
Nubes Sin Intención, Viento de Pasión
Capítulo 6
Antes de que Yanet pudiera reflexionar, muchas personas a su alrededor comenzaron a acercarse a Sofía con copas de vino en las manos y elogios en los labios.
—Sofía, Julián es tan bueno contigo, mira que regalarte un superdeportivo tan caro así, sin más.
—Tu vestido blanco se ve hermoso, pareces una princesa de verdad.
—Oí que eres muy buena en las carreras, realmente eres dulce y valiente al mismo tiempo. ¡Tú y Julián hacen una pareja perfecta!
Cada vez más personas se acercaban a halagar a Sofía, olvidándose por completo de que la protagonista de esa noche debía ser Yanet.
Una hora después, el ambiente ya estaba encendido: algunos cantaban, otros jugaban, y la fiesta se sentía en el punto más alto.
Julián permaneció junto a Sofía todo el tiempo, sin apartar su mirada de ella.
Cuando a Sofía se le antojó comer cangrejo, Julián, con voz suave y paciente, trató de disuadirla:
—Mi niña, estás embarazada, no puedes comer eso. Cuando nazca el bebé, te compraré todo el que quieras, ¿sí?
Sofía hizo un puchero, con los ojos llorosos. Julián suspiró y, como si ya supiera qué hacer, sacó de su cartera una tarjeta negra sin límite y se la dio.
Aquel gesto no tardó en causar un pequeño revuelo.
—¿Será que Julián todavía no ha podido olvidar a Sofía?
—Ay, dicen que la actual nunca supera al primer amor… parece que es verdad.
En medio de los murmullos, Yanet se sentó tranquila en un rincón, con la mirada clavada en la pantalla de su teléfono, como si todo lo que ocurría a su alrededor no tuviera nada que ver con ella.
Sofía, tras mirar a su alrededor, fijó la vista en Yanet, y caminó hacia ella con pasos decididos, haciendo repiquetear sus tacones, con la cara llena de orgullo.
—Hoy es tu despedida de solteros con Julián, pero fui yo quien se llevó toda la atención. Todos me halagan y me adulan. Seguro que estás ardiendo por dentro, ¿verdad? Pero, aunque lo estés, no puedes hacer nada. Al fin y al cabo, ¿de qué te sirvió estar a su lado durante sus peores cinco años? Basta con que yo aparezca, para que Julián vuelva a amarme como siempre.
Yanet sabía que Sofía intentaba provocarla, pero sus lágrimas ya se le habían acabado el día que salió del hospital.
Al ver que no respondía, los ojos de Sofía, cargados de falsa tristeza, se endurecieron con frialdad. Su mirada cayó sobre la pulsera de jade que Yanet llevaba en la muñeca. Un destello de celos cruzó por sus pupilas, y, sin previo aviso, se la arrancó de un tirón.
—¿Estás loca? ¿Qué estás haciendo? —inquirió Yanet, intentando recuperarla, pero Sofía usó la fuerza en secreto.
—Escuché que esta pulsera te la regaló que esta te la dio la señora Fuentes como símbolo de bienvenida para su futura nuera, ¿verdad? —dijo Sofía con desdén, mientras acariciaba la pulsera.
Yanet la miró fijamente, pero, justo cuando iba a hablar, vio que Sofía se metía la pulsera en la boca, desgarrándose la comisura de los labios y provocándose una herida sangrante.
La sangre goteó por su rostro, mientras Sofía se dejaba caer al suelo, como si no tuviera fuerzas. La pulsera de jade también cayó al suelo.
Ella alzó la cabeza llorando:
—Cuñada… solo dije que la pulsera me parecía bonita. ¿Por qué de repente me la metiste a la boca? Me duele mucho… —lloriqueó.
Antes de que Yanet pudiera reaccionar, una figura vestida de negro apareció y la empujó con fuerza, haciéndola perder el equilibrio y caer hacia atrás, golpeándose con una mesa sobre la cual descansaba el enorme pastel de la celebración.
Yanet no pudo mantenerse en pie, se fue de espaldas y le dio un madrazo a la mesa que tenía un enorme pastel de celebración.
La herida en su cabeza se reabrió, y comenzó a sangrar.
El pastel cayó sobre ella, cubriéndola de crema y azúcar pegajosa.
Con los ojos enrojecidos por el dolor, Yanet alzó la vista y vio a Julián correr hacia ella, pero ni siquiera la miró. En su lugar, se arrodilló junto a Sofía, limpiándole con delicadeza la sangre de los labios, sus ojos llenos de angustia.
Fue en ese momento que Yanet entendió la actuación que Sofía había montado.
Se limpió la crema pegajosa del rostro, recogió la pulsera del suelo y se la entregó a Sofía.
Justo cuando Julián pensó que iba a provocar a Sofía y estaba a punto de enojarse, Yanet tomó la muñeca de Sofía y le colocó la pulsera con firmeza.
—La señora Fuentes me la regaló, pero veo que te gusta mucho… así que te la regalo.
Sofía alzó la cabeza, confundida, y, por un momento, incluso olvidó su papel de víctima.
Julián frunció el ceño, sin entender qué quería hacer Yanet.
—Esa pulsera fue un obsequio de cumpleaños que te hizo mi madre —dijo con frialdad—. Solo las nueras de la familia Fuentes pueden usarla.
Yanet se levantó y, con una expresión helada, dijo:
—Ella ya la tocó. Está contaminada, así que ya no la quiero.
Dicho esto, se dio la vuelta, ignorando por completo las miradas de quienes quedaron atrás, y salió cojeando, sin detenerse.
Detrás de ella, Julián miró la espalda de Yanet, y expresión se volvió sombría.
En la madrugada, Julián finalmente regresó.
Después de lavarse, se metió en la cama, miró a Yanet que le daba la espalda y suspiró.
—No te enojes, y no sigas provocando a Sofía. Ella te aprecia mucho, te considera su cuñada. Quiere llevarse bien contigo. Se quedará en nuestra casa unos días, por favor, no la incomodes.
Yanet cerró los ojos, y, un segundo después, dijo con voz calmada:
—Dime una cosa… si Sofía no fuera «Sin Sonido», ¿todavía serías tan bueno con ella?
Julián acarició suavemente la cabeza de Yanet, y, con voz ronca, respondió:
—Ella es mi hermana menor. Soy bueno con ella porque es Sofía, no tiene nada que ver con si es o no «Sin Sonido».
—Ajá —respondió con Yanet con indiferencia, bajando los párpados.
De todos modos solo quedaba un día más, ¡solo necesitaba quedarse aquí un día más!
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