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Portada de la novela Me sacrificó y todos se arrepintieron

Me sacrificó y todos se arrepintieron

Tras ser entregada como ofrenda por su propio alfa y compañero de vida, una joven loba es dada por muerta. Sin embargo, el destino tiene otros planes: sobrevive al cruel sacrificio y despierta un poder ancestral oculto en su sangre. Ahora, aliada con una manada rival y decidida a forjar su propio camino en una peligrosa aventura de redención, regresa para reclamar justicia. Aquellos que la traicionaron y la abandonaron a su suerte pronto descubrirán el terrible error que cometieron.
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Capítulo 3

Al día siguiente, fui al cementerio a visitar la tumba de mamá. Antes de irme, lo que más me preocupaba era ella. Hacía un año que no iba. Mientras arrancaba las malas hierbas frente a su lápida, murmuré para mí misma:

—Adiós, mamá.

Tenía mil cosas que decirle, pero, al ver su nombre grabado en la piedra, todas se redujeron a un simple «adiós».

Al ver el montón de hierbajos que había arrancado, bajé la mirada.

Al parecer, durante mi ausencia, Oliver y Diego habían estado demasiado ocupados cuidando a Calista como para visitar a nuestra madre.

Sonreí amargamente ante la lápida, mientras murmuraba:

—Mamá, no los culpes. Después de la muerte de papá, la manada tiene muchos asuntos que atender. No es que no quisieran venir, solo que estaban ocupados.

—¡¿Qué derecho tienes tú a hablar en nuestro nombre?!

Una voz gélida cortó el aire. Sorprendida, me di la vuelta y vi a Oliver, Diego y Calista.

Ante la mirada de desprecio de Oliver, me mordí el labio y retrocedí un paso.

Pero él actuó como si no existiera. Junto a Diego, colocó flores frescas sobre la tumba, y volvió hacia mí con sarcasmo:

—En todo este año, no hemos tenido ni una sola noticia tuya. Nunca te consideraste parte de la Familia Blanco, ¡ni siquiera como hija de mamá! ¡Calista ha sido mil veces mejor hermana que tú! — Su voz se elevaba, cargada de ira.

Calista tiró de su manga y dijo con tono meloso:

—¡Hermano, hoy vinimos a ver a mamá! No te enfades. ¡Todo pasó porque yo me entrometí e hice que Jessica se fuera! ¡La culpa es mía! —Me miró con los ojos húmedos, con culpa fingida—. Jessica, antes era inmadura y te hizo enojar. Ahora he crecido. Puedo cederte todo lo que quieras. Por favor, escucha a nuestros hermanos y vuelve a casa.

Apreté los labios con fuerza, conteniendo al lobo que rugía dentro de mí.

«No pierdas el control. Es la última vez que nos vemos. Al menos deja un recuerdo no tan malo.»

Permanecí en silencio, cabizbaja, pero, de pronto, una mano áspera me agarró la barbilla y me obligó a levantar la vista. Los ojos furiosos de Diego me atravesaron:

—Jessica, basta. Calista ya se ha humillado ante ti. ¡No te pases! ¡Mírala a los ojos! ¿Acaso en tu tiempo fuera olvidaste la decencia de nuestra familia?

Diego siempre había sido el menos expresivo. Esa frialdad en su voz… solo la había visto una vez en la infancia, cuando había lanzado una advertencia a los niños que me molestaban.

¿Nuestra familia?

Observé a los tres, tan unidos como hermanos de sangre, y solté una risa amarga.

«¿Qué familia me queda?», pensé.

Pero Diego malinterpretó mi risa. Enfurecido, me arrastró hacia Calista y usó mi silencio para enseñarle.

—Calista, ¿ves? Nunca te rebajes ante alguien que te desprecia. ¡Solo se aprovecharán de ti! No malgastes tu compasión.

Fingía educarla, pero cada palabra era un latigazo hacia mí. El dolor de su agarre me hizo fruncir el ceño y un gemido escapó de mis labios.

Al notarlo, Diego soltó mi brazo al instante. Oliver incluso dio un paso hacia mí. Su reacción me confundió aún más.

Y entonces, el resentimiento acumulado estalló. Por primera vez, pregunté lo que llevaba años guardando:

—Oliver... Diego... ¿aún me aman? Aunque sea un poco.

Ni siquiera noté cómo temblaba mi voz. Esa pregunta me había atormentado en secreto. Tantas veces quise enterrarla para siempre en las Tierras Invernales...

El silencio se volvió opresivo.

Nadie habló.

Hasta que, al fin, Oliver suspiró hondo. Su mirada era glacial:

—Jessica, si hubieras sido más comprensiva, nada de esto habría pasado.

Esa fue su respuesta. Y aunque lo esperaba, el alivio que sentí fue inesperado.

«Ahora, ya no tengo ninguna preocupación para ir a las Tierras Invernales.»

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