él mantuvo su pureza después de dejar a su verdadero amor."

"El CEO la aguantó cinco años, es comprensible que no pueda aguantar más y se reencuentre con su amada."

Mi padre, ya de por sí enfermo, no soportó las noticias y falleció, pero mi esposo ni siquiera apareció en su funeral.

Esa noche, me arrodillé frente la madre de Javier y le propuse nuestro divorcio.

-Al principio, usted dijo que yo era la persona destinada para Javier, que casarnos le aseguraría un futuro brillante, y acepté al acuerdo de cinco años porque usted aceptó pagar voluntariamente un tratamiento médico de precio exorbitante. Ya que el plazo se ha cumplido, debe dejarme ir.

1

La señora Cano me miró con un atisbo de impotencia en sus ojos.

-Hace años, hice que le echaran las cartas a Javier. Si seguía con Sofía Blanco, causaría un gran desastre y arruinaría toda la fortuna familiar. Y tú, quien llevabas años enamorada de él, tenías justo las cualidades ideales para ayudarlo a salir adelante, ya que las cartas decían que le podrias traer prosperidad. Por eso, se me ocurrió cubrir los gastos médicos para hacer que te casaras con él. No pensé que esto causaría el fuerte rechazo de mi hijo hacia ti, y que la gente malinterpretara la situación. Has sufrido mucho en todos estos años, ya que parece que está destinado a enfrentarse a esta prueba, déjalo ir.

La señora Cano me hizo un gesto, por lo que me levanté y regresé a mi habitación.

Mi teléfono vibraba sin parar, era Sofía Blanco.

Seguidamente, fotos íntimas aparecieron ante mis ojos, una tras otra.

Javier, usualmente frío y distante, aparecía con la mirada perdida besando el empeine de Sofía.

Recordé que en la noche de bodas, me confesó que era un creyente devoto de Dios, y que ya había renunciado a todos sus deseos carnales. Esa actitud fría, comparada con la expresión de la foto, lo hacían parecer dos personas completamente diferentes.

Evidentemente, pude notar la arrogancia de Sofía.

-Sandra Cruz, a pesar de que has conseguido estar con Javier, él todavía me quiere. Con solo un gesto mío, vuelve a mi lado de inmediato.

Ese hombre borró el último atisbo de esperanza de mi corazón el día del funeral, por lo que ya me daba igual todo lo relacionado con él.

Respiré hondo y dije con calma:

-Solo piensa, ¿qué animal trataría un hueso roído como un tesoro y lo alardearía por todas partes?

En la ventana de chat parpadeó varias veces "Escribiendo...", pero al final, no recibí nada.

Probablemente, se había refugiado en los brazos de Javier para llorar y acusarme de ser arrogante y déspota.

Después de todo, ella era una experta en sembrar discordia y crear conflictos.

Miré la urna con las cenizas de mi padre, y me recordé a mí misma que no podía repetir los mismos errores.

Las últimas palabras de mi padre resonaron en mis oídos:

-Sandra, he sido una carga para ti. Después de mi fallecimiento, ve y persigue la vida que deseas.

Apreté los puños. En ese entonces, para reunir el dinero del tratamiento de mi padre, renuncié a la oportunidad de estudiar en el extranjero y elegí casarme y complacer a Javier.

Ya que todas las ataduras habían desaparecido, llamé a mi mentor con nerviosismo.

-Justo tengo un proyecto de investigación sobre inversiones internacionales, y eres la más adecuada.

No preguntó por qué había cambiado de opinión, simplemente me aceptó de inmediato.

Al siguiente segundo, mi puerta fue abierta violentamente de una patada.

Era Javier, quien había venido con Sofía.

El primero estaba pálido de la ira, apenas conteniendo su furia, logró decir:

-Discúlpate con Sofía.

Detrás de él, esta lloriqueaba, pero en sus ojos, solo había desafío.

-Solo dije que está mal entrometerse en la relación de otros, y menos cuando no se es amado, pero ella me insultó y me humilló. Javier, ¿de verdad me equivoqué?

Sofía parpadeó, y sus lágrimas cayeron sobre las cuentas de la pulsera de Javier. La angustia en los ojos de este se intensificó.

-¡Sandra Cruz! Si no te hubieras confabulado con mi madre y obligado a casarme, ¿cómo habríamos llegado a este punto? Tú misma te buscaste esto, así que deberías asumir las consecuencias. Discúlpate con Sofía, y podré perdonar lo que le hiciste.

El tono de Javier era altanero, como si le estuviera haciendo un gran favor.

