
Me Torturó por Su Hermana
Capítulo 4
—¡No!
Aurora cayó del balcón.
Y junto a la baranda, de espaldas, se veía a un hombre arrodillado.
—¡El asesino! ¡Apareció el asesino! ¡Ella también estaba ahí!
—¡Seguro que lo conoce! ¡Quién sabe si no estaban metidos en esto juntos!
—¡Es peor que una bestia! La familia Castro la ayudó durante tantos años, ¿y así les paga?
En un instante, las voces estallaron por todas partes.
Entre la multitud, Ana vio al asesino con sus propios ojos y estuvo a punto de desmayarse de la impresión.
—Tú lo viste… Entonces, ¿por qué no dijiste nada?
Al pie del edificio, un cuerpo destrozado yacía en medio de la calle. En el abdomen todavía se alcanzaba a distinguir, borrosamente, la forma de un bebé.
Detrás de la cinta policial, Daniel contemplaba la escena con la mirada vacía. Poco a poco, los ojos se le fueron enrojeciendo en silencio.
Yo estaba sentada en el suelo, junto a sus pies, llorando mientras me daban arcadas.
Ana llegó en cuanto se enteró de la noticia y, entre gritos, intentó cruzar la cinta policial. Cuando los policías la detuvieron, se desmayó allí mismo.
Tras el examen forense, se determinó que Aurora había muerto a causa de la caída y que todo apuntaba a un suicidio. Pero su cuerpo presentaba señales claras de agresión.
Es decir, antes de morir, había sido agredida sexualmente.
¿Pero quién podía ser tan inhumano como para hacerle eso a una mujer embarazada?
Yo, la primera en llamar a la policía, pasé a ser, inevitablemente, la única esperanza que les quedaba.
Ana me sujetó el brazo con tanta fuerza que me dolió.
—Eva, cuando llegaste, ¿qué viste? ¿Alguien mató a Aurora? ¡Habla, por favor!
Al ver a Ana, que siempre había cuidado tanto su imagen, fuera de sí de esa manera, sentí que la verdad estaba a punto de salírseme. Pero al final se me quedó atorada en la garganta. Solo pude cerrar los ojos para no mirarla.
—No lo sé…
Ana pareció quedarse sin fuerzas de golpe y se desplomó en el suelo.
Corrí a ayudarla, pero Daniel me apartó de un empujón. En la mirada que me lanzó había desconcierto, rabia y una súplica muda.
Yo sabía que quería una respuesta. Pero no me atrevía a soltarla. No podía.
—Daniel, perdóname…
—¿Un perdón puede devolver dos vidas?
—¡Sigan mirando! ¡Veamos quién es el asesino al que ella está encubriendo! ¡Que esos dos desgraciados lo paguen con su vida!
En medio de los gritos de condena de todos los presentes en la plaza, la figura arrodillada de espaldas junto a la baranda giró la cabeza.
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