
Me Torturó por Su Hermana
Capítulo 2
—¿Qué quieres hacer? ¡Es nuestro bebé!
Mi grito no despertó ni una pizca de humanidad en Daniel. De pronto cerró el puño y me golpeó con fuerza en el abdomen.
Solté un grito de dolor y sentí que el vientre se me contraía con una punzada desgarradora.
Pero más que dolor, lo que sentí fue miedo. Ese bebé también llevaba su sangre. ¿Cómo podía ser tan cruel?
Al recordar aquel episodio, sentí como si volviera a estar tendida en esa cama de hierro. La misma desesperación me envolvió otra vez, tan intensa que me dieron arcadas sin poder evitarlo.
Al oír los insultos venenosos a mi alrededor y ver la sonrisa fría de Daniel junto a mí, de pronto tuve ganas de morir.
Cuando un hilo de sangre me salió por la comisura de los labios, el técnico gritó, preso del pánico:
—¡Se está mordiendo la lengua! ¡Sujétenla!
Al oírlo, Daniel me quitó el casco y me sujetó la mandíbula con fuerza. Estaba furioso.
—¡Maldita! Sin mi permiso, ni siquiera tienes derecho a morir.
El personal médico me trató la herida a toda prisa y me puso una gasa en la boca para impedir que volviera a intentar suicidarme.
Cuando me quitaron incluso la posibilidad de morir, simplemente dejé de resistirme.
Pero aquel incidente no despertó la compasión de la multitud.
Al contrario, los gritos se volvieron aún más feroces.
—¡Quiere matarse porque sabe que es culpable! ¡Seguro el asesino es su amante!
—¡Una basura como ella merece que la hagan pedazos!
El equipo volvió a conectarse.
Mis recuerdos mostraron una nueva escena.
Era una salida al campo con Daniel y Aurora.
De pronto, Aurora me empujó hacia los brazos de Daniel y dijo entre risas:
—Tú eres la esposa que yo elegí para Daniel. Aprovecha y acércate un poco a él.
Me aparté de sus brazos con la cara roja de vergüenza, y luego, avergonzada y molesta, empecé a perseguir a Aurora jugando.
El césped se llenó de nuestras risas.
Al volver a ver la figura de Aurora, Ana se levantó emocionada, temblando de pies a cabeza.
—¡Hija mía! ¡Qué muerte tan cruel te tocó! Nunca debí hacerte caso. Nunca debimos criar a esta malagradecida en nuestra casa. ¿Por qué no murió ella en vez de ti? ¿Por qué no murió esta desgraciada?
Al ver el dolor de Ana, a muchas personas en la plaza se les humedecieron los ojos. Incluso hubo gente tan exaltada que trepó hasta la cabina de cristal, intentando sacarme de allí para hacer justicia por su propia mano.
En el recuerdo, me detuve frente a un edificio de departamentos. Muy pronto alguien lo reconoció: era el lugar desde donde Aurora se había arrojado.
Después de su muerte, los vecinos se fueron mudando uno tras otro. Ahora quedaban apenas unas cuantas familias.
Hasta hoy, nadie sabía por qué Aurora había elegido ese lugar para arrojarse.
Al ver aquel sitio, Daniel pareció regresar otra vez a ese día terrible. Sus manos empezaron a temblar sin control.
—Fui un descuidado. Ni siquiera me di cuenta de que estabas embarazada. Si hubiera pasado más tiempo contigo…
Se tragó a la fuerza el sollozo que le subía por la garganta. Después me apretó los hombros, descargando sobre mí todo su odio y resentimiento.
—¡Habla! ¿Te quedaste muda? Aurora fue tan buena contigo. ¿Todavía te queda algo de conciencia?
Yo negué con la cabeza, desesperada. El dolor del cuerpo no era ni una décima parte del dolor que sentía en el pecho.
—Daniel, déjalo ya…
—¿Dejarlo? ¡Aurora está muerta, y tú me pides que lo deje así! ¿Cómo demonios puedes decir algo así? ¡De verdad quisiera matarte!
Daniel estalló al instante. La fuerza de sus manos aumentó, y alcancé a escuchar el crujido de mis huesos.
Mientras el dolor se extendía por cada rincón de mi cuerpo, ante mis ojos apareció aquel rostro dulce y sereno. Dos lágrimas calientes rodaron por mis mejillas.
La imagen del recuerdo empezó a sacudirse violentamente.
El técnico dijo con urgencia:
—Señor, hay un recuerdo escondido en una zona muy profunda del cerebro de la paciente. Si lo extraemos a la fuerza, ella podría sufrir daño cerebral irreversible…
La mirada de Daniel vaciló apenas.
—¿Todavía vas a resistirte? ¿De verdad ese hombre vale tanto para ti?
Al ver que yo guardaba silencio, Daniel perdió el control.
—¡Lleven la extracción más profundo! ¡Quiero ver hasta dónde puede esconderlo!
El técnico no se atrevió a desobedecer y solo pudo avanzar con el procedimiento.
Sentí con absoluta claridad cómo las agujas del casco se hundían cada vez más en mi cerebro. Un dolor inmenso me invadió por completo, y la oscuridad empezó a tragarse mi vista.
—Los signos vitales de la paciente están cayendo rápidamente…
Antes de que el médico terminara de informar, Daniel tomó dos dosis de adrenalina y, sin decir una palabra, me las inyectó.
Al segundo siguiente, empecé a jadear con violencia, como alguien que acababa de salir del agua. Mi cuerpo se sacudía una y otra vez. Mi ritmo cardíaco comenzó a subir poco a poco.
Al ver aquella escena, Daniel soltó una sonrisa siniestra.
—Esto es lo que te mereces. Cuando sepa la verdad, te daré una muerte rápida.
Ya no me quedaban fuerzas para responderle.
Los recuerdos, revueltos y confusos, chocaban sin control dentro de mi cabeza.
En una habitación oscura, Daniel me arrancó de un tirón el camisón, dejándome desnuda y expuesta.
Luego dio unas palmadas.
Desde la oscuridad salieron varios hombres desaliñados que me miraban con ojos lascivos.
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