Querer que yo, su esposa, me disculpe con su amante, qué absurdo y ridículo.

Y justo me estaba pasando a mí.

Lo miré en silencio y dije.

-Ya que la quieres tanto, divorciémonos.

Javier se quedó paralizado, mirándome fijamente.

-¿No es que la amas hasta la médula? Acepto el divorcio, les dejo en paz, ¿satisfecho ahora?

Al oír esto, Sofía sonrió y abrazó a Javier, diciendo feliz:

-Qué bien, Javier. Así podremos...

-¿A qué estás jugando ahora?

Javier no la dejó terminar. Entre sorprendido y enojado, soltó:

-¿Quieres que Sofía cargue con el nombre de ser una rompehogares? ¿Qué quieres que la gente piense de ella?

Pareció haber encontrado por fin una excusa válida y reiteró:

-No me divorciaré de ti. Quiero que asumas las consecuencias de lo que hiciste, sufriendo por el resto de tu vida.

Al ver que el hombre no se casaría con ella, la sonrisa de Sofía se congeló.

La obsesión y el odio aparecieron brevemente en su rostro.

Javier no me dio oportunidad de responder.

Tomó la mano de Sofía y se fue apresuradamente, dejando mis pensamientos hechos un desastre.

2

Ordenando mi habitación, tiré a la basura los regalos acumulados en un rincón que nunca pude entregar.

Cada año, preparaba una sorpresa de cumpleaños para Javier, y todas las veces, él encontraba alguna excusa para refugiarse en la iglesia.

Decía que, siendo creyente, había renunciado a lo mundano y ya no lo celebraba.

Sin embargo, justo a la medianoche, una foto de él con Sofía apareció puntualmente en las redes sociales.

Provocaciones descaradas y malintencionadas como esa aparecían constantemente en mi vida.

Pero ahora, por fin, era libre.

Envié mi equipaje a la universidad y tramité mi renuncia en la empresa.

Marta López, de recursos humanos, pensó que lo había hecho por no soportar la presión y, con buenas intenciones, me recomendó un lugar al oeste de la ciudad conocido por dar suerte.

Habiendo trabajado juntos tantos años, yo la había ayudado en numerosas ocasiones.

Por lo que en ese momento, le resulto duro verme derrotada.

Insistió en llevarme a la montaña para despejarme de mi mala racha.

No pude negarme y juntas, escalamos hasta la cima.

Tras llegar, vi a Javier y a Sofía de pie, juntos bajo un antiguo árbol milenario, mirándose intensamente.

El lugar bullía de gente, y se oían murmullos por todas partes.

Pero, justo entonces, el juramento que Javier estaba haciendo llegó nítido a mis oídos:

-Yo, Javier Cano, juro por toda mi fortuna que solo amaré a Sofía Blanco en esta vida. Si incumplo esta promesa, perderé todo lo que tengo y moriré de la peor...

Sofía le tapó la boca de inmediato, diciendo con suavidad:

-Javier, te creo.

Lentamente, la joven desató la pulsera de la muñeca de Javier, quien la observaba con cariño.

La pieza cayó en la hierba, sin dejar rastro.

Ambos se fundieron en un abrazo, y se besaron apasionadamente, olvidando el resto del mundo.

Me quedé quieta en el lugar, mirándolos fijamente.

Una ráfaga de viento agitó las hojas de los árboles, Javier alzó la vista y nuestras miradas se encontraron.

Sonreí, miré la pulsera roja que llevaba tras mover montañas y mares, la que supuestamente iba a proteger nuestra relación.

Frente a Javier, me la quité, la arrojé al suelo y la pisoteé.

Vi cómo cerraba las manos en puños y contenía la respiración.

Di media vuelta y me preparé para irme.

Al verme partir sin dudar, Javier dio un paso instintivo hacia adelante.

Sofía, al notarlo, preguntó:

-¿Qué pasa, Javier? Tu corazón late muy rápido.

Cuando esta intentó volverse para mirarme, él le cubrió los ojos y dijo:

-Nada, solo he visto a alguien sin importancia.

Diez años enamorada de él, cinco de matrimonio, reducidos a "alguien sin importancia".

Pero, a diferencia de tiempos anteriores, no sentí tristeza ni derramé lágrimas.

Después de todo, pronto dejaríamos de vernos, por lo que no valía la pena pensar en que si alguna vez me amó.

***

El día siguiente sería la cena familiar que se celebraba cada mes. La señora Cano me dijo que le gustaría compartir una última cena para despedirnos.

Acepté, al fin y al cabo, durante estos cinco años, ella siempre fue amable conmigo.

