
Me Divorcié y Él Aprendió a Rogar
Capítulo 4
Faltaba un día.
Quizá, sin darnos cuenta, Joaquín y yo habíamos llegado a una especie de acuerdo tácito. Ya casi nunca coincidíamos en las reuniones del proyecto.
Solo a veces, cuando Carmen no estaba, Joaquín aparecía de pronto. No decía nada durante la reunión; apenas me lanzaba una que otra mirada.
No entendía qué pasaba últimamente por la cabeza de aquel hombre. Y tampoco quería entenderlo.
Empecé a sacar mis cosas de la casa poco a poco, procurando que no lo notara.
Pero, al final, se dio cuenta.
Ese día, después de la reunión, Joaquín me invitó a sentarme un momento en su oficina. Apenas tomé asiento, preguntó:
—Últimamente has sacado bastantes cosas de la casa. Tampoco te he visto volver a dormir en casa.
Asentí y le di la excusa que ya tenía preparada.
—Sí. Voy a quedarme una temporada en el departamento de antes.
La expresión de Joaquín se volvió algo vacilante.
—Sobre la boda… lo he pensado mucho. Todavía podríamos celebrarla…
Lo interrumpí:
—Ya queda muy poco tiempo. No hace falta.
Él me miró con sorpresa.
—¿Qué quieres decir con que queda muy poco tiempo?
Dudé un instante, preguntándome si debía mostrarle el acuerdo de divorcio que ya había firmado.
Pero una llamada de Carmen llegó justo a tiempo y me ayudó a evitarlo.
Miré el nombre en la pantalla de su celular y sonreí.
—Ve a atender lo tuyo. Lo nuestro no urge.
Joaquín giró la manija de la puerta y, quizá para compensarme, volvió a prometerme:
—Mañana por la mañana iré sin falta a buscarte.
Al día siguiente, volvió a incumplir.
Yo estaba sentada en el sofá, mirando la pantalla del celular.
Faltaban doce horas.
Una alerta de noticias locales apareció en la aplicación. Carmen asistía a la presentación de un nuevo proyecto, y Joaquín estaba de pie detrás de ella.
Al recordar la promesa que me había hecho el día anterior, no pude evitar sonreír con ironía. Si supiera que estas eran sus últimas doce horas conmigo, ¿habría faltado a su palabra?
Tal vez no, tal vez sí.
Pero la respuesta ya no importaba.
Pasé varias horas ordenando un poco la casa.
En aquel departamento antiguo y vacío, en realidad no quedaban muchas cosas mías. Solo que nos habíamos casado mientras vivíamos allí, y todavía me provocaba cierta nostalgia.
Llamé a Karina. Aunque ya le había avisado con anticipación, quise despedirme de ella una vez más.
Después marqué al abogado.
—El trámite quedó cerrado hace un mes. Ya no hay nada pendiente, ¿verdad?
Su respuesta fue breve:
—No. Todo quedó asentado.
Tras una pequeña pausa, añadió:
—Felicidades, señora Cherem.
Sonreí y colgué.
Así, en silencio, esperé hasta que cayó la noche.
Faltaban tres horas: ya había dejado listas todas las maletas y había comprado un boleto de avión para irme al extranjero.
Faltaban dos horas: recorté todas las fotos en las que salíamos juntos y dejé en el álbum solo la parte en la que aparecía yo.
Faltaba una hora: coloqué el acuerdo de divorcio cuidadosamente sobre la mesa.
Al principio había pensado en dejarle unas palabras. Después lo reconsideré y decidí que no hacía falta.
Tomé mi maleta y, justo en el instante en que la cuenta regresiva llegó a su fin, apoyé la mano sobre la manija de la puerta.
Mi matrimonio había terminado.
Pero, para mi sorpresa, la puerta se abrió desde afuera.
Joaquín tenía sudor en la frente, como si hubiera llegado corriendo. Respiraba con dificultad y, en su sonrisa, aún quedaba un rastro de culpa.
—Perdón. Acabo de dejar a alguien en su casa. El auto se averió en el camino y vine lo más rápido que pude…
Su voz se detuvo de golpe. La mirada le cayó sobre mi maleta y sobre el boleto que tenía en la mano.
—¿A dónde vas?
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