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Portada de la novela Me fui… y todos enloquecieron

Me fui… y todos enloquecieron

Tras veintiún años intentando cumplir las misiones de un sistema para conquistar a los cuatro hombres más influyentes del imperio, la protagonista fracasa por completo. Expulsada del harén real durante un banquete y sin un hogar al que regresar, decide usar la única salida que le ofrece el sistema: morir para volver con su verdadera familia. Sin dejar rastro, se quita la vida en un palacio abandonado, pero justo antes de desvanecerse, escucha gritos desesperados que la buscan en la oscuridad.
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Capítulo 3

Las hojas de adelfa eran altamente venenosas. Pero mientras a Luna le gustaran, Lucien era capaz de hacer que florecieran en la residencia todo el año. Sin embargo yo me oponía. Temía que alguien pudiera ingerirlas por error. Pero ella rompía a llorar, incapaz siquiera de comer.

—¿Es que no te agrado…? Por eso no quieres que él planté flores para mí…

Lucien la protegía detrás de él, mirándome con desdén.

—Si vas a atacarla, al menos busca una excusa mejor. Algo tan amargo… nadie lo tragaría por accidente. En cuanto lo pusieran en la boca, lo escupirían.

Quién iba a decir que ahora sería precisamente eso lo que me permitiría irme. El sabor amargo explotó en mi boca. Contuve las náuseas… y me obligué a tragar. Esta vez por fin podría volver a casa.

Lucien dejó caer la lámpara y corrió hacia mí. Me golpeó la espalda con fuerza y, con sus dedos ásperos, me abrió la boca e intentó sacarla.

—¡Escúpelo! ¿Quieres morir?

Me resistí con todas mis fuerzas. La mitad de mi cuerpo ya estaba entumecida, pero apreté los dientes con desesperación, negándome a escupir. Incluso llegué a morderle los dedos… hasta hacerlos sangrar.

Lucien suspiró con fuerza y me abofeteó.

—¿Solo porque Darian, el heredero, ya no te quiere vas a montar este espectáculo? ¿No te queda ni una pizca de dignidad como miembro de esta familia? Luna y Darian son el uno para el otro. ¿Después de cuatro años en el Palacio Olvidado aún no lo entiendes?

Sin importarle la sangre en sus dedos, ordenó a los sirvientes traer una medicina para hacerme vomitar y me la obligó a tragar.

Vomité hasta perder la noción. Mi cuerpo se desplomó en el suelo, como si fuera barro sin forma. Y aun así… no pude evitar soltar una risa burlona.

—¿La dignidad de esta familia… es que ni siquiera investigues y des por hecho que fui yo quien le hizo daño a Luna… para luego expulsar a tu propia hermana?

Su rostro se palideció, se quedó sin palabras. De pronto, el sonido apresurado de cascos de caballo rompió el silencio. Un joven sirviente vestido de verde entró corriendo, jadeando, y se inclinó ante Elias.

—¡Gran Chambelán! El heredero ha ordenado que traiga a la dama Althea al palacio para interrogarla. ¡La señorita Luna… ha desaparecido!

Elias y Lucien se miraron. Al mismo tiempo… sus miradas se clavaron en mí, llenas de furia.

—Con razón estabas fingiendo querer morir una y otra vez —dijo Lucien con frialdad—. Era para encubrirlo. ¿Dónde la has escondido? ¿Qué le has hecho esta vez?

Yo no tenía idea de dónde se había metido. Pero… esto era perfecto. Si la amaban tanto quizás perderían el control y me matarían.

Sin darme oportunidad de hablar, me arrastraron de vuelta al palacio en mi estado miserable. El heredero, Darian Veymont, no perdió tiempo en palabras sin sentido, fue directo ante mi, me sujetó la barbilla con fuerza.

—¿Dónde está Luna?

Levanté la mirada. Y observé al hombre que una vez fue mi esposo en este mundo… y una amarga sensación de arrepentimiento me invadió. Cuando lo conocí, estaba siendo perseguido y estaba gravemente herido. Fui yo quien lo escondió en una cueva y quien desvió a las personas que lo perseguían.

En ese momento, yo acababa de perder a mi prometido. El joven general con el que crecí había roto nuestro compromiso por Luna. Me convertí en el hazmerreír de toda la capital y Darian lo sabía. Fue entonces cuando me ofreció matrimonio y me prometió que sería su esposa legítima. Dijo que no era solo por gratitud, sino que también había algo más.

Pero cuando Luna apareció, nuevamente, la luz en sus ojos comenzó a cambiar. Compartían noches bajo la luna observando las estrellas, jugaban, reían… y yo dejé de importarle, como si no existiera.

Cuando ella desapareció aquella vez, Darian, que siempre había sido amable conmigo, me castigó por primera vez. Me golpeó con un bastón sobre mi vientre, de inmediato la sangre se derramó en el suelo. Fue entonces cuando supe, que el hijo que llevaba dentro de mi había muerto antes de nacer.

Al ver que no respondía, sus ojos se llenaron de furia, como si con su mirada pudiera acabar conmigo.

—Parece que si no te torturo un poco y pruebas algo de dolor… no vas a hablar.

Ordenó traer instrumentos de tortura y Elias fue quien ejecutó el castigo. Pero antes, fue mi hermano quien me obligó a tragar una píldora que me obligaba a mantenerme consciente, intensificando cada punzada de dolor.

Entré en pánico. Quería morir, pero no quería sufrir antes de hacerlo. Intenté resistirme pero el primer latigazo cayó sobre mi espalda. El dolor se extendió por todo mi cuerpo en un instante. Y mis labios temblaban, ni siquiera tenía fuerzas para gritar.

—Mátame…

Darian sonrió maliciosamente.

—¿De verdad crees que voy a ablandarme? Te lo preguntaré una vez más… ¿Luna dónde está?

Levanté el rostro, pálida… y sonreí.

—¿Luna? La maté. ¿No que la amaban mucho? Entonces vengan… mátenme y vénguenla.

Los ojos de Darian se enrojecieron llenos de furia. Desenvainó su espada y la clavó directamente en mi pecho. Antes de que mi conciencia desapareciera escuché a Luna desde fuera de la habitación hablar.

—¡Todos están aquí! Por fin podremos pasar la noche de la Luna Cenital juntos ……Ah… ¿por qué hay tanta sangre…?

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