3

Esa noche, Javier Cano regresó a casa inesperadamente, con una elaborada tarta de cumpleaños en las manos.

Me sorprendió, ya que después de todo, era la primera vez que él daba un paso para la reconciliación.

Hace mucho tiempo, cuando recién nos habíamos comprometido y yo aún tenía mis ilusiones,

mencioné una vez mi cumpleaños. Cuanto más se acercaba la fecha, más crecían mis expectativas.

Pero llegado el día, no veía ni rastro de Javier, mucho menos algo que me preparara.

Cuando lo llamé, él soltó una risa fría.

-Me obligas a separarme de Sofía, y además me exiges que te ame. Sandra Cruz, ¿no crees que eres demasiado codiciosa?

Solo entonces, supe que él me odiaba desde hacía tiempo.

A partir de ese día, nunca más volví a mencionar nada relacionado conmigo.

Pensé que Javier había olvidado por completo mi cumpleaños.

No esperé que lo recordara, solo que no le daba importancia.

-Feliz cumpleaños.

Javier me sonrió, pretendiendo lucir tranquilo.

Él era un experto fingiendo: si no mencionaba nada, podía hacer que nada pasó y continuar con una vida tranquila.

Lo miré sin decir nada.

Su sonrisa se congeló, recorrió la habitación con la vista y buscó incómodamente un nuevo tema de conversación.

-Sandra, ¿por qué ya no están tus cosas?

Noté de inmediato el tenue rubor en su cuello.

Ni siquiera varias capas de maquillaje pudo ocultar la marca.

Probablemente vino apenas se levantó de la cama.

Respiré hondo.

-Solo eran cosas viejas, solo ocupaban espacio. Además, siempre te quejaste de que compraba trastos inútiles, ¿no?

Mi tono fue cortante, sin disimular mi disgusto.

Mi reciente actitud pareció inquietar a Javier, quien, inusualmente, se mostró amable.

-He pensado que lo que hizo Sofía estos días fue demasiado lejos.

Extendió la mano para acariciar mi cabello.

El gesto que tanto anhelé en el pasado ahora me provocaba náuseas.

Me aparté, esquivándolo.

-Borraré esas fotos y chats, y despediré a quienes difundieron los rumores. No debes preocuparte en que si afectará a tu trabajo.

Javier tomó una cucharada y la acercó a mis labios con un trozo de pastel.

-Hace tiempo que no visitamos a tu padre. ¿Cómo está de salud? Mañana, después de ver a mi madre, vayamos a verlo. El hospital importó un nuevo medicamento, quizá lo ayude en su tratamiento.

Javier seguía hablando, pero yo ya no lo escuchaba.

¡A estas alturas, aún ignoraba que mi padre había muerto el mismo día que Sofía Blanco me humilló!

¡Y todavía fantaseaba con un matrimonio perfecto!

Una ira incontenible me invadió. Agarré el pastel y lo estrellé contra el suelo.

-¡Javier Cano, deja de fingir y lárgate!-grité con rabia.

Tras ser rechazado repetidamente, este perdió la paciencia ante mi comportamiento.

Su rostro se ensombreció, se levantó en silencio y me miró fijamente.

-Sandra, deberías cambiar tu carácter obstinado y agresivo. Si fueras tan amable y dulce como Sofía, no habríamos llegado a esto.

Lo empujé fuera y cerré la puerta de golpe.

Pisando la crema regada en el suelo, me acerqué a la cabecera de la cama, me agaché y abracé suavemente la urna que contenía las cenizas de mi padre.

Estaba justo allí, en la mesita, pero Javier nunca la vio.

Estaba harta de ser alguien sin importancia para él, harta de su arrogancia.

¡Al día siguiente me iría, definitivamente!

4

Cuando asistía a la cena familiar de los Cano, llevé conmigo la urna con las cenizas de mi padre, ya que planeaba esparcirlas en el mar después de la cena.

Según lo que dicen los ancianos, de esa forma, él podría vagar libremente por el mundo después de la muerte.

Sin embargo, no esperaba que Sofía Blanco también apareciera allí.

Javier estaba sentado junto a ella, sin siquiera levantar la vista.

Coloqué la urna en la mesa, y este palideció ligeramente.

Sofía fue la primera en hablar.

-Sandra, ¿has traído las cenizas para darnos mala suerte? La señora Cano siempre te ha tratado bien, y tú encima traes cosas de muertos para desagradarnos.

Javier también frunció el ceño.

-Sandra, tira eso ahora mismo y puedo hacer como si no lo hubiera visto.

Esbocé una sonrisa burlona.

