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Portada de la novela Me Dejaron Morir en Año Nuevo

Me Dejaron Morir en Año Nuevo

Camino a la casa de sus abuelos para celebrar el Año Nuevo, la familia Moreno vive una pesadilla inesperada. Ante la urgencia de Jaime, la madre ordena a la protagonista y a su hermana mayor, Olivia, ir rápido al baño de una estación de servicio desolada. Al salir, la joven descubre con horror que el automóvil familiar se aleja sin ella. Sola, bajo un frío extremo de diez grados bajo cero, corre desesperada y grita por auxilio, pero el vehículo se pierde en la autopista, dejándola a su suerte.
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Capítulo 4

Sentía el estómago vacío, hueco, con un dolor sordo que iba y venía.

¿Sería del hambre?

Con las manos temblorosas, saqué del bolsillo el pedazo de chocolate que me quedaba. Esta vez ya no pensé en guardarlo. Me lo metí a la boca de golpe y lo tragué casi sin masticar.

El sabor dulce apenas logró calmarme un poco las palpitaciones, pero la sensación de tener la cabeza cada vez más pesada y el cuerpo como si dejara de responderme se volvió todavía más clara.

Empecé a sentir mucho más frío que antes.

No era el frío de haber estado esperando afuera bajo el viento, sino una heladez que parecía subirme desde lo más hondo de los huesos.

Me apreté mejor la mantita sobre el cuerpo, pero ese poco de calor se desvanecía como si algo invisible me lo estuviera arrancando, y no lograba entrar en calor por más que me envolviera.

Justo cuando estaba a punto de perder el equilibrio, un sedán negro apareció a lo lejos y se detuvo lentamente en la entrada de la estación de servicio.

Sentí que estaba viendo mi última esperanza. Junté las pocas fuerzas que me quedaban y me arrastré hasta el auto como pude.

Cuando el conductor bajó la ventanilla, vi que era un señor desconocido.

—Disculpe… ¿me podría prestar su celular? Yo… yo me siento muy mal…

Mi voz estaba tan débil que casi ni yo misma podía oírla.

El señor se quedó sorprendido un instante y enseguida sacó su celular para dármelo.

—Niña, ¿qué te pasa? Tienes muy mala cara.

No tuve tiempo ni fuerzas para explicarle nada. Con los dedos rígidos, marqué el número de papá. Esta vez contestó rápido.

—Papá…

Tenía la voz quebrada y me temblaba tanto que casi no se entendía.

—¿Cuándo… cuándo va a llegar Julio? Me siento muy mal… me da muchas vueltas la cabeza… y el corazón me late rapidísimo… ¿me enfermé?

Del otro lado, la voz de papá sonó claramente fastidiada.

—¿Y ahora qué pasó? ¿No te dije que te quedaras esperando? ¡Julio ya salió hace rato! Hay un poco de tráfico, pero ya casi llega. ¿Ni un rato puedes esperar sin armar otro problema? ¿Quién te manda a ser tan lenta y no subirte al auto? Ahora sí vienes con que te sientes mal, ¿no?

—No, papá… de verdad me siento mal…

La explicación me salió apenas en un hilo de voz.

—Ya, ya, no causes más problemas y espérate donde estás. ¡En pleno Año Nuevo, lo único que haces es dar problemas!

Me colgó otra vez. El tono de la llamada cortada me atravesó el oído como una aguja de hielo.

Abrí la boca, queriendo decirle otra vez que de verdad ya no podía más, pero no alcancé a sacar ni una palabra antes de que la llamada terminara.

Me quedé ahí, sosteniendo el celular, aturdida, y hasta se me olvidó devolvérselo al señor.

Él lo tomó con cuidado y me dijo en voz baja, tratando de consolarme:

—No te preocupes, tu familia debe estar por llegar. ¿Quieres subirte un rato a mi auto para que entres en calor?

Negué con la cabeza.

Temía que, si me movía justo en ese momento, Julio pasara y no me encontrara.

Solo pude sacar un hilito de voz para decir:

—No, gracias, señor.

Después me arrastré de vuelta al lugar donde había estado esperando.

No sé cuánto tiempo pasó. Poco a poco dejé de temblar, y el corazón también empezó a latir más despacio. Pero no me sentí mejor.

Al contrario. Mis manos y mis pies ya no parecían míos. Estaban tan rígidos que no me respondían.

Quise moverme un poco sin salir de ahí para entrar en calor, pero hasta levantar las piernas me costaba trabajo. Mi cuerpo entero reaccionaba con una lentitud extraña, como si estuviera dentro de una película en cámara lenta.

La noche ya había caído por completo.

Miré hacia la entrada con la mente en blanco.

La vista se me iba nublando cada vez más, y la conciencia se me iba apagando.

Apreté los dientes y, reuniendo toda la fuerza que me quedaba, empecé a avanzar pegada a la pared del edificio de la estación de servicio, paso a paso, hacia la salida.

Cada vez me costaba más respirar.

Era como si alguien me apretara la garganta con fuerza. O como si llevara una piedra enorme encima del pecho.

Abría la boca desesperadamente, intentando meter más aire, pero cada vez que inhalaba, solo lograba aspirar bocanadas cortas, rápidas, insuficientes.

La vista empezó a nublárseme por completo.

La luz de los faroles se expandió ante mis ojos hasta volverse manchas temblorosas y borrosas.

Las rodillas se me doblaron de golpe.

Mi cuerpo cayó sin fuerzas al suelo helado, y me quedé encogida ahí.

La mantita se me resbaló de los hombros y quedó medio caída a un lado, pero ya no tenía fuerzas ni para volver a acomodármela.

Qué cansada estaba…

Los párpados me pesaban tanto que no podía levantarlos, y la conciencia se me iba hundiendo, hundiendo, cada vez más.

En medio de ese aturdimiento, me pareció ver a mis padres corriendo hacia mí, a poca distancia, con la cara llena de angustia.

Y, justo antes de cerrar los ojos por completo, pensé: "Qué bien… Por fin vinieron por mí."

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