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Portada de la novela Me Echó Por Su Esposa Plagiadora

Me Echó Por Su Esposa Plagiadora

Tras pasar noches sin dormir por un proyecto, la arquitecta principal de la firma descansa en su escritorio. Flora Vargas, una nueva diseñadora, la confronta y decide despedirla con desprecio, minimizando su esfuerzo y su rol clave en el éxito de la empresa. Al cuestionar su autoridad para echarla, Flora revela con arrogancia que está casada con el director general de la compañía. La revelación deja helada a la protagonista, quien descubre que el director es, en realidad, su propio novio.
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Capítulo 1

El primer día que volví a la empresa, durante la hora del almuerzo, apoyé la cabeza en el escritorio para descansar.

De pronto, oí varios golpes secos sobre mi escritorio.

Levanté la cabeza y vi a Flora Vargas, una diseñadora que hacía poco había empezado a aparecer por la oficina y a meterse en los asuntos del área de arquitectura.

—La hora del almuerzo terminó hace cinco minutos y tú sigues aquí durmiendo como si nada. A partir de mañana, ni te molestes en volver a trabajar.

Le expliqué que acababa de volver de reunirme con un cliente y que, por ese proyecto, llevaba varias noches seguidas casi sin dormir.

Ella hizo una mueca de desprecio.

—¿Y eso qué tiene de difícil? No es más que salir a comer con clientes, entretenerlos con tragos y luego hacer unos cuantos planos para salir del paso. Además, tú ni siquiera tienes que marcar entrada. Casi nunca te apareces por la oficina. ¿Con qué cara te atreves a dormirte en pleno horario laboral?

Me dio tanta rabia que terminé soltando una carcajada de pura incredulidad.

Como arquitecta principal de la empresa, yo había sacado adelante la mayoría de los proyectos.

Podía decirse que, si la empresa había llegado tan lejos, gran parte del mérito era mío.

Ella solo veía que yo no tenía que estar todos los días en la oficina ni marcar entrada, pero no veía que me la pasaba viajando por todo el país para buscar proyectos y reunirme con clientes.

Además, como arquitecta reconocida en el sector, la mayoría de los clientes venían a colaborar con nosotros precisamente por mi reputación.

Contuve el enojo y le pregunté:

—Tú ni siquiera eres de Recursos Humanos. ¿Quién te crees que eres para despedirme así porque sí?

Ella respondió:

—Me basta con que mi esposo sea el director general de esta empresa.

Me quedé helada.

¿Desde cuándo mi novio tenía esposa?

—Solo te doy diez minutos. Recoge tus cosas y lárgate de aquí de inmediato.

La voz de Flora era aguda y desagradable, y su arrogancia se le notaba en cada palabra.

Yo no me moví.

—Ya que dices ser la esposa de Luis, entonces muéstrame pruebas. Cualquiera puede decir eso sin probar nada.

Pensé que solo era una farsante.

Para mi sorpresa, sacó el celular, abrió varias fotos y me las puso delante de la cara.

En las imágenes, mi novio, Luis Fernández, la abrazaba por la cintura con demasiada intimidad. Sonreía con ternura mientras le besaba el cabello, mirándola con cariño.

—¿Ya viste? Luis es mi esposo. Nos casamos hace tiempo. ¿Qué más necesitas para creerlo? Si sabes lo que te conviene, lárgate de una vez.

Se me aceleró la respiración. Me quedé mirando fijamente esas fotos demasiado íntimas.

—Imposible. Él es mi novio. Llevamos diez años juntos.

Flora soltó una carcajada burlona.

—¿Tú? Con esa pinta de muerta de hambre, ¿todavía sueñas con ser su novia? Ni en tus sueños.

Los compañeros que escucharon el alboroto empezaron a acercarse. Los murmullos se multiplicaron a mi alrededor.

—¿Quién es esta? Yo nunca la había visto.

—Creo que es la arquitecta principal que estuvo a cargo de varios proyectos grandes. Con razón se atreve a enfrentarse a Flora.

—¿Arquitecta principal? Quién sabe si solo se la pasó bebiendo con los clientes y acostándose con ellos para cerrar los proyectos. ¿Y todavía se atreve a decir que es la novia de Luis?

—Últimamente Luis y Flora andan pegados todo el día. La semana pasada hasta hicieron oficial su relación en la empresa. ¿Y esta dónde estaba metida? ¿Ahora viene a hacerse la ofendida?

—Yo creo que ya está tan acostumbrada a ser la otra que hasta se inventó esa fantasía. ¡Qué risa!

Cada comentario me cayó como una puñalada. Por un instante, mi mente quedó en blanco.

Mientras yo no estaba en la oficina, ¿Luis había hecho oficial su relación con Flora a mis espaldas?

Al ver que todos estaban de su lado, Flora se envalentonó todavía más.

—¿Escuchaste? Si sabes lo que te conviene, recoge tus cosas y lárgate. A partir de hoy, el área de diseño arquitectónico queda a mi cargo. Luis jamás se fijaría en alguien como tú. Deja de soñar con meterte entre nosotros.

La indignación me quemaba por dentro y no pude evitar una risa amarga.

—Aunque la mayoría de ustedes no me haya visto mucho por aquí, deberían saber lo que he aportado a la empresa. He trabajado aquí diez años. Cerré incontables proyectos clave y le di a esta empresa muchos de sus logros. Los empleados más antiguos que están aquí deberían saberlo mejor que nadie. ¿Con qué derecho vienes tú a despedirme así sin más?

Aunque yo no aparecía seguido por la oficina, varios empleados veteranos habían escuchado mi nombre.

Por un momento, mi firmeza dejó a todos callados.

Pero Flora no pensaba ceder. Avanzó de golpe y de un manotazo tiró al suelo todo lo que había sobre mi escritorio.

—¡Deja de presumir! ¿Y qué si llevas diez años aquí? Te lo digo claro: si no sirves, por mucha antigüedad que tengas, igual te van a sacar. Esos proyectos tuyos no son más que el resultado de beber con clientes y meterte en sus camas. Si esos contactos se los dieran a otra persona, cualquiera podría cerrarlos.

Al escucharla, enseguida hubo quienes empezaron a apoyarla.

—Exacto, Flora tiene razón. Con tantos contactos, cualquiera podría cerrar esos tratos.

—Sin esos recursos no eres nada. ¡Lárgate ya y deja esos clientes para los demás!

Miré el desastre en el suelo e, instintivamente, me agaché para recoger uno de los documentos clave del proyecto.

Pero Flora lo pisó sin dudar. Luego lo levantó sin siquiera mirarlo y lo rompió en pedazos.

¡Esa era la propuesta final que había trabajado con el cliente durante un mes entero, tras noches sin dormir y decenas de correcciones, hasta que el cliente la aprobó!

—¿Y a ti qué te importan tanto estos papeles de porquería? Mejor ve preparando tu renuncia.

La rabia me cegó por completo. Levanté la mano y le di una bofetada con todas mis fuerzas.

Flora se cubrió la cara, incrédula. Justo cuando quiso devolverme el golpe, se oyó una voz severa desde la entrada de la oficina.

—¿Qué está pasando aquí?

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