-Lo siento, pero no puedo hacerlo.

Este alzó la voz ante mi contestación.

-¿Qué te pasa últimamente? Si sigues así de arrogante, ¡al final me divorcio de ti!

Hasta ese punto, todavía pensaba que el matrimonio era mi punto débil, pero ya me daba igual.

Lo miré con tranquilidad y empujé firmemente la urna hacia el centro de la mesa.

-¡Esto es una falta de respeto hacia la señora Cano!

-Basta, Javier, Sofía. Es una cena especial, no arruinen el ambiente. -intervino esta, defendiéndome.

-Sandra puede traer lo que quiera. A mí no me molesta, así que ustedes pueden ignorarlo.

Sofía se quedó callada, con una expresión incómoda.

Javier frunció ligeramente el ceño. Sentía que algo andaba mal, pero por más que lo pensara, no logró identificar qué era.

Durante la cena, Sofía intentó varias veces conversar con la señora Cano, pero esta la ignoró por completo.

La costosa pintura que la joven compró por treinta mil dólares fue dejada de lado por la mujer.

En cambio, llevaba en la muñeca la pulsera de la suerte que tejí a mano, mostrando satisfacción en su mirada.

-Sandra, tu regalo demuestra el esfuerzo que pusiste, no como algunas que intentan engatusarme con dinero sucio.

Las intenciones en las palabras de la señora Cano eran claras, y la sonrisa de Sofía se congeló.

-En el futuro, cuídate mucho a ti misma.

La señora Cano tomó mi mano. Los callos en su palma me recordaron a mi padre.

Bajé la cabeza, ocultando las lágrimas en mis ojos.

Javier intervino.

-Mamá, ¿por qué hablas como si yo no estuviera? Soy el esposo de Sandra, por supuesto que me encargaré de cuidarla.

La señora Cano frunció el ceño y lo miró con frialdad.

-¿Cuidarla? ¿Subiéndote a la cama de tu amante?

Era la primera vez que la mujer dejaba al descubierto la relación entre Javier y Sofía sin miramientos.

Rota la fachada, solo dejó expuesto la repugnante verdad.

El rostro de Sofía se volvió pálido al instante, las lágrimas llenaron sus ojos.

-Él y yo nos amamos. Si Sandra no se hubiera interpuesto...

Llena de fingida inocencia, enterró la cabeza en el pecho de Javier, quien ya no pudo mantener la calma.

-Mamá, para no avergonzarte, aguanté cinco años un falso matrimonio con Sandra. Pero no puedo seguir soportando que la mujer que amo sea víctima de discriminación y prejuicios. ¡Sofía no es mi amante, me divorciaré de Sandra y me casaré con ella para darle el lugar que se merece!

Javier habló con determinación. Sofía detuvo su llanto por un momento y esbozó una sonrisa de satisfacción.

Acto seguido, Javier dirigió su mirada hacia mí.

-¡Algún día entenderás que, comparada con Sandra, quien trae las cenizas de un muerto para desagradarnos, Sofía, quien eligió regalos con esmero para complacerte, es más merecedora de ser tu nuera!

Sus ojos estaban llenos de repulsión. Extendió la mano para tomar la urna y apartar ese objeto desagradable.

Instintivamente intenté detenerlo, pero él me empujó con fuerza.

En medio del forcejeo, perdí el equilibrio y la urna cayó al suelo, esparciendo las cenizas.

Estando al límite, estallé de inmediato.

-¡No!

Mis piernas temblaron, caí al suelo y gateé hacia el objeto.

Mis lágrimas caían a raudales, mojando el polvo gris.

-Papá, lo siento, ¡fue todo por mi culpa!

Javier se quedó paralizado. Su mirada se alternaba entre la señora Cano y yo.

-¿Qué más quieres, Sandra? Hace unos días, Sofía habló con tu padre por teléfono y me dijo que su salud estaba mejorando. ¡Seguro que compraste estas cenizas en Internet para desagradarnos!

Él habló rápidamente, tratando de ocultar su inquietud, intentando, como siempre, evadir su responsabilidad.

Me sequé las lágrimas, me levanté y lo agarré de la camisa.

Pero antes de que mi puño impactara contra su cara, la mano de la señora Cano lo hizo primero.

Con una bofetada resonante, la cabeza de Javier se quedó de lado, su labio se hinchó a los pocos segundos y sangró.

-¿Cómo pude tener un hijo como tú?

La mujer lo miraba con profunda decepción.

-Hace siete días, cuando pasabas la noche con Sofía y hacías que nos enteráramos todos, ¡el padre de Sandra murió del disgusto!

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