
Me Dejaron Morir en Año Nuevo
Capítulo 2
La señora me miró de arriba abajo y me preguntó con voz suave:
—Niña, ¿estás aquí sola? ¿Y tus papás?
Al escuchar esas palabras, sentí que se me tapaba la nariz de golpe.
Me aguanté las lágrimas como pude y, con la voz ronca, le dije:
—Mis papás me dejaron olvidada aquí. ¿Me presta su celular para llamarles?
Al oírme, en su rostro apareció una expresión de pena. Sacó enseguida el celular del bolsillo y me lo tendió con ternura.
—Claro, rápido, llámales. Con este frío no te vayas a enfermar.
Tomé el celular.
Tenía los dedos tan entumidos por el frío que marqué mal varias veces.
Después de mucho esfuerzo, por fin logré marcar bien el número de la casa. Respiré hondo y apreté el botón de llamada.
Del otro lado empezó a sonar el tono.
Cada tono me retumbaba directo en el pecho, cargado de nervios y esperanza.
Pero cuando la llamada se cortó, nadie contestó.
La mano con la que sostenía el teléfono me tembló un poco, y esa pequeña esperanza que todavía me quedaba se apagó otro poco.
La señora, que me observaba desde un lado, me consoló en voz baja:
—No te preocupes. A lo mejor no entra bien la señal. Inténtalo otra vez.
Yo asentí.
Marqué de nuevo y me pegué el teléfono al oído, rezando para que esta vez pudiera escuchar la voz de mis padres.
Los tonos se me hicieron interminables.
Hasta mi respiración parecía ir al mismo ritmo que aquel sonido.
Cuando iba por el séptimo tono, por fin contestaron.
La voz de mamá me llegó borrosa, mezclada con el viento y la música del auto:
—¿Bueno?
Toda la tensión que me tenía rígida se me aflojó de golpe.
Sentí que los ojos se me calentaban al instante.
Toda la tristeza y el miedo se me hicieron un nudo en la garganta, y mi voz salió tan ronca que casi no sonó como la mía:
—Mamá… yo no me subí al auto. Me dejaron en la estación de servicio.
Apenas terminé de hablar, su respuesta me cayó encima como un golpe.
Su tono estaba lleno de una certeza impaciente, como si yo fuera la que estaba diciendo una tontería:
—Antes de arrancar pregunté si ya estábamos todos. Olivia y Jaime me dijeron que sí. ¿Cómo te íbamos a dejar?
Del otro lado se hizo un silencio breve.
Podía imaginarme a mamá volteando hacia el asiento trasero.
Esos pocos segundos de silencio me helaron más que el viento.
Yo creí que, después de comprobarlo, iba a escuchar su preocupación o al menos un poco de culpa.
Pero lo que llegó fue otra cosa: un regaño seco y cortante:
—Si no te subiste, ¿por qué no avisaste antes? ¿No podías gritarnos en ese momento? ¡Tuviste que esperar a que el auto ya estuviera lejos para llamar y armarnos este problema!
Sus palabras, frías como agujas, atravesaron lo último que me quedaba de esperanza.
Me mordí con fuerza el labio para contener las lágrimas que ya me ardían en los ojos y dije con la voz temblorosa, incapaz de controlarla:
—Sí les grité… Salí corriendo y les grité, pero no me oyeron. El auto dobló y se siguió de largo.
Mi intento de explicarme la dejó callada apenas un instante.
Pero ese silencio duró muy poco. Enseguida encontró otra razón para echarme la culpa:
—¡Pues por ir tan lenta! Te dije que te apuraras, que te movieras rápido, y tú ahí, tardándote tanto. Ahora ya pasamos el peaje. En la autopista no se puede dar vuelta así como así, ¿cómo quieres que regresemos por ti?
En ese momento se oyó la voz de Olivia desde el otro lado de la línea. Hablaba con esa ligereza cruel de quien disfruta del problema ajeno:
—Pues es culpa suya por lenta. Yo hasta la estuve apurando y ella seguía ahí, bien despacito. Ahora que se aguante.
Apreté el celular con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Por dentro me hervían la rabia y la tristeza.
Había sido ella la que se me metió en la fila y me quitó mi lugar. Por eso tuve que volver a hacer fila.
Y aun así, ahora me echaba la culpa a mí.
Justo después se oyó la voz de Jaime, infantil pero llena de ese tono caprichoso de niño consentido:
—¡Yo no quiero regresar! ¡Yo ya quiero llegar a casa de la abuela para comer pollo asado!
Cuando estaba a punto de no poder contener más el llanto, la voz grave de papá sonó al otro lado del teléfono.
No había en ella ni un poco de calidez. Solo una decisión fría, como si aquello no tuviera nada que ver con él:
—Ya, dejen de discutir.
—Julio también viene hoy a casa de tus abuelos. Va por la misma ruta que nosotros.
—Quédate en esa estación de servicio y no vayas a moverte. Cuando llegue, te subes a su auto y vienes con él.
—Pero, papá… yo ni siquiera me acuerdo de en qué auto viene Julio, ni sé cuándo va a…
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