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Portada de la novela Me Humilló por Pobre, y Ahora Me Suplica

Me Humilló por Pobre, y Ahora Me Suplica

En la novela romántica Me Humilló por Pobre, y Ahora Me Suplica, César vive una pesadilla. Su novia Isabel, heredera de una inmensa fortuna, lo sometió a una tacañería extrema por siete años bajo la excusa de ponerlo a prueba, negándole incluso dos mil dólares para la cirugía que habría salvado a su madre. Tras costear el funeral solo, César descubre que ella derrochaba lujos en su vecino Marco y se burlaba de su dolor. Con el corazón roto, decide desaparecer de su vida para siempre.
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Capítulo 5

—Te encanta sacarle dinero y encima quieres hacerte la víctima. ¡Qué hipócrita!

Fue como echar agua fría sobre aceite hirviendo, el lugar explotó.

Las miradas se llenaron de asco. Los insultos llegaron uno tras otro.

Yo miré a Isabel: seguía con esa expresión indiferente, incluso con una mueca de "qué lástima", pero con el orgullo bien puesto, como si Marco hubiera dicho en voz alta lo que ella llevaba tiempo pensando.

Se me torció la boca en una sonrisa absurda. Iba a hablar, pero Isabel me sujetó del brazo, como si fuera generosa, como si viniera a calmar las aguas.

—Ya, ya. Eso ya quedó atrás. Además, a mí no me hace falta ese dinero. Si quieres dinero, dímelo de frente. No necesitas inventar excusas.

Apenas habló Isabel, la oficina se indignó todavía más, como si yo fuera el ingrato del siglo.

—Exacto, si Isabel tiene dinero, nada más hay que pedirlo.

—¡Inventarte lo de tu propia madre por dinero! Eso ya es inhumano.

—Yo que pensaba que César era bien ahorrador; hasta le compartí comida varias veces.

—A ese hay que sacarlo de aquí. Que Isabel lo corra y que no pueda volver a levantar cabeza en la ciudad.

Vi incluso a compañeras con las que antes me llevaba bien, dándome la espalda también. Pensé en todo lo que había hecho Isabel, y, de pronto, todo me pareció vacío y ridículo.

Ya me iba a ir. Aunque en ese momento sacara el estado de cuenta y se lo tirara en la cara, ella y Marco encontrarían otra forma de ensuciarme, de hacer que todos siguieran humillándome.

En silencio, guardé el estado de cuenta en el bolsillo.

Luego levanté la vista y le sonreí a Isabel.

—Siete años juntos. Haz cuentas: ¿cuánto de tu dinero me gasté? Si no puedes decirme en qué se fue un solo centavo conmigo, entonces págame lo que me debes: decenas de miles de dólares. Si no, prepárate: voy a demandarte a ti y a tu empresa.

Ella decía que no quería un amor manchado por dinero, pero vivía y respiraba dinero.

Esa heredera intocable que ante los demás derrochaba como si nada, se había quedado con el dinero que yo apartaba para salvar a mi mamá.

Isabel se quedó pensando, buscando, rebuscando. Y en sus ojos pasó una chispa de pánico.

Claro que no podía recordar en qué había gastado dinero en mí. Alguien que me hacía pagar a medias hasta los condones, jamás me iba a dar un centavo por voluntad propia.

No era que "la gente rica fuera tacaña", era que yo, para ella, no valía ni un centavo.

Quizá quiso discutir, quizá quiso inventar algo, pero yo ya no quería oírla.

Me di la vuelta para irme. En ese momento, Marco me empujó. Perdí el equilibrio y caí al suelo.

—¡César! No intentes engañar a todos. ¿Cómo que Isabel te debe dinero? Eso es calumnia. ¿No te da miedo que llamemos a la policía? Si te meten a la cárcel, ¿quién va a cuidar a tu mamá? ¡Está en el hospital esperando que tú pagues! ¡Mejor pídele perdón a Isabel ahora mismo!

Marco creyó que podía amenazarme con eso. Pero yo ya no tenía nada que me atara.

En ese instante, pasó mi director. Al ver a Isabel, se abrió paso entre la gente.

Llevaba un formulario en la mano.

—Señora Sánchez, la madre de César falleció hace unos días. El documento de aprobación de la indemnización todavía no tiene su firma. Y el formulario de solicitud para adelantarle a César dos mil dólares de su sueldo ya lo retiré, tal como usted indicó. Es una pena. Dicen que a la madre de César le faltaban justo dos mil dólares para completar el costo de la cirugía.

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